Desvirilização

Enfraquecimento dos valores da coragem e virilidade, em proveito de valores feministas, xenófilos, homófilos e humanitários.
A ideologia ocidental hegemónica executa esta desvirilização dos europeus, à qual não sucumbem os colonos alógenos chamados ‘imigrantes’. A homofilia actual, como a vaga feminista da falsa emancipação da mulher, a rejeição ideológica da família numerosa em proveito do casal nuclear instável, a queda da natalidade, a valorização espectacular do Negro ou do Árabe, a apologia constante da mestiçagem, a recusa dos valores guerreiro, o ódio a toda a estética de força e de poder, assim como a cobardia generalizada, são traços dessa desvirilização.
Confrontados com o Islão que preconiza todos os valores de virilidade conquistadora, os europeus encontram-se moralmente desarmados e complexados. Toda a concepção do mundo contemporâneo, quer venha do legislador, do ensino público, do episcopado ou da imprensa, dedica-se a culpabilizar a noção de virilidade, associada a uma ‘brutalidade fascista’. A desvirilização seria um sinal de civilidade, de hábitos refinados, que é um discurso paradoxal por parte de uma sociedade que naufraga além disso no primitivismo e na violência.
A desvirilização, que é igualmente ligada ao individualismo narcisista e à perda do sentido comunitário, paralisa toda a reacção contra os meios dos colonizadores procedentes da imigração e do partido colaboracionista. Explica a fraqueza da repressão contra a delinquência imigrante, a ausência de solidariedade étnica dos europeus face aos alógenos e o ‘medo’ patológico que sentem perante eles.
Além disso, a noção de ‘virilidade’ não deve em qualquer caso confundir-se com a de ‘machismo’ nem com a estúpida reivindicação de um qualquer ‘privilégio social masculino’. No seu comportamento quotidiano, muitas mulheres se mostram mais ‘viris’ que alguns homens. A virilidade de um homem é a condição da sua manutenção na História

Los héroes están cansados

GUILLAUME FAYE: “Les héros son fatigués”, en Eléments núm. 43 (octubre-noviembre 1982), pp. 13-17.

Cada época tiene la mitología que se merece. La nuestra ha hecho de la juventud su ídolo omnipresente, al que rinde un culto permanente y obsesivo. Parece como si la preocupación esencial de nuestros contemporáneos fuese la de ser jóvenes o, en su defecto, actuar como si lo fuesen. Y es abusando de esta palabra como se engendra la sospecha. Por lo tanto, habría que hacerse sobre la juventud la misma pregunta que Jean Baudrillard se ha hecho sobre lo “nuevo”: ¿Cómo es que hay en realidad tan poca renovación, en un mundo donde todo pretende ser nuevo? ¿Cómo se explica que los valores dominantes que impregnan la mentalidad colectiva de los jóvenes -bienestar, humanitarismo, asistencia, etc.- sean tan seniles, cuando de la juventud se tiene un sentido mágico? ¿Cómo darse cuenta de la paradoja de una sociedad, que pone a la juventud en la cúspide, y que tanto en su ideología como en sus valores, rechaza el gusto del riesgo, del desafío y del combate?
Pero antes que nada, ¿qué significa la juventud? Etológicamente corresponde a la fase de formación del hombre adulto, más exactamente, coincide con el paso de la infancia a la madurez. La fisiología humana conoce durante este periodo, que se extiende aproximadamente desde los dieciocho a los veinticinco años su fase de máximo dinamismo. El hombre, ser de juventud persistente, vive durante esta fase de su existencia deseos de curiosidad y de aventura, que incluso pueden llegar hasta el sacrificio de su propia vida. Y todavía cuando accede a la edad adulta es capaz -lo que le distingue del animal- de conservar estas cualidades juveniles, que son la sed de experiencia y el gusto del riesgo. Esto se debe a que es un ser inacabado.
No tiene pues nada de extraordinario en estas condiciones, que numerosas culturas hayan representado “al hombre-ideal” como a un individuo joven. En el Museo del Partenón se puede admirar la edad de los kuroi; y también en los grabados de guerreros chinos de la época Ming. Aún con todo, en las sociedades tradicionales -que preceden a la Revolución Industrial- los hombres accedían más pronto o más tarde a las responsabilidades. No había transición entre la infancia y la edad adulta. En Roma, se pasaba de golpe de la “toga pretexta” a la “toga viril”, con dieciocho años. En la Edad Media, desde el momento en que un aprendiz trabajaba, cualquiera que fuese su edad, quedaba integrado en el mundo de los adultos. Los generales de Napoleón tenían a menudo entre veinte y veinticinco años, exactamente igual que los jerarcas de la batalla de Cunaxa descritos por Jenofonte, que mandaban las tropas de Esparta en el combate. Los valores de la juventud estaban orgánicamente integrados en el conjunto social, al igual que los valores de la madurez y de la vejez, que representaban la reflexión y la experiencia. Los unos contrapesaban a los otros, sin que mediase ningún conflicto.
Evidentemente, la juventud se hallaba presente durante las fiestas tradicionales: pero no según un tipo de edad determinado (en el sentido que tiene hoy, por ejemplo, la “tercera edad”). Se trataba muy a menudo de reunir a los jóvenes en edad de casarse o los que estaban en edad de llevar armas. La juventud significaba todo lo contrario de lo que hoy en día significa: no una segunda infancia prolongada, sino la entrada en el mundo de los hombres, en el mundo verdadero. No existía “la juventud”, pero lo juvenil penetraba en los valores sociales.
Es a partir de la época romántica, y, sobre todo, luego, con la Revolución Industrial, que hace su aparición la juventud, concebida como una clase y como un valor. La extensión media de la duración de la vida obliga a retrasar la edad de la asunción de responsabilidades. Va apareciendo progresivamente una edad intermedia entre la infancia y la vida profesional. En las sociedades tradicionales, con débil escolarización, era la comunidad la que transmitía el saber a los individuos, abarcando todo tipo de edades. Será a partir del siglo XIX, cuando la educación obligatoria y el servicio militar se conjugarán con la familia nuclear para aislar a la juventud de una manera funcional. Y al mismo tiempo se constata que la sociedad inicia un proceso gerontocrático: los empleos se obtienen mediante ascensos y se fijan límites de edad para el ejercicio de responsabilidades.
Desde 1890, las obras que tratan sobre los adolescentes son cada vez más numerosas (cf. Theódore Zeldin, Histoire des passions françaises, Seuil, 1979). La juventud adolescente se
convierte en un valor, con connotaciones aventureras y guerreras. Nace el escultismo, bajo formas claramente paramilitares. El servicio militar obligatorio transforma a los ejércitos europeos en agrupaciones de juventudes nacionales, y no en tropas profesionales de diversas edades. En todas partes se ven eclosionar movimientos juveniles, que llevan uniforme, y que se consideran los portadores de una regeneración social y política. La tendencia se ampliará todavía más, después de la Segunda Guerra Mundial. En los colegios e institutos, la juventud aprenderá a convivir y a distinguirse como categoría aparte.
Entre 1880 y 1910, la literatura comienza a apasionarse por la adolescencia, y los reportajes sobre la juventud se suceden en la prensa: solamente en el año 1912 se cuentan en Francia cinco. Raymond Radiguet y Collette ilustran en sus novelas este culto de la juventud “a la que se puede disculpar de todos los excesos”, y el propio Montherlant señala en 1926 la aparición de un nuevo fenómeno, el “adolescentismo”, nuevo rival del feminismo. Mientras tanto nace el culto del deporte y del olimpismo, apoyado en una exaltación de la juventud, a menudo entendida, lo que es más fascinante, como la portadora de una renovación pagana. Para liberar a la juventud del yugo burgués de la familia, Gide lanza su famoso: “Familias os odio”, y los regímenes totalitarios nacientes en Rusia, en Alemania, en Italia, en Grecia y en Hungría se consideran todos como “dictaduras de la juventud”… Continuar a ler

L’antirracisme com a religió d’estat

L’antiracisme té la mateixa obsessió per la raça que el capellà purità pel sexe. Avui, el sexe es mostra tant com una indústria com la raça és violada i dissimulada. Però en realitat aquest dissimulació amaga una presència obsessiva del concepte. L’antiracisme ha esdevingut una mena de meta-religió, una forma perversa i inconscient de racisme, en tot cas el signe d’una obsessió racial. Però què és en el fons el racisme? Ningú ho sap explicar ni definir.

Com en tots els mots abusius i amb fortes càrregues afectives, la paraula en si no té significació. Se li confon amb la xenofòbia, i es parla així del racisme mutu dels croats, els serbis i els albanesos, quan les seves disputes són de caràcter nacional i religiós, però no racial.

Aquí les posicions interessants són les de Claude Lévi-Strauss en el seu opuscle “Raça i Història” i de Zoulou Kredi Mutwa, autor del famós assaig “My People”, que va ser la més pertinent crítica tant de l’apartheid sud-africà com del model de la societat multiracial. Però aquesta va ser igualment l’opinió de Léopold Sédar Senghor, que va teoritzar sobre les nocions de “civilització negre-africana” i “albo-europea”. Aquestes opinions són classificades en l’actualitat com greument incorrectes.

Les seves tesis poden resumir en aquests punts:
1) La diversitat biològica de les grans famílies de la població humana és un fet incontestable; aquesta diversitat és una riquesa, és el nucli de civilitzacions diferents.
2) Negar el fet racial és un error intel.lectual perillós, ja que nega els mateixos fonaments de l’antropologia i instala el concepte “raça” en el rang de tabú, a paradigma màgic, quan en realitat és una realitat banal.
3)L’antiracisme obsessiu és al racisme el que el puritanisme a l’obsessió sexual. Una societat multiracial és per necessitat una societat multirracista. No es pot fer cohabitar sobre el mateix territori i sobre la mateixa àrea de civilització més que a poblacions biològicament emparentades, amb un “mínimum” de diferències ètniques.

Globalment, les tesis de Levy-Strauss, de Kredi Mutwa i de Léopold Senghor conclouen que la humanitat no és una “Mobylette”, i que no marxa amb mixtures. Així, mentre que la ideologia oficial nega el concepte de raça, en veritat ho està reconeixent i fortificant.

La societat francesa no reconeix que el fet racial se li imposa, es proclama per tot arreu, començant pels immigrants. En els suburbis i en les “zones sense dret”, els francesos autòctons són titllats despectivament com “gals”, o, més freqüentment, com “formatgets”. Mentre que les races són censurades com inexistents i no se’ls reconeix cap realitat, la qüestió racial està més present que mai.
És evident que les “races pures” no existeixen i que el concepte no té sentit biològic, ja que tota població és producte d’un “fílum” genètic molt divers. Però això no treu existència al “fet racial”, ni a les races. Fins i tot una població mestissa constitueix un fet racial, i no es pot dir que a Sud-amèrica oa les Antilles el mestissatge hagi creat noves races. Els antiracistes, que neguen la realitat del concepte de raça, són favorables al “mestissatge”, militen per la “barreja de les races”, i neguen per tant la seva pròpia realitat. ¿Entenen potser que amb el mestissatge les races deixaran d’existir? De forma dogmàtica s’entesten a demostrar “científicament” que les races no existeixen, i que per tant la modificació del substrat biològic a Europa no tindrà cap conseqüència, sinó tan sols influències benèfiques. Aquesta és la tesi metzinera del “totum cultural”, en la qual ni tan sols els seus propagadors creuen amb serietat.

D’una banda la ideologia oficial nega l’existència de les races humanes, assenyalen les diferències insignificants en els cromosomes personals, però per l’altre la llei prohibeix les discriminacions racials “en nom de la pertinença o no pertinença a una raça, ètnia o religió” . Llavors, les races existeixen o no existeixen? A la simple lògica aristotèlica o leibniziana, és un absurd reprimir als que cometen un delicte contra un subjecte jurídic que no existeix de fet.

D’altra banda es proclama la inutilitat de les distincions racials, però s’apliquen legalment quotes de favoritisme racial. Es neguen les “diferències racials” però es posa el punt en les “discriminacions racials positives”. (…) Com tota realitat antropològica i, més generalment, natural, el fet racial no és un “fet absolut”, però és un fet. La seva negació actual per la ideologia dominant constitueix el signe i la prova que la qüestió racial ha esdevingut fatídica. Tota civilització malalta tendeix a censurar la realitat del seu mal ia fer-ne un tabú. No es parla de sogues a la casa del penjat.

La ideologia hegemònica procedeix així amb un treball de silenci, amb un secret de família.

El sociòleg negre sud-africà, d’ètnia zulu, Kredi Mutwa, escrivia en el seu revelador llibre “My People” (Penguin Books, Londres, 1977): “Negar les diferències fonamentals entre els negres i els blancs, les dues grans famílies racials de la humanitat , és negar la natura i la vida. És tan estúpid com afirmar que la feminitat i la masculinitat no existeixen. Aquí es descobreix una manca de sentit comú en l’esperit occidental. L’home negre acusa en si mateix més que el blanc seva personalitat racial, i és per naturalesa més reticent a acceptar la utopia d’un home universal “.

En el mateix sentit, Leonina N’Diaye, en la seva obra “Le Soleil” (Dakar, 021121987), escriu: “Igual que hi ha diferències entre els pobles blancs, entre la península ibèrica i els països nòrdics, per exemple, també existeix aquesta diferència entre les ètnies tribals africanes. La humanitat està dividida en grans famílies amb la seva pròpia personalitat, cultura i fet biològic “.

Entre els africans, com entre els asiàtics la naturalitat del fet racial no ofereix problemes. Es reivindica amb tota tranquilitat. La negació psicòtica del fet racial a Europa es recolza en l’esperança que dissimulant el fet racial pot purgar el pecat original del racisme i crear al mateix temps una societat idílica, un paradís extraterrestre. (…)

En el cens de la població francesa de 1999, l’Institut Nacional d’Estadística no va fer cap referència a l’origen ètnic ni a la religió. Els francesos no havien de conèixer les xifres reals, Max Clos, president de l’institut, va explicar a Le Figaro (1999.03.05): “Una comissió de sociòlegs va explicar que la menor referència sobre el caràcter ètnic o religiós d’una ciutat o un barri podria provocar reaccions racistes. La gent tendeixen a creure que una majoria de població magribí o africà crea inseguretat “. Fantàstic! … Com si “la gent” no s’adonessin elles mateixes de la realitat en caminar pels carrers. Aquest és un perfecte exemple d’enganys al poble, de negligència del poder i de “transparència democràtica”.

Per què el malalt desconeix la seva febre, per què es nega a mirar el termòmetre? Per què els poders neguen que la immigració és de fet un cataclisme social, que està en marxa una colonització, per què es comporten com si l’emigració no existís?

L’estat s’ha tornat de nou censor, de vegades es refereix a les poblacions afro-magrebins com “representants de la població que viu a la perifèria” … sorprenent eufemisme. L’Institut d’Estadística nega el fet ètnic i racial i es nega a fer-se cap pregunta sobre aquest fet.

Els poders públics, atordits per la psicosi antiracista i el tabú ètnic, dissimulen voluntàriament les xifres de la immigració. Però al mateix temps, remarca les seves contradiccions, com correspon a tota ideologia allunyada de la realitat, ja que implícitament reconeixen el caràcter ètnic de la colonització, reconeixen que els immigrants rebutgen l’assimilació. Els poders públics col.laboren amb els immigrants colonitzadors per modelar l’opinió pública. Doncs en una societat mediàtica la gent creuen menys en el que veuen que en el que els inculquen els mass-media.

«Le Complexe de Narcisse», recenssion de l’ouvrage de Lasch par Guillaume Faye

Article paru sous le titre de « Le Complexe de Narcisse, essai de Christopher Lasch» , in Nouvelle Ecole, 1982.

« Partout, la société bourgeoise semble avoir épuisé sa réserve d’idées créatrices (…) La crise politique du capitalisme reflète une crise gène-raie de la culture occidentale. Le libéralisme (…) a perdu la capacité d’expliquer les événements dans un monde où règnent l’Etat-Providence et les sociétés multinationales et rien ne l’a remplacé. En faillite sur le plan politique, le libéralisme l’est tout autant sur le plan intellectuel ».

Ce diagnostic porté par Christopher Lasch, l’un des observateurs les plus lucides de l’actuelle société américaine, donne le ton du réquisitoire qu’il a fait parai-ttc contre la mentalité et l’idéologie décadente des sociétés bourgeoises, sous le titre de The Culture of Narcissism (en traduction française, Le complexe de Narcisse). Dans cet essai, Lasch s’efforce de donner une description aussi précise que possible d’une «nouvelle sensibilité américaine» que l’on retrouve aujourd’hui, plus ou moins atténuée ou déformée, dans la plupart des pays industriels. Conclusion générale de son analyse l’individualisme traditionnel propre à l’idéologie libérale ne se traduit plus aujourd’hui, contrairement à ce qui se passait encore dans les années soixante, par une politisation de l’opinion ou une radicalisation de la recherche du bien-être économique, mais par un repli radical sur le « moi» individuel. Ce repli correspond à la poursuite effrénée du « bonheur intérieur ». L’homme contemporain part à la recherche de lui-même, sans illusions politiques, mû par une angoisse qu’il tente d’apaiser par un recours systématique à toutes les formes de sécurité. C’est le triomphe de Narcisse.
Passant en revue l’évolution de la littérature, du système d’éducation, des médias de masse et du discours politique, Christopher Lasch dresse ainsi la «géographie» d’un narcissisme contemporain dans lequel il n’est pas éloigné de voir, à juste titre, le stade ultime du déclin d’une civilisation.

L’« invasion de la société par le moi » produit, dit-il, une course sans limites vers la « sécurité physique et psychique ». Equivalant à une existence menée dans un perpétuel présent, elle interdit « tout sens de la continuité historique ». Les modes « psy », les obsessions sexuelles étalées dans le discours public, la frénésie des «expérimentations personnelles», le désintérêt pour le travail, l’« égotisme » d’une famille nucléaire essentiellement consommatrice, la « théâtralisation de l’existence », le mimétisme vis-à-vis des « vedettes » de la scène ou de la chanson, sont autant de traits caractéristiques du narcissisme.

« Cette concentration sur soi définit (…) le mouvement de la nouvelle conscience », note Lasch, qui ajoute : « La recherche de son propre accomplissement a remplacé la conquête de la nature et de nouvelles frontières ». Sur le plan politique, un tel comportement s’observe à gauche aussi bien qu’à droite. La gauche était d’ailleurs, depuis longtemps, acquise à une idéologie de refus de la vie-comme-combat. La droite, elle, a peu à peu été gagnée aux valeurs de la pensée rationnelle, calculatrice et bourgeoise. La fuite devant la lutte aboutit ainsi à un psychisme « misérabiliste », que Lasch décrit en ces termes l’homme « est hanté, non par la culpabilité, mais par l’anxiété (…) Il se sent en compétition avec tout le monde pour l’obtention des faveurs que dispense l’Etat paternaliste. Sur le plan de la sexualité (…) son émancipation des anciens tabous ne lui apporte pas la paix (…) Il répudie les idéologies fondées sur la rivalité, en honneur à un stade antérieur du développement capitaliste. Il exige une gratification immédiate et vit dans un état de désir inquiet et perpétuellement inassouvi ».
Continuar a ler

Traditionalism: This is the Enemy!

Guillaume Faye in “Le traditionalisme: voilà l’ennemi” Lutte du Peuple, no. 32, 1996.

Translated by Greg Johnson

In the circles of what we might euphemistically call the “revolutionary right,” or more broadly the “anti-liberal right,” one can observe the recurrent rise—like outbreaks of acne—of what one can only call “metaphysical traditionalism.”

Authors like Evola or Heidegger are in general the pretexts—mark my words: the pretexts—for the expression of these tendencies, many aspects of which seem to me negative and demoralizing. These authors themselves really aren’t the problem. To speak only of Evola and Heidegger, the works of neither author—whose true ideas are often extremely distant from those of the “Evolians” and “Heideggerians”—are susceptible to the criticisms that apply to their right-wing “disciples” who are in question here.

How do we characterize this “deviation” of metaphysical traditionalism, and what are the arguments against it? This mentality is characterized by three axiomatic presuppositions:

1. Social life must be governed by “Tradition,” the forgetting of which brings about decadence.
2. All that relates to our time is darkened by this decadence. The further back one goes in the past, the less decadence there is, and vice versa.
3. Ultimately, the only things that matter are “inner” preoccupations and activities, turned towards the contemplation of a certain something usually called “being.”

Without lingering over the relatively pretentious superficiality of this outlook which prefers, instead of true reflection and clarity, the facile obscurity of the unverifiable and the free play of words, which—under the pretext of depth (and even, in certain authors with strong narcissistic tendencies, of “poetry”)—ignores the very essence of all philosophy and all lyricism, one should especially recognize that this metaphysical traditionalism is in profound contradiction with the very values it generally claims to defend, i.e., counteracting the modern ideologies, the spirit known as the “European tradition,” anti-egalitarianism, etc.

Indeed, in the first place, the obsession with decadence and the dogmatic nostalgia that it induces make it seem like a reverse progressivism, an “inverted” linear vision of history: the same frame of mind, inherited from Christian finalism, of all “modern” progressivist ideologies. History does not ascend from the past to the present but descends.

Only, contrary to the progressivist doctrines, traditionalism cultivates a profoundly demoralizing pessimism toward the world. This pessimism is of exactly the same type as the naive optimism of the progressivists. It proceeds from the same mentality and incorporates the same type of vanity, namely a propensity to verbose prophecies and to set oneself up as a judge of society, history, and the like.

This type of traditionalism, in its tendency to hate and denigrate everything in the “present day,” does not only lead its authors to bitterness and an often unjustifiable self-conceit, but reveals serious contradictions that make its discourse incoherent and unbelievable.

This hatred of the present day, the “modern age,” is absolutely not put into practice in day to day life, unlike what one often sees, for example, in Christianity. Our anti-moderns can perfectly well benefit from the conveniences of modern life.

By this they reveal the true meaning of their discourse: the expression of a guilty conscience, a “compensation” carried out by deeply bourgeois souls relatively ill at ease in the current world, but nevertheless unable to get beyond it.

In the second place, this type of traditionalism usually leads to an exaggerated individualism, the very individualism that their “communitarian” vision of the world claims to denounce in modernity.
Continuar a ler

Cosmopolis: The West as Nowhere

From Guillaume Faye, L’Occident comme déclin [The West as Decline] (Agir pour l’Europe, 1985).

Translated by Greg Johnson

The old tradition is mistaken: the West is no longer European, and Europe is no longer the West. In its course toward the West, the sun of our civilization has dimmed. Starting from Greece, settling in Italy, then in Western Europe, then in England, and finally, having crossed the seas, installing itself in America, the center of the “West” has been slowly disfigured.

Indeed, today, according to Raymond Abellio, California has been established as the epicenter and essence of the West.[1] Pacified at the edge of the Pacific, it is the symbol of the happiness where our civilization dies; land of the end of history, land of Hollywood’s simulacrum, it is the asymptotic approach to madness, to commercial society, to the society of the spectacle, and to cosmopolitanism.

The West as a planetary movement which is always-already underway will thus continue its course towards the West by establishing its center where it has already been prepared, in the Far East, in the archipelagos of the Pacific Ocean, from Japan to the East Indies. It is the absolute reverse of the movement across the seas departing from Europe in the 16th century . . .

The West thus becomes “something” global. It appears in the form of a vague whole composed of networks of decisions, dispersed territorial zones, cultural and human blocs distributed in all countries. If the United States still dominates it, the West will increasingly take on the countenance of a “qualification”—and no longer as a membership—which crosses national boundaries.

The West, or Western civilization, indicates those places where the “Western system” prevails. These places are less and less describable in political, geographical, and ethnic terms. If the epicenter remains localized in the United States, the foreseeable future leads us to forecast a dispersion of the West, of its transformation into a polycentric ensemble of quite Western nations (Germany), fairly Western nations (the Ivory Coast), partially Western nations (Czechoslovakia), and not very Western nations (Afghanistan). But few places will be able to “escape the West.”
Continuar a ler

Mart i Hefest: La tornada de la Historia

El segle XXI serà un segle de ferro i de tempestes. No s’assemblarà en res a aquelles prediccions armonioses fetes fins els anys seixanta. No s’esdevindrà l’aldea global profetitzada per Marshall MacLuhan al 1966, ni el planeta en xarxa (network planet) de Bill Gates, ni la civilització mundial liberal i sense historia dirigida des d’un únic Estat “onusí” descrita per Francis Fukuyama. Serà el segle dels pobles en competició i de les identitats ètniques. I paradoxalment, els pobles reeixits seràn aquells que es mantinguin fidels o que tornaran als valors i realitats de l’antigor, ja siguin aquests biològics, culturals, ètics, socials o espirituals, i que, alhora, seran els que dominin amb mestratge la tecnociència. El segle XXI serà aquell on la civilització europea, prometeica i tràgica més eminentment fràgil, patirà una metamorfosi o arribarà a conèixer el seu propi i inaturable crepuscle. En acabat, serà un segle decisiu.

A Occident, els segles XIX i XX han estat els de la creença en l’alliberament de les lleis de la vida, als que s’ha cregut que era possible arribar a la ment després d’haver arribat a la Lluna. El segle XXI molt probablement posarà les coses al lloc que les pertoca i suposarà el “retorn a allò real”, també molt probablement mitjançant el camí del patiment. Els segles XIX i XX han vist l’apogeu de l’esperit burgés, aquella petita sífilis mental, monstruosa i lletja fotocopia de la noció d’elit. El segle XXI, temps de tempestes, veurà com es renoven alhora els conceptes de poble i aristocràcia. El somni burgés s’enfonsa en la podridura dels seus mateixos principis i de les seves promeses porugues: No són, forçosament, temps de bonança i cofoisme pel materialisme i el consumisme, el capitalisme transnacional triomfant i l’individualisme. I no molt més per la seguretat, la pau o la justícia social.

Conreem l’optimisme pessimista de F.-W. Nietzsche. «Ja no resta cap ordre al que defensar, cal refer-ne un de nou», va escriure Pierre Drieu La Rochelle. I sorgeixen les preguntes: ¿Pot ser que vagi tot malament al decurs de les primeres passes del segle XXI? ¿Pot ser que tots els indicadors estiguin en vermell roent? Doncs millor encara. ¿Potser no ens predeien la fi de la historia després de l’enfonsament de la U.R.S.S.? Estem assistint justament al seu retorn sorollós, bel·licós i arcaic. L’islam torna a encetar les seves guerres de conquesta. L’imperialisme americà es desencadena. La Xina i l’India malden per arribar a ser superpotencies, etc. El Segle XXI estarà sota el doble signe de Mart, el Déu de la Guerra, i d’Hefest, el Déu forjador d’espases, mestre-patró de les tecniques, dels focs tel·lúrics.

ENVERS LA QUARTA EDAT DE LA CIVILITZACIÓ EUROPEA

A la civilització europea, civilització superior, cal no dubtar gens en afirmar-la com a tal front la cantarella llangorosa de l’etnomasoquisme xenòfil, i caldrà, per poder sobreviure al Segle XXI, fer-hi una revisió colpidora de certs dels seus principis. I només en serà capaç si resta ancorada a la seva eterna personalitat metamòrfica: Haurà de transformar-se tota sencera restant com ella mateixa alhora, conrear l’arrelament i la desinstal·lació, la fidelitat identitària i l’ambició històrica.

La Primera Edat de la civilització europea aplega l’Antiguitat i l’Edat Mitjana: Moment de gestació i de creixement. La Segona Edat va des dels Grans Descobriments fins la Primera Guerra Mundial: Es l’assumpció. La civilització europea conquereix el món. Però de la mateixa forma que Roma o l’Imperi d’Alexandre Magne, ella mateixa es fa devorar pels seus mateixos fills: Occident i Amèrica, i per aquells pobles que ella mateixa ha (superficialment) colonitzat. S’obre llavors, a un tràgic moviment d’acceleració de la historia, la Tercera Edat de la civilització europea després del Tractat de Versalles i la fí de la guerra civil europea de 1914-18: El malaurat segle XX ¡Només quatre generacions van caldre per fer estimbar en decadència el treball ascendent, la labor solis de més de quaranta generacions! La historia s’assembla a les asímptotes trigonomètriques de la “teoria de les catàstrofes”: Es al pinacle de la seva esplendor que la rosa es marceix, és després el temps assolellat i de serenor quan el cicló esclata. ¡La roca Tarpeia es ja propera al Capitoli!

Europa va ser víctima del seu mateix prometeisme tràgic, de la seva mateixa obertura al món. Víctima d’aquest excés de tota expansió imperial: L’universalisme, oblidadís de tota solidaritat ètnica interna global.

La Quarta Edat de la civilització europea s’obre avui. I serà la del renaixement o la perdició. El segle XXI serà per aquesta civilització hereva dels pobles-germans indoeuropeus, el segle malaurat, el del fatum, del destí que distribueix la vida o la mort. Però el destí no és l’atzar absolut. Contràriament a les religions del desert –el qual simbòlicament no representa més que el buit absolut– els pobles europeus saben endins de si mateixos que el destí i que les divinitats no són sempre omnipotents front la voluntat de l’home. Com Aquil·les, com Ulisses, l’home europeu dels orígens es manté dempeus i mai ajagut, prostrat o agenollat front els seus deus. No hi ha sentit de la historia.

Fin i tot ferit, l’Arbre pot seguir creixent. Amb la condició de que retrobi la fidelitat a les seves mateixes arrels, als seus fonaments ancestrals, al terra que nodreix la seva saba.

LA METAFORA DE L’ARBRE

L’Arbre són les arrels, el tronc i el fullatge. Es a dir, el germen, el soma i la psique.

1) Les arrels representen el “germen”, el sòcol biològic d’un poble i el seu territori, la seva terra materna. Elles no ens pertanyen, les transmetem. Elles pertanyen al poble, a l’ànima ancestral i per vindre del poble, anomenada pels grecs Ethnos i pels germànics Volk. Vénen des dels ancestres i tenen com a destí les noves generacions. (Es per això que qualsevol mestissatge és una apropiació indeguda d’un bé a transmetre i, una altre vegada, una traïció). Si el germen s’esvaeix, ja no és possible res més. Podem tallar el tronc de l’arbre, però pot tornar eventualment a rebrotar. Però si arranquem les arrels o embrutem la terra, tot s’ha acabat. Es per això que les colonitzacions territorials i les desfiguracions étniques són infinitament més greus i mortals que les covardes servituds culturals o polítiques, de les que un poble pot, si cal, refer-se perfectament. Les arrels, principi dionisíac, creixen i s’endinsen al terra, mitjançant noves ramificacions: Vitalitat demogràfica i protecció territorial de l’Arbre contra les males herbes. Les arrels, el “germen”, mai arriben a estar mortes. Aprofundeixen en la seva essència, tal i com ho entenia Martin Heidegger. Les arrels són a la vegada “tradició” (allò que es transmet) i “matèria ígnia” (font viva, etern reinici). Les arrels són llavors en conjunt la manifestació de la memoria i d’alló ancestral més profunds i del etern caràcter jove dionisíac. I aquesta manifestació ens remet al concepte capital d’aprofundiment.

2) El tronc, és el “soma”, el cos, l’expressió cultural i física d’un poble, sempre en constant innovació nodrida per la sava vinguda des de les arrels. No està quallat o petrificat, gelificat. S’engreixa en capes concèntriques aixecant-se tot ell envers el cel. Avui, aquells que volen neutralitzar i abolir la cultura europea miren de “conservar-la” com si fos un monument del passat, com si estigues dins una capsa de formol, adient pels erudits “neutres”, o bé abolir la memòria històrica per les joves generacions. El tronc, sobre la terra que el manté, és, edat rere edat, creixement i metamorfosi. L’Arbre de la llarga cultura europea està alhora arrelat i desinstal·lat (soscavat). Un roure de deu anys no s’assembla a un roure de mil anys. És tanmateix sempre el mateix roure. El tronc, aquell que rep i s’acara al raig, obeeix al principi del raig jupiterià.

3) El fullatge. És el més esberladís i el més bell. Mor, es marceix i reneix com el Sol. S’estén en tots els sentits. El fullatge representa a la “psique”, és a dir a la civilització, a la producció i la profusió de noves formes de creacions diverses. Es la raó de ser de l’Arbre, la seva assumpció. D’altre banda, ¿a quina llei obeeix el creixement de les fulles? A la fotosíntesi. Es a dir a “fer servir la força de la llum”. El Sol nodreix la fulla que, a canvi, produeix l’oxigen vital. L’eflorescent fullatge segueix doncs el principi apol·lini. Pero atenció: Si creix desmesurada i anàrquicament (com és el cas de la civilització europea que ha volgut, en convertir-se en l’Occident mundial, estendre’s pel planeta sencer), serà sobtat per la tempesta, com si d’una vela mal trellada es tractés, i farà abatre i desarrelar l’Arbre que el manté. El fullatge deu ser podat, disciplinat. Si la civilització europea vol subsistir, no ha d’obrir-se a tota la Terra ni deixar els braços oberts…, al igual que un fullatge en excés curiós que s’estén per tot arreu i es deixa escanyar per les heures. Li caldrà concentrar-se sobre seu propi espai vital, es a dir Eurosiberia. D’aquí la importancia de l’imperatiu de l’etnocentrisme, mot políticament incorrecte però que ha de ser preferit al model “etnopluralista” i que de fet alguns errats o calculadors miren de teoritzar confonent l’esperit de resistència de l’èlit rebel del jovent.

Podem comparar la metàfora tripartita de l’Arbre amb la del Coet, extraordinària invenció europea. Corresponent els reactors cremant i els propulsors a les arrels, al foc tel·lúric. El cos cilíndric de l’enginy s’assembla al tronc de l’arbre. I la capçalera del projectil, des d’on sortiran els satèl·lits o les naus alimentades per l’energia dels panels solars, fa pensar en el fullatge.

¿Es potser un atzar versemblant que els grans programes de coets espacials bastits per europeus -incloent els expatriats als EUA endevinant-se, òbviament, a qui esmentem- s’hagin anomenat respectivament Appolo, Atlas, Mercury, Thor y Ariane? L’Arbre, és el poble. De la mateixa forma que el coet, puja envers el cel, sortint tanmateix d’una terra, d’un sòl fecund on cap altre arrel paràsita pot ser admesa. A una base espacial, és garanteix una empara perfecta, una netedat total de l’àrea de llançament. Igualment, el bon jardiner sap que per fer segur que l’arbre creixi en alçada i s’enforteixi, cal que alhora s’alliberi la base sobre la que s’asseu de les inoportunes males herbes que deixen eixutes les seves arrels; alliberar el seu tronc de l’opressió de les plantes paràsites; però alhora podar el brancam massa prolix que manqui de verticalitat.

DEL CREPÚSCLE A L’ALBADA

Aquest segle serà el del renaixement metamòrfic d’Europa, com el Fènix, o de la seva anihilació en tant que civilització històrica i la seva transformació en Luna Park cosmopolita i estèril, mentre els altres pobles, pel que els respecta, mantindran les seves identitats i desemvoluparan el seu poder. Europa està amenaçada per dos virus emparentats: El de l’oblit de si mateix, de l’assecament interior, i el de l’“obertura a l’Altre”, excessiva. Al segle XXI, a Europa, per sobreviure, li caldrà alhora reaplegar-se, tornar de nou a la seva memòria i empaitar la seva mateixa ambició, fàustica i prometeica. Tal és l’imperatiu de la coincidentia oppositorum, la convergència dels contraris, o la doble necessitat de la memòria i la voluntat de poder, del recolliment i de la creació innovadora, de l’arrelament i la desinstal.lació. Heidegger i Nietzsche…

El començament del Segle XXI serà com aquella mitjanit del món, desesperant, de la que parlava en Friedrich Hölderlin. Pero al més fosc de la nit, ben sabut és que pel matí, el Sol tornarà, Sol Invictus. Rere el crepúscle dels deus: L’Albada dels deus. Els nostres enemics han cregut sempre en la Gran Nit i les seves senyeres estàn ornades amb símbols d’estels nocturns. Pel contrari, sobre les nostres senyeres esta encunyat l’Estel del Gran Matí, amb raigs arborescents: La roda, la flor del Sol de Migdia.

Les grans civilitzacions saben passar de les tenebres de la decadència al renaixement: l’islam i la Xina ho han demostrat. Els Estats Units d’América no són una civilització, per res, si no una societat, la materialització mundial de la societat burgesa, al igual que un cometa, amb un poder tan groller com fonedís. No tenen arrels. No són els nostres veritables competidors pel que fa a l’escala de la historia, per res, senzillament són paràsits.

Els temps de la conquesta s’han exhaurit. Ara ve el de la reapropiació interior i exterior, la reconquesta de la nostra memòria i el nostre espai: ¡I quin espai! Catorze fusos horaris sobre els que el Sol mai no es posa. Des de Brest fins l’Estret de Béring, no hi ha dubte, aquest és veritablement l’Imperi del Sol, i és de fet l’espai vital i d’expansió propi dels pobles indoeuropeus. Sobre el flanc sudest, tenim els nostres cosins hindús i sobre el flanc est, a la gran civilització xinesa, que podrà segons vulgui esdevenir aliada o enemiga. Sobre el flanc oest, vinguda des de més enllà de l’Oceà: L’Amèrica que tindrà sempre com objectiu barrar el pas a la unió continental (de l’espai eurosiberià). Tanmateix, ¿podrà fer-ho eternament?

I a més, sobre el flanc sud: La principal amenaça, ressorgida des del fons de les èpoques del passat, aquella amb la que no podem transigir (absolutament per res).

Certs lenyadors miren d’abatre l’Arbre. Entre ells s’hi troben molts traïdors, molts col·laboradors. Defensem la nostra terra, preservem el nostre poble. El compte enrere s’ha encetat. Encara tenim temps, malgrat que aquesta vegada no en tenim gaire.
Encara més, fins i tot si aconsegueixen tallar el tronc o si la tempesta l’abat, restaran tanmateix les arrels, sempre fecundes. Amb una sola brasa n’hi ha prou per revifar l’incendi.

Pot succeir, evidentment, que abatin l’Arbre i esquarterin el seu cadàver, en un cant crepuscular, i en tant anestesiats, els europeus no percebin el dolor. Però la terra és fecunda i amb una sola llavor n’hi ha prou per rellançar el plançó. Al segle XXI, preparem els nostres fills per la guerra. Eduquem al jovent una nova aristocràcia, fins i tot malgrat que sigui minoritària.

Molt més que la moral, cal practicar des d’ara mateix la hipermoral, és a dir decir l’ètica nietzscheana dels temps difícils: Quan un defèn el seu poble, és a dir els seus propis fills, quan un defèn allò essencial, segueix la regla d’Agamenó i de Leónides així com també la d’en Carles Martel: Es la llei de l’espasa la que preval, aquella on la que el bronze i l’acer reflecteixen la lluentor del Sol. L’Arbre, el coet, l’espasa: Tres símbols verticals que parteixen del terra a la llum, alçats des de la Terra envers el Sol, animat per la saba, el foc i la sang.

  • Calendário

    • Agosto 2017
      S T Q Q S S D
      « Set    
       123456
      78910111213
      14151617181920
      21222324252627
      28293031  
  • Pesquisar