¿Está desfasado el estado nacional ?

Guillaume Faye

Está de moda en los medios intelectuales evocar el “ocaso del Estado nacional”, en beneficio (cada vez menor) de no se sabe qué comunidades de base y (cada vez mayor) de determinadas instancias internacionales. El Estado nacional sería bien demasiado pequeño, bien demasiado grande. Y entre los politólogos evocar el “principio de subsidiaridad”, noción de contornos bastante difusos.

Las recientes catástrofes, como la marea negra en Galicia o las inundaciones del golfo del Misisipi –y el monstruoso caos subsiguiente– vienen a barrer por la fuerza de lo concreto esas teorías abstractas. Tanto en España como en Estados Unidos, fue la incapacidad del gobierno regional y la parálisis del Estado central (más exactamente la falta de centralismo) lo que explicaría la incapacidad de los poderes públicos. Para actuar en la urgencia de las catástrofes, sean cuales sean, ni los poderes locales ni las instancias internacionales, ni las “asociaciones”, ni las ONG pueden hacer gran cosa. Sólo la red de un gobierno nacional fuerte puede imponer decisiones, en veinticuatro horas.

Hay que desconfiar de los bloqueos ideológicos sobre ciertas posiciones, por muy simpáticas que parezcan. También sobre la “descentralización”. Convertirla en una panacea sería tan inconsecuente como el fanatismo jacobino. Algunos ejemplos: El Conservatoire du Litoral, institución estatal y centralizada, ha permitido preservar centenares de kilómetros de costas francesas, allí donde los poderes comunales y regionales “descentralizados” las malvendían a los promotores. El Plan Orsec, único en Europa y totalmente dirigido desde las instancias prefectorales y gubernamentales, ha mostrado su eficacia, evitando varios dramas. Pero, como de todo lo que funciona bien, no se ha hablado demasiado.

Pero no sólo se trata de la prevención, también de la acción. ¿Quién ha lanzado el programa Airbus? ¿Y el programa inter-europeo de los trenes de gran velocidad? Ciertamente ni Bruselas ni los electos locales. ¿Cuál es el balance de las instituciones europeas en materia de grandes proyectos industriales? Se podrían multiplicar los ejemplos. En resumen y para concluir, nos equivocaríamos al criticar en exceso el “modelo napoleónico” que no tenía fallos más que desde el punto de vista de la eficacia de organización y acción sobre el terreno. Por otra parte, un regionalismo y un federalismo inteligentes no deberían menospreciar la necesidad de un Estado central fuerte (y no pasivo y paquidérmico), que deje todas sus funciones en manos de la iniciativa privada.

En la idea de “Eurosiberia”, cuya proyección es reagrupar de manera imperial a todos los pueblos de origen europeo desde el Atlántico al Pacífico, no será cuestión de renunciar jamás a un estado central amparador, sean cuales sean las “autonomías” regionales. Hay que desconfiar de ciertos ideólogos que dan al concepto de “Imperio” una versión anarquizante y heterogénea, digamos horizontal. Siempre es necesario un cerebro, es decir un centro donde se sitúa la ultima ratio. Nada escapará al viejo símbolo de la pirámide. Lo vertical vale tanto como lo horizontal.