La religión de los derechos humanos

Guillaume Faye: Le Système à tuer les peuples, Copernic 1981.

Primera en aparecer, en 1776, bajo la forma de la Declaración de Independencia, la versión americana de la ideología de los derechos humanos hace más hincapié en la busqueda por el hombre de la felicidad, en el derecho del individuo a resistir a toda soberanía que obstaculizaría su “libre árbitro” y su placer, que en los derechos políticos del ciudadano. La Constitución americana refleja esta concepción del Estado de Derecho: los gobernantes tienen por principal objetivo la garantía de los derechos humanos. La finalidad asignada a la política es permitir que los hombres gocen, en seguridad, de sus bienes. Tal filosofía, que se inspira directamente en los hédonistas anglosajones y en los topicos del Segundo Tratado de Locke, presenta ya los fundamentos doctrinales del Estado benefactor occidental moderno, para el cual la gestión de la “felicidad pública” (common good) prevalece sobre la dirección política del destino de la nación. En este sentido, si la Revolución francesa fue fundadora de una “nación”, la Revolución americana lo fue de una “sociedad”, instancia despolitizada, dónde lo cotidiano y no la historia pasa a ser, como dice Baudrillard, el “destino social”.

En esta sociedad (podemos también hablar de “Sistema”, en comparación con las ideologías políticas de los pueblos), la filosofía de los derechos humanos tiene por vocación de convertir al mundo entero. Mientras que la concepción rousseauista del derecho de la Revolución francesa profesaba un universalismo político, que pretendía convencer a los otros pueblos de organizarse civicamente bajo el régimen representativo de la “nación soberana”, sin que la política o la historia fuesen suprimidas, la filosofía americana de los derechos humanos marginaliza estas dimensiones históricas y políticas: el universalismo no es político, toma matices de cruzada social; determina, para todos los hombres, más allá de sus culturas particulares, un ideal universal (libre-arbitro, felicidad individual, etc) y asigna a todos los Gobiernos de la Tierra la misión de satisfacerlo y en consecuencia de cumplir con sus exigencias existenciales. Esta extravagante pretensión, que se encuentra hoy formalizada como compromiso jurídico internacional por la Declaración universal, traduce la influencia bíblica muy profunda que se ejerció sobre los juristas americanos. Los Estados Unidos se creen implícitamente los depositarios de lo que un sociólogo americano llama “el Arco de las libertades del mundo”. Se detectan en la concepción americana de los Derechos, además de un jusnaturalismo (creencia en “derechos naturales”) dogmático, el sentimiento “de la elección divina” de los Americanos cuyo destino providencial sería el de un nuevo pueblo judío. No es asombroso, en estas condiciones, que en cuanto se alejaron de su preocupación las guerras exteriores, los Estados Unidos de Jimmy Carter hayan encontrado naturalmente en la cruzada por los derechos humanos el eje principal de su acción y de su “misión” internacional.

Es necesario hablar bien de “misión”, y no de política, en la medida en que ésta supone un poder cuyos constituyentes americanos, impregnados de biblismo, en rebelión contra el rey de Inglaterra, no pensaban sino en limitar las prerrogativas “históricas”, en favor de subordinarlo a la economia y a la teologia.

En la Declaración de Independencia (Filadelfia, 4 de julio 1776), se encuentra en efecto esta fórmula reveladora: “consideramos como verdades evidentes que los hombres nacen iguales; que son dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables, entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad (individuales); que se instituyó a los Gobiernos humanos para garantizar estos derechos.”

En el idéologèma de la felicidad, la versión americana de los derechos humanos incluye este concepto, formulado en Hobbes, Locke o Rousseau, en el que el individuo constituye la unidad básica de la vida. Tal idea, hoy rechazada por las ciencias sociales y por la étologia, proviene, como lo mostraron Halbwachs y Baudrillard, de la transposición política del dogma cristiano de la salvación individual. El destino colectivo e histórico se encuentra puesto entre paréntesis, negado, en favor del destino existencial del individuo. Mientras que la práctica religiosa garantizaba a este destino individual una realización trascendente, tolerando en el tiempo la historia humana, con la laicización del cristianismo fueron los derechos humanos los que se volvieron los instrumentos de la realización immanente de ese destino.

Para Hobbes, en quien se inspiró Rousseau, la sociedad es un “ser artificial” (Léviathan, CH XXI). Los derechos humanos constituyen, en el autor del Discurso sobre el origen de desigualdad, el medio para liberarse de la dependencia de los hombres (beneficiándose al mismo tiempo de las ventajas de la vida en sociedad), idea que se encontrará en Jean-Paul Sartre. Rousseau admitía sin embargo la permanencia de la lucha “insuperable” contra la dependencia de las cosas. Pero la filosofía de los derechos humanos, prosiguiendo las concepciones lockianas, pretende liberar al hombre de la dependencia de las cosas. Los derechos deben garantizar la felicidad que es concebida como sosiego económico y psíquico, liberación de las dificultades fisiológicas y materiales, y no solamente políticas. Este deslizamiento hacia una concepción radicalmente pasiva de la existencia social señala paradójicamente la perversión de todo derecho. La función de los derechos humanos no es jurídica; ejerce una función suprema de legitimación del Sistema comercial occidental.

Como lo mostramos anteriormente, la civilización comercial, seguida en eso con algún retraso por la sociedad soviética, esta caracterizada por la extensión de subsistemas racionales y técnicos de actividad. Una dirección política ya no mantiene la cohesión del grupo sino, como lo mostro Max Weber, por medio de una autorregulación descentralizada de carácter tecnócratico. El consenso social se basa en la adhesión práctica y espontánea de los individuos a un estilo de vida del que ya no pueden prescindir, adhesión que opera en los subsistemas (la empresa, el medio profesional, el universo del automóvil, el domicilio, el mundo del ocio, etc), y no en el conjunto de la sociedad. Para legitimar su soberanía, el Sistema no necesita pues ya un discurso político que atraiga la adhesión, ni de mitos movilizadores nacionales. De ahí la déspolitización y la desnacionalización de la sociedad civil, lo que Weber llama su “secularización”. La validación de las estructuras sociales por argumentaciones políticas o “tradiciones indudables” cede el lugar a una validación por ideologías económicas y pragmaticas, como lo mostró Louis Dumont, o éticas privadas que justifican un estilo materialista de vida; estas últimas copian el aspecto mecanicista y economista del sistema internacional que trata de legitimar, y que, como lo vieron Weber, Gehlen, Schelsky y Heidegger, está basado en una interpretación de la ciencia y la técnica como actividades racionales y necesariamente orientadas hacia la obtención de la felicidad (económica) individual.

Las ideologías modernas del sistema comercial van, pues, mundialmente, a valorizar estos dos idéologèmas-clave de la racionalidad y la felicidad. ¿Pero dónde van a encontrar, superando sus diferencias, el punto común donde puedan converger, el “cobertizo” que legitimará estas dos ideas? En la filosofía mundial de los derechos humanos, precisamente, que funciona también como legitimación suprema y sintética del sistema comercial. Solo sera pues al final del siglo XX que esta filosofía, que transporta la visión mecanicista del mundo del siglo XVIII, encontrara su aplicación práctica.

Otra ventaja de la ideologia mundial de los derechos humanos: es que oculta la impotencia y la insignificancia del discurso político de las esferas dirigentes; las cuáles, en efecto, como proceden por medio de una gestión autoritaria de la sociedad-economia, no tienen más discursos ideológicos coherentes, que correspondan a una legitimación democrática práctica. Por otra parte, un discurso muy tecnócratico seria mal recibido. De ahí la necesidad implícita, o incluso inconsciente de recurrir a un discurso sintético que recupera, por medio de grandes principios, la idea democrática. Un discurso sintético, es decir, un humanitarismo vulgar, que mezcla y simplifica la moral del cristianismo, del liberalismo y del socialismo. Como lo observa Habermas, “la solución de los problemas técnicos escapa al debate público, que (…) correría el riesgo de poner en cuestión las condiciones que definen el sistema” (1).

La filosofía de los derechos humanos presenta otras ventajas: legitima la desaparición progresiva de las especificidades etnoculturales, siempre problematicas para el poder establecido, validando la mejoria economica del nivel de vida como ideal oficial y “éxito indudable” del Sistema; tal es el sentido, por ejemplo, de las recientes declaraciones internacionales sobre los “derechos económicos y sociales”. Del mismo modo, los temas relativos a los “derechos a la diferencia” solo están allí para neutralizar la idea de diferencia etnocultural, marginalizandola como derecho secundario a una diferenciación subcultural. El ideal antihistórico de los derechos humanos, común a los liberales y a los filósofos de la escuela de Frankfurt, trae también, como lo formuló ingenuamente Habermas (2), una “perspectiva de nivelación y satisfacción en la existencia”. Tal perspectiva, incompatible con toda especifidad cultural, nacional o política viva y movilizadora, intenta hoy imponerse como mito mundial.

Mito paradójico: se considera a si mismo como racionalidad y moralidad pura, y declina al mero bienestar económico, pero pretende al mismo tiempo actuar efectivamente (por medio de topicos negativos donde se condenan las “tiranías” y no por medio de movilizaciones positivas). Así pues, como hecho novedoso, el derecho toma las funciones del mito. ¡Suprema paradoja de este siglo! Este fenómeno se produce a escala planetaria y, si falla, su quiebra dejará un vacío planetario, el de la ilegitimidad global de toda una civilización, que habría intentado reconciliar el derecho, al pensamiento positivo, recurrente, memorizado y normativo, con el mito, pensamiento irracional, proyectado, emocional. Bonita utopía.

Si la filosofía contemporánea de los derechos humanos señala el punto de convergencia de todas las corrientes de la ideología igualitaria, no es solamente porque el Sistema necesita una legitimación teórica suprema; es también porque el tema de los derechos humanos constituye un aspecto histórico común del pasado de todas esas ideologías, y que a ese respecto, las reúne en un momento en el que tienen necesidad. Liberalismos y racionalismos de tradición anglosajona o francesa, socialismos reformistas, kantianismo, marxismo (por medio del hegelianismo), cristianismo social, todas estas corrientes pasaron, en “la historia de su gran relato ideológico”, para emplear la expresión de Jean-Pierre Faye, por el idealismo racional de los derechos humanos. Incluso el cristianismo integrista, que no rechaza los fundamentos del derecho natural canónico, puede tambien unirse a ellas.

De ahí proviene la regresión intelectual, el retorno teórico de la inteligensia occidental a los derechos humanos que, por las concepciones que tienen, corresponden finalmente a las necesidades de legitimación de una civilización planetaria economista y mecanicista.

En el momento en que esta civilización controvertida por todas las partes (excepto en la vida de sus subsistemas) no encuentra ideología política para legitimarse, los derechos humanos son los unicos con poder establecer un consenso en la forma de un pequeño denominador común ideológico.

Esta simplificación ideológica es acentuada por las deformaciones que hacen sufrir a todo discurso los mass-media de comunicacíon internacionales. Aparece entonces una especie de dogma, revelado en la prensa, sobre las ondas, en la televisión, etc. Una verdadera “religión” de los derechos humanos inunda el Sistema, en la forma de filosofía emocional y simple; es su sistema sanguíneo, su alimento espiritual.

En este sentido, solamente la filosofía de los derechos humanos podía agrupar a una inteligensia occidental sollozante, desde una decena de años, por el desmoronamiento de su discurso teórico y el hundimiento de sus modelos sociales. Que marxistas o socialistas revolucionarios, cuya familia de pensamiento había pretendido superar la fase “del idealismo pequeño- burgués” (Lénine) y del “formalismo” (Marx) de los derechos humanos, vuelvan de nuevo a su defensa, es la evidencia un retroceso teórico del pensamiento igualitario. Este retroceso, esta regresión ideológica, coinciden por otra parte con el paso del igualitarismo de una fase dialéctica, inaugurada en los siglos 17 y 18, y caracterizada por la inventividad y el autorebasamiento intelectuales, donde la formulación de las ideas precedía su aplicación política y social, a una fase sociológica, en la cual la difusión social y comportamental masiva de las formas de vida igualitarias y el triunfo del tipo burgués han producido la decadencia de las formulaciones ideológicas revolucionarias y el retorno a una sensibilidad humanitaria. Los hechos sociales controlan entonces las ideas, que se simplifican y adoptan la forma que les imponen los medios de comunicación y las normas de bronce de un periodismo mundial. Al triunfar, la ideología igualitaria deja poco a poco de ser inventiva; tiende a homogenizarse y a masificarse. La filosofía de los derechos humanos, como discurso de una burguesía planetaria y sentido de su proyecto, constituye la forma axial de esta masificación de las ideas.

Las trayectorias intelectuales de antiguos izquierdistas, hoy agrupados en la Universidad de Vincennes en torno al grupo “Dire”, de antiguos situacionistas, las de Henri Lefebvre, de Bernard-Henri Lévy, de André Glucksmann, para no hablar de las de Jean-Paul Sartre o de Maurice Clavel, corroboran este cambio, esta “Unión consagrada” en torno a una nueva religión de los derechos humanos que habría hecho sonréir a los gurúes “antiburgueses” de los años sesenta. Ciertamente, se dirá que esta reagrupación en torno al mismo discurso de todas las corrientes igualitarias es acentuada por la decepción de los ex-revolucionarios ante los fracasos de sus modelos (la URSS, Cuba, Camboya, etc), pero se puede también pensar que ha sido acelerada por la aparición de un adversario común detectado a través de la reciente presencia, en varios países de Europa, de una corriente teórica y cultural no igualitaria y “suprahumanista”, sumariamente calificada por Maurice Clavel de “neopaganismo”…

Significativas son a este respecto las trayectorias convergentes de las ideologías cristianas y marxistas que, partiendo de una oposición al humanismo de los derechos humanos, llegan hoy a colocarlo en el centro de sus tesis.

El cristianismo católico, en particular, combatió durante mucho tiempo la filosofía de los derechos, no sobre el fondo sino sobre la forma, acusándola fundar el derecho natural sobre “el orgullo del hombre”, sobre principios profanos, y no desde una moral revelada por Dios.

El cristianismo moderno, que se separa de la fe religiosa y la teología clásica, no tiene necesidad, para laicizarse, de recurrir a otros fundamentos que los del propio evangelio. Hay una moral civil sentada sobre el derecho natural y la superioridad del individuo en la Biblia. Por ello, los temas de los derechos humanos le parecen perfectamente admisibles, lo que no era el caso a principios de este siglo. El padre Michel Lelong veía incluso recientemente en la adhesión a los derechos humanos un criterio de juicio de las familias de pensamiento, más importante que las posiciones sobre la religión. Explicaba que importaba poco que se fuese ateo o creyente con tal que se creyera en los derechos humanos (3).

En la tradición marxista, que distinguía entre “libertades formales” (burguesas) y “libertades reales” (socialistas), los derechos humanos se rechazaban como una fase histórica pasada. Marx lanza en el Manifiesto su famoso anatema: “Su derecho no es más que la voluntad de su clase (burguesa) manifestada en la ley”. Los marxistas modernos, mucho menos revolucionarios que sus grandes antepasados y más preocupados con la conveniencia humanista, dudan en renovar esta condena del derecho burgués como discurso de legitimación económica.

La crítica del “derecho humanitario burgués” no es realizada más, desde que la revolución se sospecha de quienes se oponen a la “felicidad.” Este abandono del antihumanismo no fue iniciativa de Roger Garaudy o del pensamiento publicitario de Henri Lefebvre. Como en otros temas, los intelectuales franceses vuelven a copiar evoluciones conceptuales ya realizadas en otra parte. Fue en realidad la escuela de Frankfurt y su más famoso representante, Max Horkheimer, quien inicio el retorno desengañado y doloroso al humanismo de los derechos humanos, que será reanudado más tarde por la inteligensia occidental de izquierdas, cuando no marxista.

En 1937, como buen marxista ortodoxo que era aún, Horkheimer escribía: “la creencia idealista en un llamado a la conciencia moral que constituiría una fuerza decisiva en la historia es una esperanza que sigue siendo extranjera al pensamiento materialista” (4). En 1970, después de haber sido chocado por la experiencia estalinista, el mismo Horkheimer escribía: “Antes, deseábamos la revolución, pero hoy nos dedicamos a cosas más concretas (…) la revolución conduciría a una nueva forma de terrorismo.” Es mejor, sin rechazar el progreso, conservar lo que se puede considerar de positivo, como, por ejemplo, la autonomía de la persona individual (…) debemos más bien preservar, entonces, lo mejor del liberalismo “(5).”

Así pues, para Horkheimer que, significativamente, fue el más profundo de los pensadores marxistas del siglo XX, el materialismo histórico, el liberalismo burgués y el cristianismo deben unirse, ya que tienen el mismo discurso y defienden la misma trilogía fundamental: individualismo, felicidad (o salvación), racionalidad.

Este acuerdo en torno un mínimo ideológico, es pues, paralelo a la voluntad de extensión de esa ideología a todo el Sistema occidental, a toda la “americanosfera”. Una única sociedad, una única cultura, un único pensamiento.

Notas

(1) Jürgen Habermas, la ciencia y la técnica como ideología, Gallimard 1973. ver también Helmut Schelsky, Der Mensch en Der technischen Zivilisation, Düsseldorf 1961.

(2) Jürgen Habermas, opus cit.

(3) Le Monde, 28 de agosto de 1980.

(4) Max Horkheimer, “Materialismo y moral”, en Teoría crítica, Payot 1978.

(5) ibídem.

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Derechos Humanos, propaganda moralista

Guillaume Faye: Pourquoi nous combattons, l’Aencre 2001.

Aparato central de la ideología moderna del progreso y del igualitarismo individualista, y medio por el cual se instaura una policía del pensamiento así como la destrucción de los derechos de los pueblos.

Síntesis de la filosofía política (a menudo mal entendida) del siglo XVIII, la propaganda moralista es el horizonte inevitable de la ideología dominante. Con el antirracismo, funciona como uno de los dispositivos centrales del acondicionamiento mental colectivo, del pensamiento facil y de la parálisis de toda rebelión. Profundamente hipócrita, la ideología de los derechos humanos se adapta a todas las miserias sociales y justifica todas las opresiones. Funciona como una verdadera religión laica. “el hombre” es aqui un ser abstracto, un consumidor- cliente, un átomo despojado de sus lazos comunitarios y de sus propiedades diferenciales. Es sorprendente constatar que la ideología de los derechos humanos fue formulada por la Convención de la Revolución francesa en imitación de los puritanos americanos.

La ideología de los derechos humanos consiguió legitimarse basándose en dos imposturas históricas: la de la caridad y la filantropía, así como la de la libertad.

“El hombre” (concepto ya bastante vago) no posee derechos universales y fijos, sino solamente los que se derivan de cada civilización, de cada tradición. A los derechos humanos, es necesario oponer dos conceptos centrales: el de los derechos del pueblo (o “derecho de gentes”) a la identidad, y el de justicia, este último concepto siendo variable según las culturas y suponiendo que todos los individuos son también respetables. Pero estos dos conceptos no podrían basar en la preconcepción de un hombre universal abstracto, sino más bien en el de hombres concretos, situados en culturas particulares.

Criticar la religión laica de los derechos humanos no es obviamente hacer la apología de la barbarie, puesto que la ideología de los derechos humanos garantizó en varias ocasiones la crueldad y la opresión (la masacre de los Vendeanos o de los Indios de América). La ideología de los derechos humanos fue muy a menudo el pretexto de persecuciones. En nombre del “bien”.

No representa de ninguna manera la protección del individuo, no más que el comunismo. Al contrario, se impone como un nuevo sistema opresivo, fundado sobre libertades formales. En su nombre, se va a legitimar, el menosprecio de toda democracia, la colonización poblacional de Europa (cualquiera tiene el “derecho” a instalarse en Europa), la tolerancia hacia las delincuencias liberticidas, las guerras de agresión (Serbia, Irak, etc) que se reclaman en el “derecho de injerencia”, la inexpulsabilidad de los trabajadores colonizadores; pero esta ideología no se pronuncia sobre la contaminación masiva del medio ambiente o sobre el caos social causado por la economía globalizada.

Y sobre todo, la ideología de los derechos humanos es un medio hoy estratégico para desarmar al pueblo europeo culpabilizándolo en todos los ámbitos. Es la legitimación del desarme y la parálisis. Los derechos humanos son una especie de inversión perversa de la caridad cristiana y el dogma igualitario según el cual todos los hombres se salvarian.

La ideología de los derechos humanos es el arma central actual de destrucción de la identidad de los pueblos y de la colonización alogena de Europa.

La enfermedad del pacifismo

Guillaume Faye, L’Occident comme déclin, 1985.

El conflicto: la base del orden del mundo. La filosofía présocratica, básicamente organizada en torno a la aceptación de la vida, de sus leyes, y más generalmente en torno a la idea de armonía con la naturaleza y el cosmos, consideraba el conflicto como principio creativo y lo constituía como polo de toda una concepción-del-mundo. Así hicieron también todas las civilizaciones paganas, en primer lugar la de la India: allí, como lo mostraron Jean Varenne, Alain Daniélou y Louis Dumont, el concepto de conflicto impregna la filosofía de la vida.

Tales intuiciones son corroboradas con resplandor por el conjunto de las ciencias contemporáneas: la astrofísica explica el mundo por el concepto de “lucha energética”, la biología se organiza en torno a la confrontación selectiva entre los organismos, la etología y la genética hacen hincapié en la agresividad inter -e intraespecífica como elemento capital de la filogenesis, la sociología ve en el conflicto uno de los motores de la organización social, la polemología reconoce a la guerra un estatuto fundamental en la dinámica de las civilizaciones.

Ahora bien, la gran característica de la concepción cristiana del mundo es la negación del conflicto y como lo vio Nietzsche, la negación de la vida en general y su calificación de participante perverso y provisional frente a la “verdadera” esencia del hombre. En la medida en que la civilización occidental, en tanto que secularización del cristianismo, desea en su proyecto global evitar el conflicto en todas sus formas, se puede decir que combate uno de los primeros principios de toda vida. Fin de las guerras, fin de la lucha de clases (el marxismo solo concibe la suya como la “última” antes de la implantacion de la sociedad sin clases), fin de las tensiones sociales y selecciones: el proyecto occidental parece mortífero. Organizar la pacificación general de la humanidad, o solo reconocer como única forma legítima del conflicto la competencia comercial del liberalismo es, por otra parte, predicar para las sociedades humanas una “supranaturaleza” de carácter antivital, es querer construir un hombre “prometeico” que escaparía a la ley biológica y “cósmica” del conflicto, es pues negar la humanidad del hombre.

Y de hecho, en nuestra sociedad, el concepto de conflicto tiene mala prensa. Evoca, además de los tormentos de la guerra, las crisis sociales, huelgas, discusiones domésticas, manifestaciones, resumidamente la “violencia”, esa realidad odiada por nuestros contemporáneos. El conflicto cristaliza todos los rechazos del tiempo presente hacia todo lo que perturba un ideal social de armonía feliz.

Una observación incluso superficial de las sociedades occidentales actuales nos dice que estan dominadas por una ideología de la seguridad. Ésta ocupa un gran lugar en las preocupaciones del Estado benefactor; que ha abandonando sus prerrogativas coercitivas, su autoridad política y soberana directa, sus métodos tradicionales de “soberanía”, el Estado moderno dirige a la sociedad, como lo vieron Max Weber, Jürgen Habermas o Michel Maffelosi, por medio de tecnoestructuras policéntricas y al parecer no directivas que proceden de la racionalización de lo social. Esta tendencia está obviamente vinculada al proyecto global de homogeneización e individualización de las sociedades.

Ahora bien, en este proceso, la seguridad desempeña un gran papel, a la vez ideológico y práctico. La tecnoestructura oficial, no solamente ya no es vista como autoritaria y represiva, sino que funda su legitimidad sobre la protección; es ella que ordena y globaliza las peticiones sociales estructurandolas a su cuenta, como lo vio Lucien Sfez; es ella que programa las redes de protección económica y sociales, pero sobre todo es ella que produce una muy potente normativa de la seguridad en la sociedad; esta normativa está tan presente que no percibimos a menudo ya su extraordinario autoritarismo. Percibimos mal que una de sus funciones es recuperar en favor de las autoridades públicas una soberanía que en su ejercicio directo sería considerada antidemocrática. Códigos de carreteras, seguros obligatorios en todos los ámbitos de la vida, normativas en el trabajo o en el deporte, racionalización de la vida urbana, normas de higiene pública de carácter profiláctico: no se terminaría de mencionar todas las prohibiciones y los incentivos legales que tienen por objeto maximizar la seguridad, que sea biológica, física, etc. Una “economía” de la seguridad, a menudo muy rentable, cuyo centro está constituido por los seguros, pero en la cual es necesario incluir los Reglamentos bancarios (seguridad financiera), hace así parte integral de la economía general.

Sin embargo, esta búsqueda reglamentaria de la seguridad, tentativa de construcción de una “sociedad segura”, choca con dos contradicciones. La primera afecta la seguridad pública y la criminalidad: aquí, el humanitarismo dominante intenta difícilmente coexistir con un crecimiento de las demandas de protección contra la criminalidad y con el peso cada vez más importante de las policías en las sociedades occidentales. Se asiste, de hecho, a una doble dinamica contradictoria: debilitamiento de las represiones de la criminalidad ordinaria, por la influencia creciente de la ideología de los Derechos humanos, e incremento de la sensibilidad pública frente a la inseguridad física y a la protección contra el robo (concepto de importancia particular en la sociedad de consumo donde la propiedad de objetos como automóviles, equipos electrónicos, etc se convirtio en un valor social básico). La segunda contradicción es más general: frente a la sociedad asegurada aparece el fenómeno de una subida de la agresividad individual; el comportamiento cada vez mas condenable de los automovilistas, la involución de las relaciones humanas en las empresas y las administraciones, la pequeña criminalidad urbana en desarrollo, constituyen algunos ejemplos que permiten certificarlo.

Esta contradicción se explica fácilmente: la sociedad asegurada, en efecto, es un producto de la sociedad individualizada establecida desde hace tiempo por el Estado igualitario y racionalizador y por los teóricos del Contrato Social. Este Estado y esta sociedad individualistas, si quieren ser protectores, si centran en torno al bienestar y la seguridad total su legitimidad social, si fundan su legitimidad institucional y política sobre la garantía de la no violencia (“sociedad organizada”), separan al mismo tiempo al individuo de sus comunidades de pertenencia que tenían precisamente por función canalizar la agresividad individual y protegerle contra la violencia. El individuo experimenta entonces un sentimiento de inseguridad puesto que se encuentra solo ante los poderes públicos anónimos y una “sociedad” que le amenaza, que es enorme, masiva, la de las calles de la gran ciudad, la de la burocracia, el banco, los transportes públicos, del hospital, etc de ahí viene la esquizofrenia que, como lo ha descrito Arnold Gehlen, caracteristica de nuestro tiempo: por un lado, una ideología social protectora donde la idea de seguridad y la no violencia se convirtió en un valor obligatorio, un leitmotiv constante; por otro, una agresividad individual y un sentimiento de inseguridad que incrementa a causa de la atomización social de una civilización con determinación antiorgánica. Es en las grandes naciones industriales, los Estados Unidos, Francia, Italia, Alemania, Gran Bretaña, etc, que la mezcla de miedo y agresividad, de pacifismo social y conflictos diarios, de armonicismo y de antiarmonicismo concreto es más aguda.

Nuestra sociedad asegurada reconstituye sin embargo de manera salvaje, subrepticia, ilegítima, el conflicto y la violencia, a través de las múltiples porosidades que permanecen en la vida programada como espacio de paz social. Pero esa violencia “reconstituida” no aparece en el campo político, el cual parece definitivamente dedicado al espectáculo y la superficialidad, definitivamente privado de su esencia polémica y perfectamente ajustado a la exigencia de paz social y neutralización de las peleas. La recurrencia del conflicto se manifiesta por ejemplo en los holocaustos automóvilisticos de fin de semana o en el retorno de una violencia urbana ritual, la de las bandas de adolescentes. Pero vivido de tal manera, el conflicto no se integra, pierde todo “sentido” social y se convierte obviamente en pura violencia; ya no es creativo de socialidad: el miedo manifestado ante la pequeña criminalidad urbana por los ciudadanos medios refuerza su aislamiento y no genera solidaridad. La ideología social dominante, aunque acepta de manera turbia y avergonzada estas fuerzas ilegítimas de violencia como un exutorio psicológico, intenta sin embargo darles una explicación que se organiza en torno al concepto de accidente. El conflicto, cuando aparece, se considera como accidental, como dependiente de una patología social o de una “fatalidad”: así el paradigma de una sociedad naturalmente transparente, serena, pacífica, racional, es preservado, y el hombre social conserva su calidad afirmada de ser pacífico, no agresivo. No es la agresividad lo que explica la delincuencia urbana, sino “el accidente”, siempre reparable, de “desórdenes sociales” debidos al entorno, al paro, a la ausencia de asistencia social, etc; así mismo no es la agresividad de los conductores lo que explica las numerosas muertes durante las temporadas de vacaciones, sino en primer lugar el alcohol, el mal estado de los vehículos, el incumplimiento de los Reglamentos, etc. No se trata de impugnar esta clase de explicaciones; que cubren obviamente “causas” observables o “desencadenantes” en el origen de los fenómenos en cuestión; pero hay que señalar que los hechos conflictuales se interpretan como simples consecuencias patológicas, anormales, de incidentes y de la imperfección técnica de la maquinaria social, y a este respecto, susceptibles de ser reparados, rectificados.

La sociedad industrial occidental se caracteriza pues, en su conciencia esquizofrénica, por tres características principales sobre el problema de la violencia y el conflicto: en la ideología, se les censura, ilegitimados; reaparecen en lo cotidiano bajo formas “desintegradas” en tanto que individuales; en tercer lugar, los “límites máximos de percepción” de la violencia y el conflicto se reducen: aunque más intensos que hace una veintena de años, la criminalidad pública y los ataques a la seguridad urbana son mucho menos notables que en las sociedades preindustriales, pero sin embargo no se integran psicológicamente, se perciben como insoportables. La insuperable contradicción entre una moral no conflictual y la persistencia del conflicto, y además, del conflicto individualizado, se rechaza al margen de toda instancia comunitaria, constituye la característica patológica que una psicología social podría calificar de “rechazo o negación del síntoma”.

Es necesario observar de más cerca la naturaleza y el origen de este rechazo del conflicto, rechazo que da lugar, como acabamos de verlo, a la “violencia”, resultado perverso de esa filosofía que pretende eliminar toda “fuerza” en las relaciones humanas. El rechazo del conflicto se manifiesta en primer lugar a través de la ideología común de la vida garantizada: en una sociedad determinista y racional, controlada por la economía, las previsiones y las estadísticas, el riesgo, es decir, el conflicto con las “cosas”, es decir, la confrontación de los riesgos, se considera perverso. La figura del Jugador no domina ya desde hace tiempo nuestra civilización; el Jugador, el buscador de riesgos, que nos regresa al espíritu rechazado de Dionysos, el tentador, el Diablo que se atreve a poner en juego su seguridad y la de los otros, no es más que un “aventurero”, se opone radicalmente al humanitarismo determinista de nuestro tiempo.

Hace algunas décadas, en los medios de comunicación, ecos de toda sociedad, que se han convertido en lugares de prosa o imágenes grises a pesar de la violencia cromática de las ilustraciones, la confrontación se redujo considerablemente. La sátira virulenta se hace rara y nula; la critica y el ataque no forman ya parte de las costumbres admitidas. La amonestación mas pequeña es objeto de denuncias por difamación. La esfera donde se ejercen los discursos públicos quiere ser, a imagen del universo de la publicidad comercial, “agradable”, “humana”, etc. La desaparición de la legitimidad del conflicto en los medios de comunicación corresponde a la hegemonia de un academicismo humanitario que dicta todos los discursos. Este psiquismo traiciona un deseo de un consenso negado. El miedo a todo conflicto, el sueño de fraternalismo no corresponden por otra parte a sentimientos “comunitarios”, sino a un profundo egoísmo. Se trata “efectivamente” de ser como todo el mundo, pero al mismo tiempo de preservar su hedonismo individual. Se substituyó al polo altruismo/combate, característica del psiquismo comunitario, con el polo egotismo/universalismo pacífico. Mientras que una mentalidad agonal se realiza al mismo tiempo, generalmente, porque el verdadero altruismo hacia el prójimo es siempre poco numeroso, los pacifismos y los fraternalismos humanitarios modernos son caracteristica de individuos profundamente “aburguesados”, es decir, muy penetrados de la mentalidad del consumidor y el homo economicus calculador. La moral comercial del interés justifica por otra parte el temor al conflicto y un fraternalismo general cuyo verdadero fundamento no es ético, sino económico, es decir, en tanto se cree que el conflicto perturba el curso normal de la comodidad individual y del “bienestar” garantizados por la tecnocracia.

La democracia tecnócratica quiere ser entonces “consensual” y pretende substituir los antagonismos ideológicos y las luchas políticas con una homogeneidad, basada no en la “persuasión” (es decir, sobre la victoria de una opinión sobre otra luego de una confrontación), sino sobre la neutralidad de la administración técnica de las cosas. La filosofía antipolémica del mundo, que observa este último como gobernado por una mecánica, sin riesgos y sin historia, se reproduce en la transparencia tecnócrata; para esta última, la sociedad debe tomar la forma de una “maquinaria eficiente”; no son ya el conflicto o el riesgo generadores de ideas, vida, innovaciones, en la perspectiva de la democracia tecnócrata, sino, muy al contrario, el orden tranquilo y programado de una inmutable naturaleza de las cosas. El orden, es por supuesto, reproducir el orden eternamente. Pensamos por nuestra parte que el orden, en ese sentido no conflictual, es un concepto quimérico. El orden no es más que una consecuencia dinámica de los desórdenes, cada uno los cuales generan un orden que pronto es destruido. La evolución biológica como la historia de las sociedades siguen tal proceso: el conflicto crea un orden; al fin de otro conflicto, un nuevo orden aparece, a su vez es desafiado de nuevo. La coherencia global del conjunto nace de equilibrios conflictuales, conflicto-cooperacion retomando la expresión aplicada a la vida económica por François Perroux. Al no hacer caso de este “principio de orden” y al descuidar la fecundidad del desorden conflictual, la democracia tecnócrata no hará cesar el conflicto (así como el igualitarismo no pondra término a las desigualdades), sino que, al contrario se prepara a convertirse en su víctima. Para dominar el hecho conflictual, es necesario no solamente admitirlo, sino integrarlo. Los dos conceptos relacionados de la evolución y el conflicto, al contrario, son disociados por las ideologías del progreso y el desarrollo. La entropía, característica del mundo actual y su civilización mundial, es la consecuencia de ese progresismo cuyas principales finalidades es eliminar de la escena de la historia las competiciones entre los pueblos, las confrontaciones políticas y geopolíticas, las divergencias culturales. Pero aparece también una demagogia diferencialista que solo preve las pluralidades bajo el ángulo popular de la cohabitación no competitiva, de la suma igualitaria de sectores yuxtapuestos. La pluralidad verdadera, viva, es, al contrario, un campo de oposiciones, estrategias contrarias, antagonismos.

Más allá de las causas directamente sociales, el rechazo del conflicto se explica por la base judeocristiana sobre la cual se construyeron las mentalidades y las ideologías modernas. En la perspectiva bíblica, el carácter combativo de la vida se considera como una desdicha frente a la cual la salvación (individual) promete liberarnos. La existencia pecaminosa, este valle de lágrimas que es el mundo terrenal, fue iniciado por un conflicto: el asesinato de Abel por Caïn que vino a destruir la armonía pacífica de la edad de oro. La historia humana se confunde entonces con la busqueda de la unidad de la humanidad original, condenada desde entonces a la diferencia competitiva y a la confrontación entre los pueblos, y también en el trabajo, visto como lucha contra una naturaleza que oculta sus beneficios. Los valores guerreros, de la victoria y del poder, etc, son confundidos con manifestaciones ridículas de orgullo, retos a un Dios radicalmente separado del mundo terrestre, es decir, leyes polémicas de la vida. El único conflicto legitimo es el de la guerra apocalíptica, el último combate, el conflicto destinado a exterminar al enemigo de Dios, al enemigo absoluto.

Tal estructura mental prepara los espíritus a dos tipos de sentimientos, que encontramos en toda la historia occidental. El primero, es la mala conciencia ; en efecto, así invalidado, el conflicto, cualquiera que sea su naturaleza, guerra o lucha, no va a ser aceptado. Los impulsos agresivos en tanto que necesidades de defensa y seguridad van a entrar en contradicción con la moral. Paradójicamente, las fuerzas conflictuales no van inhibirse sino a percibirse como pecados, y a este respecto, se encontrarán enloquecidas, puesto que ningún orden social las integrará, ni les proporcionará normas. Y esto sucede en tanto que el conflicto no es reconocido como cruzada, guerra santa; lo que tendrá como efecto la ruptura de toda codificación moral y fomentar el fanatismo. Se lucha por la verdad y no “por juego” o “por práctica”, los hombres presos de tal mentalidad practican una agresividad propulsiva; y así paradójicamente, el conflicto se vuelve “inhumano”.

Es interesante constatar que nuestra civilización vivió los conflictos más fatales cuando éstos eran causados por las religiones o las ideologías universalistas, humanitarias, pacifistas, etc. Los monoteísmos del Amor absoluto o del fraternalismo dogmático han dado lugar, clasicamente, al fanatismo belico. Cuando el enemigo es el enemigo absoluto, el no hombre, el “promotor de guerra”, el último culpable a eliminar antes de alcanzar la paz universal, un esquema comun por ejemplo al cristianismo y al comunismo, el conflicto se convierte en una cruzada fatal. Las guerras de religiones y los genocidios del siglo XX fueron frutos del cristianismo o las ideologías que derivan de él. Dieron lugar en la historia a más guerras y destrucciones de poblaciones que los sistemas políticos y religiosos que ignoraban el humanismo igualitario y que reconocían todo conflicto como legítimo. Como la esclavitud que duró hasta el siglo XIX en la gran democracia puritana y bíblica del otro lado del Atlántico, las guerras más ásperas de nuestro tiempo son fruto directamente de la conjunción de los monoteísmos, de visiones del mundo que proponen como finalidad la realización de un mundo de fraternidad absoluta, de Resolución definitiva de antagonismos, y que colocan a la felicidad individual en la cumbre de su escala de valores. Una mayor tolerancia se observa, al contrario, en las ideologías que colocan en la cumbre de su escala de valores al grupo y su voluntad de poder. La tolerancia y el realismo controlan en efecto sus estrategias, que algunos califican de “cinismo”; las relaciones de fuerza son menos fatales que las leyes morales. ¿Y hoy día, no sabe que solo “el equilibrio del terror”, es decir, la creencia en la posibilidad del conflicto y la determinación de llevarlo, pudo, hasta ahora, preservarnos del holocausto nuclear?

Contra los tabúes filosóficos y las creencias políticas de nuestro tiempo, según la evolución científica más reciente, desde la polémologia a la etología, es mejor a nuestro modo de ver intentar integrar el conflicto en las relaciones sociales y políticas, sin acariciar la esperanza irreal de hacerlo cesar algun día.

Es necesario reconocer que el conflicto es creador de socialidad, que en el mismo se tejen los vínculos comunitarios por las reagrupaciones y las polaridades que crea. Que sea agonal, como en la rivalidad, la competencia o la pelea, o polemiza y es susceptible de llegar hasta lo que está en juego de la vida, como en la lucha política, militar o religiosa, el conflicto moviliza los sentimientos e intensifica las pertenencias. La sociología de las empresas, por no citar más que este ejemplo, mostró bien el papel regulador de los conflictos y competencias internas, e incluso su función de estímulo del trabajo cuando un equipo está en competencia o en desacuerdo con otro sobre un objetivo. El conflicto permanece positivo y de “estructuración” mientras una autoridad sepa arbitrarlo y mantenerlo bajo el límite máximo que desintegraría el vinculo social.

Es necesario recordar a este respecto toda la contribución de la etologia moderna sobre la función de la agresividad y el conflicto que constituye, en nuestra filogenesis, el principal factor de organización social. La agresividad intraespecífica, la enemistad (y la amistad que resulta como contrapartida), la oposición polémica entre grupos, etc, caracterizan el comportamiento de los primates y fundan sus vínculos sociales. Los hombres no poseen a este respecto ninguna diferencia, y nuestra herencia genética nos impulsa a entrar en conflicto con nuestros congéneres, tanto para definirnos como para actuar. Un grupo humano se define en primer lugar contra un vecino que lo amenaza, que debe amenazarlo, y tiende incluso a polémisar de manera antropomórfica los retos del entorno y los obstáculos elaborados por la naturaleza. El hombre busca las agresiones a las que debe responder con una contraagresión y organiza su amor o su amistad en función de una “defensa” de los objetos contra la enemistad o la amenaza de un tercero. La dimensión agonal (conflicto contenido) de las relaciones humanas estructura la vida interior de los grupos, mientras que su dimensión polémica (amenaza de legitimidad de la muerte) determina las pertenencias “políticas”. A este respecto, la polaridad amigo- enemigo encuentra sus raíces inmediatas en la antropología y la biología etologica. La sociología del conflicto o la ciencia política nos parecen incomprensibles si no se basan en el estudio filogenético del comportamiento conflictual y sus funciones. Así como la competencia intraespecífica es el factor central de la evolución, así mismo el conflicto permanece como un comportamiento sin el cual no se entender ni los hechos sociales, ni de los hechos políticos, ni de la historia. Konrad Lorenz concuerda con Héraclito al reconocer que el conflicto era la materia de la vida, su principio déterminador. La concordancia de las concepciones del mundo no cristianas, de la India a Grecia, que admiten el conflicto como parte de la estructura real y lo integran en las cosmogonías, hoy es validada completamente por las ciencias de la vida. La filosofía y la antropología anti-conflictual del cristianismo y las ideologías occidentales se ven invalidadas, y las visiones del mundo “paganas” se revelan paradójicamente más adaptadas al nuevo espíritu científico que la racionalidad armonicista del igualitarismo.

Así pues, una sociedad organizada en torno a la negación del conflicto, que proyecta erradicarlo definitivamente de la raza humana, la civilización occidental, prolongación del cristianismo, se instaura como figura central de la Decadencia. La Jerusalén celestial, la decadencia, el ocaso de la vida, está descendiendo sobre la tierra.

Extractos del libro “La colonisation de l’Europe”

Por Guillaume Faye

La guerra étnica ha comenzado. Por lo bajo. Y, año tras año, se amplia. Por el instante, ha tomado la forma de una guerrilla urbana larvada: incendios de automóviles o de comercios, agresiones repetidas de europeos, ataques al transporte público, emboscadas a la policía o a los bomberos, razzias desde los suburbios hacia los centros urbanos, etc… Como demuestra un estudio sociológico encargado para analizar el fenómeno, la delincuencia de los jóvenes afro-magrebíes es también un medio de conquista de territorios y de expulsión de los europeos en el interior del territorio estatal francés. No está motivada únicamente por razones de simple criminalidad económica.

A partir de los suburbios, se crean enclaves o “zonas sin derecho”, que se extienden como manchas de aceite hacia el exterior. Desde que la población alógena alcanzó cierta proporción, la delincuencia ha hecho emigrar a los “petits blancs”, acosados por las bandas étnicas. (…) Se calculan en más de 1000 estas zonas en Francia. El fenómeno de parcelación del territorio puede sugerir que estamos entrando en una nueva Edad Media. Pero también encubre un proceso de colonización territorial, proceso que hace pedazos las utopías izquierdistas del “mestizaje étnico”. Las élites intelectuales francesas, que suelen vivir en las caras barriadas reservadas a los blancos, siempre han propuesto el mestizaje social en las zonas urbanas. El mestizaje funciona de forma muy diferente entre las clases sociales de origen europeo. Entre las élites, que niegan las diferencias étnicas, no existe problema alguno en abandonar amplias zonas urbanas a las mayorías emigradas. En estos casos se habla de “fractura social”, cuando la realidad es que se agita una fractura racial y etno-cultural

Los políticos invocan vagas causas económicas, cuando en realidad se agitan causas étnicas muy transparentes. Peor aun: culpabilizan de “petits blancs” a las clases populares, que se quejarían, por pura exageración, ante “fantasmas”, por evidente racismo. Ellos serían los responsables de la formación de “ghettos”. (…) Pero, en propiedad, no se trata de ghettos, sino de territorios conquistados y de colonias. Un ghetto es una zona relegada a una población que sufre un ostracismo. Hoy, en Francia, son la poblaciones alógenas las que han conquistado, por la fuerza, sus espacios territoriales. Hablar de ghettos es presentar a los inmigrantes como víctimas, mientras que por el contrario son los actores voluntarios de sus espacios autónomos. Hablar de ghettos deja entender que se está hablando de miseria, de pauperismo en las “zonas sin derecho” cada vez más numerosas. Al contrario, la economía criminal, centrada en la droga y en la reventa de bienes robados, así como otros recursos legales o fraudulentos, hacen que estas poblaciones accedan a un nivel de vida confortable, a veces superior a los de un asalariado francés.

Las iglesias, la mayor parte de los partidos, una miríada de instituciones y asociaciones, el mundo del show-business, durante años, han abogado por la instalación de emigrantes, por la apertura de fronteras y por la inexpulsabilidad de los clandestinos. ¿Animados por un cierto etnomasoquismo? ¿Por xenofilia? ¿Por ingenuos adalides de la religión de los derechos humanos? ¿Por snobismo antirracista o políticamente correcto? ¿Por voluntad deliberada de mestizar Francia y Europa, por odio a la “pureza étnica” europea? Sin duda, un poco de todo. En todo caso se constata una mezcla de fatalismo cara a la inmigración incontrolada y ante la ya declarada incontrolable. Un fatalismo de pulsiones autodestructivas hacia el pueblo propio. “¡¡¡ Sí, invadidnos, nos hacéis un favor !!!”

En agosto de 1999, Yaguine y Fodé, dos colegiales guineanos, se introducían en el tren de aterrizaje de un airbús (…) y fueron encontrados muertos por hipotermia. Entre las ropas de uno de ellos, se descubrió una carta interesante (…) en ella pedían asilo por razones de guerra (no hay guerra en Guinea) y debido a la miseria de sus familias (las investigaciones demostraron que pertenecían a la clase alta de su país). Entre los creadores de opinión se dispararon las alarmas. Si habían muerto dos niños, habían muerto por nuestra culpa, por nuestra negativa a acoger sin discusión a todos los “pobres” del continente negro. (…) Inmediatamente después, como demuestran los archivos, las llamadas asociaciones antirracistas se lanzaron en una campaña de crítica hacia los controles aduaneros en los flujos migratorios en Europa (los más laxistas de todo el mundo) y en una crítica de la egoísta Europa (cuando ahora que se agotan los fondos de ayuda al Tercer Mundo, Europa se ha mostrado la más generosa). Para muchos de los responsables africanos, el discurso consiste en forzar las puertas de Europa a cambio de un chantaje moral. Hablamos de la colonización por la mendicidad y la compasión.

El 4 de agosto de 1998, una adolescente menor de edad fue violada y después abominablemente torturada por dos jóvenes africanos que se la encontraron por la calle preguntando una dirección. Después de los hechos, orinaron simbólicamente sobre su cuerpo martirizado. La chica murió a causa de la hemorragia provocada. Su calvario y su oración fúnebre se resumieron en dos líneas pintadas por los asesinos con la sangre de la chica en la pared, que aparecieron fotografiadas en el semanario “Le Parisién”, el 05/08/98: “chiens écrasés” (“aplastad a los perros”). La chica no era guineana, sino polaca. Se llamaba Ángela… Para mí, la memoria de Ángela vale mil veces más que la de Fodé y Yaguine.

No me cansaré de señalar que la mayoría de los inmigracionistas colaboradores y sus cabezas de fila proceden de la burguesía o pertenecen a las clases sociales perfectamente preservadas del contacto con las poblaciones alógenas, totalmente protegidos de la criminalidad en general. Su desprecio, su ignorancia de las condiciones de vida y de cohabitación del pueblo europeo real, de los “petit blancs”, es inconmensurable.

Esta nueva izquierda, convertida al capitalismo, defiende con garras un socialismo virtual y un inmigracionismo real. En este cocktail, es difícil adivinar la parte de imbecilidad, de altruismo alucinatorio, de snobismo antirracista, de etnomasoquismo y de (peor todavía) cálculo político. El sentimiento que domina entre los colaboradores es el mismo que atrapó a las élites declinantes romanas en el siglo III: la ruindad y la cobardía, (…) y un egoísmo indiferente hacia su propio pueblo y hacia sus generaciones futuras. La historia retendrá que los europeos, y concretamente sus burguesías declinantes, fueron los primeros responsables de la colonización de Europa y de su submersión demográfica. Los inmigrantes del Tercer Mundo, que yo considero como el enemigo principal, desde su punto de vista tienen perfecta razón para invadirnos. Ellos rellenan un vacío, al igual que los americanos rellenan un vacío ante la ausencia de los europeos en los planes geopolíticos y estratégicos.

Los burgueses fueron los aliados de los ingleses en el siglo XV, como la izquierda fueron los primeros en claudicar en la II Guerra Mundial. Para resolver el problema, problema del que surgirá el caos, no hay otra solución, por un medio o por otro, que reducir al silencio a los colaboradores, a los lobbies inmigracionistas, que son las causa primera, tras 30 años, de nuestra colonización. El enemigo-colonizador, es un enemigo estimable, un enemigo que juega su juego. Pero los colaboradores que atentan contra su campo, que apuntan sobre su propio objetivo, no merecen, como decían De Gaulle y el emperador Diocleciano, gracia alguna.

La política de ghettos es imposible: los territorios urbanos no son los suficientemente grandes, ni los medios de transportes lo suficientemente lentos para impedir las fricciones étnicas. Ciudades como Roubaix, Mantes-la-Jolie, Créteil, Le Val-Fourré, hoy en día son patrimonio de las poblaciones alógenas, no son ghettos, centros urbanos casi prohibidos a los europeos y focos de enfrentamientos raciales. En América, las zonas de mayoría no-caucásica (que dicen allí) suelen estar rodeadas de cordones sanitarios y no ofrecen mayores problemas. Los Estados Unidos, después de todo, desde su origen, son un país de inmigración y de impermeabilidad étnica; este es el fundamento de su contrato social. En Europa, el modelo de la cohabitación territorial de las etnias, como en el caso del Oriente Medio, es inaplicable e inviable.

La política del mestizaje étnico es también imposible; y no sólo en Francia, sino en todos los países del mundo. Presa de un repentino impulso de demagogia social, la alcaldía de París se embargó, durante los años ochenta, en construir bloques y barrios enteros, cómodos y a bajo precio, reservados, en nombre de una “discriminación positiva” que no se atreve a llamarse por su nombre, sólo a familias africanas y magrebíes, con el fin de “apaciguar las tensiones” y de “favorecer la integración” de estos “franceses de hecho”. Diez años después, podemos leer en la revista “Paris-Le Journal”, editada por el ayuntamiento, las siguientes noticias: “La delincuencia continúa en progreso. 284.663 crímenes y delitos en 1998 contrastan contra los 272.145 denunciados en 1997. Esto señala un aumento del 4,6%, es decir, el doble de la media nacional (…) La delincuencia de los menores en las nuevas zonas de población en fuerte crecimiento” (nº94, abril 1999). Y los progresos en la inseguridad de (en los colegios, en las calles, por robo o a mano armada) conciernen más exactamente a los distritos construidos bajo la legislación especial para inmigrantes que los edificados en los siglos XV, XVIII y XIX.

Tomemos el ejemplo de la nueva África del Sur, fundada sobre el mito de la cohabitación multirracial. Tras la abolición del apartheid y la instauración del poder negro, la inseguridad es tal, la criminalidad negra ha subido a tales alturas que los blancos, los asiáticos, los zulúes y los xhosas se atrincheran a cal y canto en sus zonas respectivas. La paradoja de la nueva Sudáfrica es que tras la abolición del apartheid, el apartheid es ahora un hecho más fuerte y presente que nunca.

En la vida, el hecho de reconocer que ciertos problemas no tienen solución, salvo la crisis, es una constante histórica. ¿Políticas de ghettos, políticas forzadas de mestizaje étnico? En los dos casos, un callejón sin salida. Desalentado, Gérard Dezempte, alcalde por el gaullista RPR en una comunidad de 8.500 habitantes, Charvieu-Chavagneux, tomada por la criminalidad asfixiante, declaraba a la prensa en enero de 1999, con una lucidez poco corriente: “Si se desea luchar contra los ghettos, es preciso cambiar de legislación. Hoy impera una noción de tolerancia, y el desequilibrio racial es tan pronunciado que nos conduce progresivamente a la guerra civil. Mi ciudad sufre de hecho la guerra civil”. Para nuestra pequeña historia, anotemos que el consejo municipal de Charvieu-Chavagneux había votado, el 24 de septiembre de 1998, la organización de un referéndum sobe “la segregación de las poblaciones concernientes a las leyes HLM”, llamadas por otro nombre poblaciones afro-magrebíes. El prefecto declaró las deliberaciones como ilegales, despreciando las 13.000 firmas presentadas por petición popular a favor del referéndum. Esta es la democracia moderna. ¿La “guerra civil”, según las palabras de Gérard Dezempte…? Para salir de un atasco, es preciso construir accesos. Los medicamentos del “docteur République” ya han caducado. Es la hora de los cirujanos.

Desgraciadamente, esta “segregación” crearía un coste monetario asombroso para las arcas del Estado (la “politique de la ville” cuesta unos 20 millardos por año), pero se explica porque los franceses, de hecho, no soportan ya vivir en las zonas donde la concentración de afro-magrebíes es mayoría o es muy fuerte, por el hecho del comportamiento mismo de las poblaciones. Ningún voluntarismo estatal podrá hacer ya nada contra esta negativa a la integración, que ya no podrá ser más decretada ni financiada. Es la lógica de los ghettos de Los Angeles, donde ningún coreano aceptará bajo ningún pretexto la instalación de ningún negro en sus zonas. Pero el Estado francés no ha admitido nunca las realidades étnicas, como otros negaron la esfericidad de la Tierra. Hablando de las “zonas desfavorecidas” (y por lo tanto irrigadas por la mano financiera de los contribuyentes), el diputado Cardo explica: “El mestizaje social avanza muy poco. Las minorías sociales (que en su lenguaje quiere decir “étnicas”) se refugian en las zonas donde la vida es difícil y la inseguridad fuerte. Y es difícil hacer regresar a las gentes que abandonan esas zonas”.

¿Por qué no reflexionamos sobre los hechos siguientes? Los polacos, los italianos, los portugueses, los españoles que inmigraron masivamente a Francia durante los años sesenta jamás necesitaron de “políticas de inserción” para participar en la vida económica, para formar parte del tejido social, para escapar a la delincuencia. Con los africanos y los magrebíes, la misma asistencia social no puede evitar su aserción. Y aquí se descubre un problema. La ideología dominante no puede, evidentemente, admitir que la causa de esta inserción imposible no es ni social, ni económica, ni financiera, sino étnica. Si la inserción de los afro-magrebíes no funciona, no es porque la política de inserción esté equivocada, sino porque la misma inserción de estas poblaciones es consustancialmente imposible. La distancia etnocultural entre estas poblaciones y los europeos es demasiado extensa para que sea posible una cohabitación.

La misma perspectiva de ver crecer en Europa estos territorios, cada vez mas extensos, ocupados por comunidades alógenas que, a partir de estos reductos, quieren irradiarse, es inadmisible. Los poderes públicos se despreocupan de las dramáticas consecuencias que están creando. Se aferran al dogma inefectivo de la integración y de la dispersión de la población contra la formación de ghettos, en nombre, por otra parte, de una política pro-islámica que es la menos efectiva para impedir la extensión de las “zonas sin derecho”. Los poderes públicos, completamente desbordados e inconscientes del peligro, no realizan política alguna que no sea la del “dejar-hacer”. Otros, más conscientes, dicen que estamos condenados a la extensión de las zonas territoriales alógenas. El propósito de este libro es dar a conocer las fórmulas que se oponen a lo inadmisible.

Al día de hoy están censados 4 millones de musulmanes en Francia. La cifra real posiblemente es más elevada, entre los 6 y 7 millones. El islam es la segunda religión de Francia. Más o menos existen unas 1430 mezquitas en Francia. Sus practicantes son jóvenes (mientras que los practicantes católicos son viejos), con un alto nivel de evolución demográfica, tanto por el flujo masivo de inmigrantes como por la alta natalidad de los islamistas. Si nada lo impide, el islam será la primera religión en Francia a partir del 2015. Francia contiene más musulmanes que Albania y Bosnia juntas. En la Unión Europea, se estima que el número de musulmanes alcanza los 15 millones. Están en crecimiento en todos los países.

Afirmar hoy que “Francia no tiene trazas de devenir en una república islámica” es una afirmación tan ridícula como el afirmar en los años cincuenta que “Alemania no se reunificará jamás”, o que “el comunismo no puede desaparecer”.

Ninguno de mis propósitos es fijar una mirada de odio hacia el islam, el cual no siempre practica esta reciprocidad. En revancha, considero al islam como una grave amenaza y un enemigo, desde el momento en que esta religión de conquista procede a una instalación masiva y consciente en Europa. A un enemigo no se le desprecia, se le combate. Y cuando se estudia al combatiente, no deja uno de asombrarse por la ingenuidad de los intelectuales de hoy día, que le declaran tolerante, sin haberlo estudiado jamás.

Por lo mismo, se puede partir perfectamente de los valores del enemigo. Su carácter de enemigo viene de su puesto de ocupante. Se puede, como el islam, combatir y deplorar el materialismo y el individualismo inherentes al Occidente moderno, sin dejar de considerar que la instalación del islam en Europa es un acto de guerra, según los mandatos del Corán. Las palabras de alerta de Carl Schmitt se aplican magníficamente a todos los europeos tolerantes con el islam: “Si no eres tú quien decide quién es tu enemigo, y si te declaras su amigo cuando él ha decidido que eres su enemigo, entonces no podrás nada”.

Contrariamente a la opinión de los islamófilos, el islam no es solamente una “fe universal”, como el cristianismo, sino una “comunidad de civilización” (“umma”) que tiende a la expansión. El proyecto implícito del islam en Europa es simplemente la conquista de Europa, como así lo estipula el Corán. Ya estamos en guerra, y los europeos occidentales no lo han comprendido. Los rusos, por el contrario, sí. Porque el islam es un vehículo de valores trascendentes que propone una doctrina individual y colectiva en la cual las normas superiores e intangibles se imponen a los creyentes, dando así un valor a su existencia (…), pero el islam no corresponde en nada al espíritu europeo. Su introducción masiva en Europa desfigurará la cultura europea más aun que el hecho de la americanización. Un dogmatismo reivindicado, una ausencia de espíritu faústico, una negación fundamental del humanismo (entendido como autonomía de la voluntad humana) en nombre de una sumisión absoluta a Dios, un rigidismo extremo de obligaciones y de relaciones sociales, un monoteísmo absoluto, una confusión teocrática de la sociedad civil, una reticencia profunda hacia la libre creación artística o científica, son los trazos incompatibles con la tradición mental europea, fundamentalmente politeísta.

Aquellos que creen que el islam pudiera europeizarse, adoptar la cultura europea, aceptar la noción de laicidad, cometen un grave error. El islam, por esencia, no aceptará ese compromiso. Su esencia es autoritaria y guerrera. (…) Dicho de otra forma, con la introducción del islam en Europa, se presentan dos riesgos: desfiguración o guerra.

En una primera etapa, el discurso del islam en Europa se hace relativamente tolerante. Los responsables musulmanes dicen “querer respetar las leyes de la República” y la laicidad, a pesar de que ello es totalmente incompatible con el Corán, pues allí no se acepta otro derecho mas que el derecho coránico, que también incluye el derecho civil. Se presenta con un mensaje que pertenece a la “estrategia del zorro” evocada por Maquiavelo.

Pero ya se elevan en Francia, como en Gran Bretaña, las voces que demandan para los musulmanes un derecho especial. Sus partidarios creen llegada la hora de afirmar estas reivindicaciones. Como veremos más adelante, el islam no revela jamás con franqueza sus intenciones a aquellos que considera enemigos, nosotros, los Infieles; este camuflaje es para ellos una obligación teológica y moral.

En un segundo tiempo, con el aumento constante de efectivos musulmanes por un vuelco del diferencial demográfico, los flujos constantes de inmigración, más la conversión de los autóctonos, Europa será declarada “tierra de conquista” por el islam, lo que constituye una revancha radical de las tendencias históricas de siglos pasados. Revancha contra las cruzadas y la humillación de la colonización, y conquista mediante un gran movimiento de expansión.

El islam es por esencia intolerante y su lógica es aquella, tan maquiavélica, de la utilización conjunta de la fuerza y de la astucia. La astucia se emplea siempre que los musulmanes son minoritarios y débiles, la fuerza, en el momento en que su dominación está asegurada. Es así que entre los inmigrantes árabe-africanos, el islam se piensa no como una religión de esencia espiritualista, sino como una autoafirmación étnica y de revancha frente a los europeos. Más aún que el cristianismo, hoy muy debilitado, el islam es la religión por esencia de la verdad revelada e imperativa, y, con una conciencia ciega, siempre se cree en su derecho y justifica todos sus actos, hasta la exacción, cometidos en nombre de su expansión y de la gloria de Allah.

Los europeos, ingenuos defensores del islam, cometen el error de no conocer ni interpretar el Corán como un bloque sincrético, como un texto globalmente lógico, antes que como un texto de “varias lecturas”, rico en interpretaciones.

Se subraya la “tolerancia y la fraternidad entre las religiones, la libertad de creencia” inscritas en los preceptos coránicos (sura II, 256); se insiste en el rechazo de todo integrismo y fanatismo, “el islam como comunidad del justo medio” (II, 143), o bien “el rechazo de la violencia en materia de religión” (II, 257). El islam estaría unido a la compasión y al perdón de las ofensas, no se debe responer el mal al bien (XLI, 34; XXIII, 96; XII, 22), o bien el islam estaría unido a la humanidad hacia los enemigos, que obliga a todo musulmán a darles protección (IX, 6). Estos versículos se contradicen con catorce siglos de comportamiento del islam, que privilegia la violencia siempre que las relaciones de fuerza le son ventajosas, que ignora el perdón y la compasión, que erradica o somete en ghettos a las otras religiones en los territorios que han conquistado, que no tolera bajo ningún concepto ni a los paganos politeístas ni a los ateos.

Estos versículos pacíficos son un engaño, una astucia. Teológicamente, en el Corán, son anulados por los versículos bélicos escritos con posterioridad, especialmente aquellos de la sura IV, sobre la cual hablaremos más adelante. (…)

De manera general, el islam no practica una política de paz y de tolerancia aparente sino cuando se encuentra en minoría. Varios países musulmanes, como Arabia Saudita, proscriben absolutamente la construcción de iglesias en sus territorios. La práctica de un culto cristiano está prohibida a los extranjeros residentes en el país. En la mayor parte de los países musulmanes, la entrada o la residencia de sacerdotes cristianos es casi imposible, y todo proselitismo está rigurosamente prohibido, bajo pena de expulsión inmediata. En Europa, el proselitismo musulmán está protegido y financiado (construcción de mezquitas) por los poderes públicos, confundiendo la laicidad con la ingenuidad. La regla de la reciprocidad que por siempre ha regido el derecho internacional no se corresponde aquí, y los europeos lo aceptan con toda naturalidad, en su demérito, esta regla del “dos pesos, dos medidas”, que a los ojos musulmanes no es sino un signo de debilidad y de claudicación, que justifica y legitima la “voluntad divina” de su movimiento de conquista etno-religiosa de Europa. En el espíritu del islam, el hecho de que los europeos no exijan a los países musulmanes la misma neutralidad laica, la misma libertad de culto que ellos practican hacia los musulmanes, significa aquí que “Los europeos saben que están en el error; ellos reconocen la superioridad del islam y ante la superioridad de Allah se postergarán ante nosotros reconociéndose Infieles y que es justo que sean para nosotros tierra de conquista”; estas palabras de un famoso imán egipcio fueron recogidas en el diario AI Ahram, de El Cairo

Los europeos ignoran los mismos fundamentos del islam, especialmente el cínico imperativo de las tres etapas de conquista:

En un primer tiempo, la comunidad musulmana instalada en un territorio extranjero, al encontrarse en minoría, debe practicar el “Dar al-Sulh”, la “paz momentánea”, para que los infieles, en su ignorancia e ingenuidad, permitan el proselitismo islámico en su propio suelo, sin exigir ninguna reciprocidad en tierras musulmanas. Es la etapa que vivimos actualmente en Europa, que hace creer que un islam laico y europeizado es posible.

En un segundo tiempo, cuando la implantación de la comunidad islámica está confirmada, entra en juego el imperativo de la conquista y de la violencia. Es el “Dar al-Harb”, donde la tierra de la infidelidad se convierte en “zona de guerra”, y en la cual toda resistencia a la implantación del islam debe ser aplastada, ya que su número suficiente hace posible que los musulmanes abandonen la prudencia de los primeros tiempos de la conquista. Esta es la fase que no tardaremos en vivir: ya estamos viendo las premisas.

La tercera etapa es aquella en la que los musulmanes acaban por dominar. Es el “Dar al-Islam”, el “reinado del islam”. Los judíos y los cristianos son tolerados como minorías, sujetos a un derecho inferior como “dhimmis” (“protegidos”) que les sustrae la mayor parte de sus derechos civiles; los paganos politeístas (“idólatras”) y los ateos son perseguidos, y toda la población debe someterse a las reglas sociales del islam. Los no-musulmanes no pueden beneficiarse de una posición social dirigente. En Marruecos, donde los cristianos eran tolerados y los judíos protegidos, ambos tienen ahora el mismo status de protegidos al finalizar el protectorado francés, aunque allí no se produjo ninguna guerra como en Argelia.

Para muchos actuales líderes islámicos mundiales, el objetivo declarado es imponer en Europa la ley del “Dar al-Islam”. Hablamos de un proyecto planificado, de una voluntad política puesta en marcha, ya que Dios así lo ordena. El islam es un universalismo absoluto y proselitista con vocación imperativa de conquistar toda la tierra. (…)

Los años sesenta conocieron la revitalización de la potencia islámica, al final de la colonización europea. Hoy estamos en los tiempos del contraataque.

El proselitismo cristiano desea imponer una fe universal, pero el proselitismo musulmán desea implantar una civilización, un modo de vida y una sumisión política. El islam no es tanto una religión, en el sentido espiritual del término, cuanto un imperialismo político y étnico con la voluntad de implantar en todos sitios una civilización intolerante en la cual los musulmanes dominarían a todos los demás, como el hombre domina a la mujer. Pretender separar, en el islam, la política de la religión es completamente vano; ambas no son sino una sola y la misma cosa.

Los sermones de los imanes en las mezquitas de nuestros suburbios, que los islamófilos de salón no han entendido jamás, apelan abiertamente a la conquista del suelo francés y al trabajo proselitista de conversión. Desde hace tiempo las noticias dan cuenta de ciertos imanes que predican directamente la violencia armada. Los curas, en su miserabilismo, hace ya tiempo que renunciaron a la conversión; en sus prédicas, al contrario, apelan al islam como una religión hermana, como un enriquecimiento. Cuando se piensa que el ecumenismo jamás ha funcionado con los protestantes y los judíos, ¿cómo imaginar que pudiera ser posible con el islam? Es la fábula del pastor que deja entrar en el aprisco a los lobeznos; cuando crecieron y se convirtieron en lobos ya era tarde. Los prelados y los hombres políticos harían bien en releer de cuando en cuando a La Fontaine.

La doctrina de la cohabitación de comunidades es inaplicable al islam, al igual que al comunismo. Los partidarios del fulard, de los derechos específicos al culto musulmán, de una cohabitación harmoniosa como una “piel de leopardo” según un confuso derecho a la diferencia, se equivocan de cabo a rabo. Porque el islam es visceralmente anticomunitarista y opuesto a todo derecho a la diferencia. Su monoteísmo absoluto le ordena reinar sin oposición sobe la sociedad conquistada. Intrínsecamente, el islam se piensa a sí mismo como la única comunidad legitima, la comunidad de los creyentes, que posee el monopolio de la existencia y de la expresión, y donde las otras comunidades no pueden beneficiarse sino de un status inferior de infieles y tolerados. Para el islam, una sociedad plural, tribal, caleidoscópica, es fundamentalmente impía; no es más que una transición para conseguir la dominación de una comunidad –la musulmana- sobre las otras, preludio para su eliminación o conversión.

Hoy día, los líderes musulmanes, en las sociedades europeas, juegan la carta de una coexistencia comunitaria, y proclaman sus sentimientos laicos. Pero no dejan de tener como objetivo a largo plazo la implantación de la “sharía”, la ley islámica. La aceleración de la historia demográfica llegará a convencer a los más escépticos.

Desde su punto de vista, los paganos politeístas tolerantes y comunitaristas sufren una ceguera total. Estos levantan la voz contra la intolerancia republicana jacobina que pretende imponer su modelo asimilador; se elevan contra el culto de lo Único y contra este culto defienden la coexistencia del islam. Pero, ¿Se han parado a reflexionar que el islam es la doctrina social y política más asimiliacionista que existe? ¿Saben que el islam es el más ardiente defensor de lo Único, que rechaza y refuta todas las diferencias? ¿Imaginan los defensores de el fulard en las escuelas republicanas que en los colegios coránicos de Francia las cruces, las estrellas de David, los martillos en miniatura, cualquier tipo de medallas y símbolos religiosos ajenos al culto musulmán están prohibidos sin apelación?

El islam funciona exactamente según el mismo principio totalitario que el comunismo. Al igual que éste, con sus doctrinas del proletariado como única comunidad, de la lucha de clases y del partido único, el islam tiene vocación de absorber todo el campo social y político. La visión de una sociedad de “libertad de comunidades” le es tan extraña como insoportable, tal como el multipartidismo lo es para el comunismo. Durante los años cincuenta, los comunistas tomaron la consigna de no hablar de la dictadura del proletariado y la conquista de la sociedad, tal como los islamistas esconden hoy sus verdaderos objetivos, hablando de multipartidismo y de libertad de opinión. El comunismo se derrumbó, y el PCP es hoy un partido socialdemócrata. Para en el islam, una mutación tal es imposible. Marx está desacreditado, pero no es el caso de Allah.

La idea comunitarista propone una hipertrofia de la tolerancia. Frente al islam hoy en día, el comunitarismo recuerda las ingenuas reivindicaciones de los liberales a los partidos comunistas de la Europa oriental. El comunitarismo es una ilusión liberal fundada sobre la existencia de que la cohabitación es posible. Pero cuando el otro no se entiende contigo y no quiere cohabitar contigo, entonces es muy posible que te imponga sus exigencias. (…)

Desgraciadamente, aquellos intelectuales o políticos que defienden al islam no le conocen. Ignoran su naturaleza teocrática según la cual todo Estado es ilegítimo si no se rige según los preceptos de la religión islámica. Para un musulmán no pueden coexistir una ley laica neutral y pública y una ley musulmana fundada sobre la fe y que se extiende hasta el dominio privado. (…) La fe y la ley son indisociables, lo cual significa que desde el momento en que la religión islámica deviene mayoría en un país, tal país debe abandonar sus costumbres legislativas y adoptar el derecho coránico. Si nada se le opone, si la lógica demográfica se consuma, el islam devendrá la religión mayoritaria en muchos países de Europa. Sería una estupidez pensar que entonces no pasaría nada…

Los europeos subestimamos la determinación islámica, su potencia y su peligro. Consideramos que son “una religión como cualquier otra”, que se inscribe en un “nicho”, como el judaísmo o el budismo, cuando en estas religiones no existe en absoluto la obligación del proselitismo. El islam no reposa sobre especulaciones, dudas, interrogaciones, abstracciones, sino sobre principios. Por definición, estos principios son intangibles. En tanto que los europeos carecen de principios se arriesgan a la vez a ser víctimas del islam y a estar fascinados por él. Para hacerse respetar ante los musulmanes habría que hacerles respetar los mismos principios intransigentes que ellos manifiestan. Conviene sobre todo no mostrar ninguna debilidad, ninguna tolerancia ante sus exigencias. Es necesario instalarse en posiciones determinadas; si no es posible una cohabitación con el islam que planea la colonización de Europa, habrá que pensar en su expulsión.

El genio del Corán no reside en su espiritualidad religiosa, que es casi inexistente, sino en constituir el mejor tratado de estrategia de conquista geopolítica de la humanidad. El Corán supera con creces las obras de Sun-Tzu, de Maquiavelo o de Clausewitz.

La mayor parte de los europeos no se han dado cuenta, especialmente los islamófilos y los inmigracionistas, y que ninguno de ellos ha leído jamás el Corán, ni habla árabe, ni han puesto jamás sus pies en país musulmán alguno, excepto quizás en los suburbios de Club Med, ninguno de ellos vive en una cuidad con mayoría musulmana. Para ellos, el islam, y toda la inmigración, son hechos abstractos, lejanos, simpáticos. Son gentes que viven una vida propia de las clases descomprometidas, virtual, alejada de la realidad; son gentes que se derrumbarán ante la realidad que se aproxima.

¿Qué nos depara el porvenir?, preguntaba Albert Kehl. “Un sobresalto de autoridad que traerá la calma, la obediencia a nuestras leyes, y por lo tanto el fatalismo instalado por un tiempo entre la población musulmana, el dejarse llevar, estallará en un punto de fanatismo declarando la conversión al islam o la condición de “dihimmis” de nuestro pueblo sobre nuestro propio suelo hasta los tiempos indefinidos. La única solución verdaderamente eficaz, la única digna para nosotros, pueblos de Europa, pasa por el retorno a sus países de origen de la inmensa mayoría de los islamistas”.

Se puede decir mejor, pero no más claro. Bien entendido, este género de propuestas es hoy considerado, en estos tiempos de neurosis etnomasoquista, como diabólico. No es perverso el permitir que el enemigo nos conquiste, pero es perverso que nos defendamos. Bien, seamos perversos.

El islam está fundamentalmente atormentado por la idea de la guerra santa. Los conceptos de muerte, de venganza, de exterminio, de matanza son constantes en el Corán. Quienes hablan del islam como una religión de paz y de cohabitación son precisamente aquellos que ignoran el islam. Los recientes sucesos en Afganistan y Argelia, las escenas de barbarie cotidiana, son un hecho consustancial al islam. No se trata de accidentes o de crímenes cometidos por falsos musulmanes, sino de un salvajismo inscrito en el cuadro teológico de esta religión. Se pretende hacer creer que existen un fundamentalismo extremista y un islam civilizado. Se olvida que el mismo “islam civilizado” puede en cualquier momento devenir bárbaro, pues el Corán se esmalta con apelaciones a muerte contra los infieles o los traidores. El “no matarás” es una prescripción desconocida entre los musulmanes.

Para mostrar que no hablamos de fantasmas o de acusaciones malevolentes, veamos algunos pasajes del Corán, ampliados con unos comentarios.

Sura 2, versículo 190: “Y combatid en la senda de Dios a aquellos que os combaten”; sura IX, versículo 5: “…Y matadlos donde les encontréis, cazadlos, sitiadlos, preparadles toda clase de emboscadas”.

Aquí se encuentra la justificación del mártir, una de las bases fundamentales del terrorismo islamista: “Que seáis muertos o que seáis matados, sí, es con Dios con quien os reuniréis. No penséis como en difuntos a los que han muerto en la senda de Dios (la guerra santa), al contrario, viven al lado de su Señor. Porque la vida presente no es sino un objeto de goce engañoso. Aquellos que están expatriados, aquellos que han sido expulsados de su residencia, que han perseguido Mi sendero, que han combatido y que han sido muertos, Yo les haré entrar en el paraíso” (sura 3, versículos 158, 169, 185, 195). El morir en el nombre de Dios es la certidumbre de obtener el paraíso. La fuerza del islam reposa en estos simplismos brutales.

He aquí otros versículos, recogidos de las suras 4, 5, 8, 9, 17, 33, 47 (…)

“A quienquiera que combate, tanto si muere o vence, Nosotros le daremos un gran salario. No cojas amigos entre los infieles hasta que ellos acepten la senda de Dios. Pero si ellos se vuelven de espaldas, matadles entonces y donde les encontréis” (Se resalta la total ausencia de sentido del honor y la apología de la vileza al servicio del Dios recompensador).

“Por consiguiente, si ellos no quedan neutros ante vuestras consideraciones, no les tenderéis la paz y no les daréis la mano, sino que les matareis allá donde les encontréis. No son iguales los creyentes que se quedan sentados y los que luchan en la senda de Dios”. Aquí se puede ver, en esta afirmación de la superioridad intrínseca del mudjadín, que la guerra santa es una etapa permanente, casi obsesional. El musulmán que combate, que milita, es superior a aquel que se contenta con practicar su fe.

“Y cuando os lancéis sobre el Mundo, no temáis que los infieles os pongan a prueba, los infieles son para vosotros, verdaderamente, enemigos declarados”.

Triple alusión: en situación de debilidad, el musulmán puede practicar el engaño y no seguir su religión para así obtener ventajas, por otra parte todo ecumenismo con otras religiones está proscrito. La Iglesia católica es una ingenua… En fin, el deber del islam es la conquista.

Buena conciencia del combatiente –o del terrorista: “Cuando das muerte, no eres tú quien les da muerte, sino que es Dios quien les mata. Y cuando disparas (la flecha), no eres tú quien dispara, sino que es Dios quien dispara. Oh, Profeta, anima a los creyentes al combate”.

(…) Conquista y guerra santa permanentes son preferibles al trabajo, a la perspectiva y a la fundación, a una civilización pacífica: “Oh, los creyentes. Partid en campaña en la senda de Dios. ¿Os agrada la vida presente? ¿Os pesa más la tierra que el más allá? Si no partís en campaña, Dios os castigará con un castigo doloroso. Ligeros o pesados, partid en campaña y luchad en la senda de Dios. Quienes se retrasan y se quedan sentados se oponen al mensaje de Dios y rechazan combatir en la senda de Dios. ¡Oh, los creyentes! Combatid a los infieles que se os acerquen, que encuentren en en vosotros la fuerza”.

Es un hecho evidente que la mayoría de la población alógena, y más especialmente árabe-africana, que vive en Europa es apacible. Pero no es menos evidente que en los países más afectados por la emigración (Francia y Bélgica, particularmente), la mayoría de los actos delictivos violentos (hurtos, violaciones, agresiones, atracos y demás hechos diversos), de los crímenes de sangre y de los encarcelamientos conciernen a las poblaciones de origen inmigrante, especialmente árabe-africanos. Globalmente, una minoría de inmigrantes es criminal, pero la mayoría de los criminales son inmigrantes.

Es una cuestión de estadística y de matemáticas, no de ideología. Es lo que reconoció con cierto coraje Jean-Émile Vié, antiguo Prefecto, consejero de la Corte de Cuentas, relajado ya de sus obligaciones de reserva, cuando alertó: “Es necesario actuar con urgencia para evitar la constitución de milicias privadas y, a largo plazo, la guerra civil”. Estoy convencido que en esta sociedad mutilada y desarmada, ningún poder público osará “actuar con urgencia”, y que nos dirigimos a la guerra civil. Desgraciadamente, puede que sea la única forma de resolver el problema

Las cifras cantan por sí solas. Según las estadísticas de la policía y de la gendarmería nacional, dadas a conocer por la agencia “AB Associates”, en 1950 se registraron 500.000 “hechos delictivos”, entre crímenes y delitos. Hoy hablamos de 4 millones, es decir, una progresión del 800% en 49 años. Pero es que no fue hasta 1964 que la delincuencia empezó a dispararse. Las agresiones (censadas) contra las personas, menos de 50.000 en los años 50, se han multiplicado por 4,5 hasta hoy. En 1998, el 45% de los robos con violencia y el 15% de las violaciones fueron cometidos por menores de edad. En 1972, sólo en 2% de los delitos y los crímenes fueron cometidos por menores. En los casos de incendios y de chantajes, la proporciones de menores implicados se dispara hasta el 52%. En cuanto a los delitos ligados al tráfico de estupefacientes, en el año 1998 la progresión fue del 43,5%. Todas las cifras son subestimadas, dado que la policía ignora la mayor parte de los delitos cometidos en las “zonas sin derecho”, pues la mayor parte de las víctimas se niegan a hablar ante el temor de represalias. (…)

Esta explosión de la criminalidad entre los menores alógenos se adapta perfectamente a la curva ascendente de proporción de menores de 18 años extranjeros en relación a la población general de la misma edad, lo cual concuerda con la tesis de que la explosión de la criminalidad juvenil, factor mayor de delitos en la sociedad urbana, tiene por causa directa la inmigración, la creciente presencia de jóvenes alógenos, mucho más que con factores socioeconómicos tales como “el declive de la autoridad paternal” o la “exclusión por el desempleo” (…) El brutal crecimiento de la criminalidad en los diez últimos años se explica por razones étnicas y demográficas, y no socioeconómicas. Los medios políticamente correctos sostienen como verdad irrefutable que la explosión de la delincuencia se debe al desempleo, a la precariedad y a la pobreza. Este sería el caso del siglo XIX, pero no de hoy. Contrariamente a lo que se piensa, los parados y los pobres son poco delincuentes. Es más, los nuevos delitos tienen poco que ver con el lucro. Los “nuevos delincuentes” viven sus crímenes y sus delitos como una fe, una profesión, un juego. En realidad, socialmente, están perfectamente insertados… a su manera, evidentemente; comen sin hambre, visten ropa de marca y utilizan teléfonos móviles.

La curva general de la delincuencia, desde 1950 hasta 1998, revela un paralelismo matemático con la proporción de las poblaciones inmigradas. El rápido crecimiento de los crímenes y delitos, a partir de mediados e los años 60, corresponde exactamente con la llegada de las primeras oleadas importantes de inmigrantes y no a un pauperismo (…)

La parte de los afro-magrebíes, jurídicamente franceses o no, en la delincuencia violenta, robos y tráfico de estupefacientes, se estima por la policía en un 80%. Bien entendido, se mantiene la prohibición formal de emprender estadísticas raciales y menos el publicarlas. Cuando el termómetro indica informaciones políticamente incorrectas, aun cuando reflejen la realidad, los medios toman la decisión de silenciarlas. El porcentaje de afro-magrebíes en las prisiones permite confirmar la realidad. En cárceles como Aux Baumettes, en Marsella llegan, por ejemplo, al 80%.

La región va a dispensar 32 millones de francos suplementarios al año (veinte veces más de lo habitual) para reforzar los medios de la policía. Esta cifra es similar a la destinada a crear empleos competitivos. Jean-Yves Le Gaibu, consejero regional, ha provocado la alarma en los banquillos de la izquierda al demandar al prefecto de policía “¿Qué ha hecho usted para contener a las bandas de delincuentes, generalmente inmigrantes, que han provocado esta situación?” No es bueno decir la verdad.

Pero, ante la clase política y los periodistas, los investigadores no se atreven a evocar las causas verdaderas del fenómeno. Se avanzan como explicaciones la “desresponsabilización de los padres”, la “falta de respuestas judiciales adaptadas ante las primeras incorrecciones”, o que “la escuela no cumple su rol de integración”. Cuando en verdad es que estas cosas más que causas son casi efectos. La causa profunda de esta explosión de la delincuencia es la llegada a la pubertad de una generación numerosa nacida de la inmigración, que rechaza la integración en la sociedad francesa (y europea) “blanca” y que manifiesta una actitud voluntariamente agresiva, fundada sobre un sentimiento mixto de revancha y de resentimiento, pero también de fascinación por el modelo consumista al cual estiman tener derecho de acceder, aquí y ahora, sin esfuerzos y sin reciprocidad social. (…)

Las más altas autoridades del estado confortan el sentimiento de legitimidad de los jóvenes delincuentes inmigrantes. Martine Aubry, ministro de Asuntos Sociales, declaraba en 1998, ante los continuos actos de pillaje y de degradaciones que acompañan ritualmente las fiestas de fin de año: “Ciertos actos de delincuencia o de incivilidad son comprensibles como reacción ante un sentimiento de injusticia”. Se entiende que muchos de los delincuentes inmigrantes reaccionan al racismo y a la marginalización económica. Un aliento tal a las fechorías de las bandas étnicas no puede sino dejar pasmado.

En su demérito, las palabras del señor Aubry se contradicen por el hecho de que los crímenes racistas (agresiones, asesinatos, degradación de bienes) son mayoritariamente actos de afro-magrebíes contra franceses y europeos autóctonos. Por otra parte, las sumas pagadas por buena parte de los contribuyentes a favor de acciones sociales diversas dirigidas hacia las jóvenes generaciones descendientes de la inmigración (reinserción, preferencia de empleo, ayuda material a las familias…) son cuatro veces más importantes, per capita, que las sumas consagradas a los jóvenes franceses de nacimiento. ¿Será esta la injusticia evocada por el señor Aubry?

Hablar de “jóvenes delincuentes” es a lo más que llega el lobby inmigracionista, cuando los demás entendemos “racismo”. El escritor Maurice Radjfus, creador del “Observatorio de las Libertades Públicas”, uno de los grandes capitostes del lobby inmigracionista, vilipendia la palabra “sauvageon” (“jóven problemático”) empleada por Chevènement: “este discurso es inquietante, pues no se comprende que el término “sauvageon” comprende también a los sin-papeles, los sin-techo y los parados. También hay que considerar que este término comprende a diversas profesiones manuales”. Estos fantasmas son muy habituales en la izquierda más estúpida –y más trotskista- del mundo. Se intenta resaltar con toda demagogia una amalgama inexistente entre los parados y los inmigrantes clandestinos. Este tipo de discursos, resaltados por la prensa biempensante (Libération, 18/01/99) revelan simplemente, en términos de psicoanálisis político, que el mensaje de los intelectuales inmigracionistas es el siguiente: los actos delictivos de cualquier naturaleza, desde la entrada ilegal en el territorio a los delitos de derecho común, cometidos por las poblaciones inmigrantes son excusables y respetables, toda represión de la criminalidad de los inmigrantes es inmoral, en acto o por simples palabras. La ideología dominante es en sí una contradicción ideológica. Primero se es antirracista, después de profesa que pretender reprimir duramente la criminalidad es ser racista, y por último se reconoce implícitamente lo que se niega a otros, a saber: que la criminalidad es el hecho principal de los emigrantes.

Los partidarios dogmáticos de la educación permisiva y del pedagogismo, doctrina inspirada en “El Emilio”, obra del pre-trotskista Jean-Jacques Rousseau, provienen del mismo medio ideológico que el partido inmigracionista. El humanitarismo igualitario habrá rematado, en dos generaciones, su obra de destrucción y también de autodestrucción.

Los métodos permisivos aplicados a las poblaciones de tendencia delincuente que no comprenden, culturalmente, la autoridad sin la fuerza, no pueden acabar sino en la anarquía y el desastre. La educación nacional ofrece gasolina a los que quieren apagar el fuego o, en último caso, agua de rosas.

En la educación pública, no se ofrecen soluciones en el cuadro de la sociedad y de la ideología actuales. Las soluciones ofrecidas por la escuela de Jules Ferry –con su disciplina rigurosa y su civismo moral autoritario- son inaplicables: los jóvenes inmigrantes son completamente reacios y el cuerpo de enseñantes es incapaz de ponerlos en cintura.

La derecha y la izquierda republicano-autoritaria se equivocan completamente. En el cuadro del actual sistema, todo esfuerzo es vano. Cuando ya es tarde, siempre es demasiado tarde. El sistema ha naufragado por sí mismo, a los pies de sus errores. Solamente sobre los escombros del antiguo sistema podrá edificarse un nuevo orden. Llegados a un cierto nivel, a un cierto estado de descomposición, toda reforma es vana.

La mayoría de los “problemas” de la educación nacional provienen de dos causas: el laxismo pedagógico antiautoritario y antiselectivo, y el caleidoscopio étnico de la población escolar. Pocos periodistas han tenido el valor de Jean-Louis Turenne, en Le Figaro: “Una inseguridad en proporción aritmética, unos niveles catastróficos de integración averiada: nada funciona en las escuelas. Los liceos descienden a la calle, los profesores lanzan un SOS. Ante la evidencia, se impone un tratamiento de choque (…) La escuela francesa está enferma, y sus males son de todos conocidos… pero parece que a nadie importa, nadie quiere reconocer que ha fracasado”.

Es decir, por dogmatismo ideológico no se osa evocar las verdaderas causas y se limita a reclamar siempre mayores medios financieros, cuando Francia consagra al Ministerio de Educación la proporción mayor de los países de la OCDE. (…) Como si el dinero pudiese resolver un problema sociológico y étnico. Frente a la violencia en las aulas, los mercachifles del laxismo social y del antiautoritarismo, confrontan dogmas frente a hechos, exigen la presencia de vigilantes, quieren la protección de la policía.

La violencia escolar en Francia alcanza ya niveles insoportables, tras su debut en los años 80. Adquiere formas desconocidas en los demás países de la Unión Europea y los Estados Unidos. Se calcula que en un 30% de los colegios, la transmisión del saber es imposible. Los enseñantes no pueden hacerse no ya respetar, sino tan solo entender. Estas son las formas más frecuentes de la delincuencia escolar.

El chantaje, exigido por los jefes de banda a casi todos los alumnos. En algunos casos, los alumnos son chantajeados por varias bandas a la vez.
Los enfrentamientos entre las distintas bandas organizadas y clanes, y los robos.
Los saqueos e incendios de los locales.
Las amenazas y agresiones contra los docentes. Éstos de exponen a las represalias en cuanto muestran el menor signo de autoridad. Las represalias, generalmente, son llevadas a cabo por bandas no escolarizadas.
En 1998, en los establecimientos de enseñanza pública se produjeron 10 muertes, 253 heridas de gravedad, 300 violaciones, 17 incendios importantes y 27780 “agresiones diversas”. La prensa jamás ha publicado estas cifras, aun cuando son públicas.

Otras cifras interesantes: el 80% de estos actos de barbarie escolar son cometidos por jóvenes magrebíes o africanos.

Curiosamente, en el África colonial de principios de siglo, al igual que en el Magreb, los enseñantes franceses jamás encontraron problema alguno de rebelión o de violencia. La razón es tan simple como que los profesores aparecían como civilizadores y dominadores. Hoy, los jóvenes inmigrantes se erigen en reivindicadores, en vengadores de sus padres. Sin conocer la mínima señal de autoridad seria, retornan inconscientemente a su mentalidad ancestral. De colonizados y civilizados por la fuerza sobre su propio solar, se afirman hoy en nuestro solar como colonizadores y civilizadores. Clásica vuelta histórica.

El error de la integración republicana es total. En los colegios y liceos, los jóvenes inmigrantes afirman con violencia sus diferencias, su nacionalismo, su islamismo y su odio hacia todo lo que es francés y europeo. En enero de 1999, Le Figaro publicó el diario de a bordo de un profesor en los suburbios, un documento de total autenticidad que fue inmediatamente puesto en duda por los buenos espíritus. Los liceos de la región parisina aparecía descrito como una verdadera fauna étnica, donde toda enseñanza era imposible, donde el cuerpo de enseñantes vivía bajo el terror diario, donde la violencia y la criminalidad estaban a la orden del día, y donde los liceos europeos sufrían el asalto de las bandas étnicas. El autor del diario decidió abandonar la enseñanza tras ser agredido con seriedad repetidas veces por un mismo alumno, africano, frente al cual tuvo la imprudencia de amonestarlo en una ocasión. El diario ha sido publicado como libro recientemente (Nicolas Revol, “Sale Prof !”, Fixot).

Aquí, podemos leer cosas como estas: “Mi grupo se componía de un 50% de magrebíes, 18% de africanos, 10% de turcos, 10% de portugueses, 10% de franceses autóctonos y unos pocos asiáticos diseminados. En la práctica se dividía en dos grupos: los africano-magrebíes y los blancos, a lo cuales se arrimaban los asiáticos buscando protección. Los blancos ocupaban los puestos cercanos al estrado, para escuchar mejor la lección y, tras una zona de transición vacía, se agrupaban los demás. El reparto en las demás aulas era similar”. Es evidente que, frente al criterio oficial, una separación racial –y hostil- se ha instalado de forma natural.

(…) Cuando el autor del libro fue agredido por su alumno de color (cinco meses de suspensión de trabajo), la dirección del colegio no le apoyó, acobardados frente al agresor. En el anuario del colegio, el director anotó estas palabras que bien pudieran pasar a formar parte de una antología de la falta de vergüenza: “Durante este curso, la situación personal del señor Reval no le ha permitido abordar con serenidad su relación con los alumnos”.

La descomposición de la escuela republicana está causada por una razón que las autoridades no ignoran, pero que no se atreven a abordar: la escuela pública no cumple en absoluto con su rol de integración, más bien es un reflejo perfecto del estado general de lucha étnica.

No me resisto a relatar un hecho interesante. En la mayor parte de las villas y aldeas del distrito de Gard, para “luchar contra los ghettos” de la vecina Marsella, se levantaron barriadas ocupadas por familias africanas y magrebíes, recién llegados. Diez años más tarde, los problemas comenzaron desde la escuela primaria. La pequeña delincuencia y la insubordinación degradaron los colegios de forma súbita, los niveles bajaron. Hoy, a los quince años, el distrito de Gard registra la mayor tasa de criminalidad callejera de la región.

El contraejemplo lo encontramos en regiones como Saintonge, Périgord o Finisterre, donde la calidad de la escuela primaria pública es la misma que a principios de siglo. Cuando observamos las fotografías de las clases y se examina la composición étnica de las mismas, se comienza a comprender. En toda Francia, la degradación de los niveles es exactamente proporcional al carácter multiétnico de las clases. Estoy dispuesto a atender las estadísticas que me demuestren lo contrario y a oír una explicación intelectualista y políticamente correcta a este extraño fenómeno.

En París, yo mismo realicé una encuesta en el Liceo Jean-Baptiste Say, donde la proporción de magrebíes es de un 15%, y la de inmigrantes en total del 20%. Estas son las palabras de un profesor anónimo: “No encontramos solución a los problemas. Respetamos los programas oficiales y la violencia era controlable. Hemos acogido solamente el mínimo oficial de extranjeros que señala la ley. Pero aun así los problemas han comenzado a surgir. Los nuevos alumnos rechazan los grupos propuestos y se reagrupan por su origen étnico. La primera de mi clase es una chica tunecina, quiero decir de origen, pues es jurídicamente francesa. Pero ella se dice a sí misma “árabe” y “musulmana”. Aprende, pero no ofrece nada, no aporta nada. Su pertenencia a Francia no le importa, ni tiene significación alguna. En un futuro próximo, comenzaremos a tener tensiones serias”.

No quiero decir que los hijos de los inmigrantes de ultramar sean consustancialmente subdotados y perturbadores. Simplemente que es imposible transmitir un saber y unos valores comunes a una población escolar heteróclita, en busca de horizontes diferentes. Una educación carece de sentido si no comporta una perspectiva histórica, enraizada en una historia y orientada hacia el destino de un pueblo. Una educación es inviable si no va dirigida a los seres humanos reales, compartiendo una identidad homogénea, no a “niños de ninguna parte”, según la expresión de Erik Saint-Jall en “La Compañía de la Osa Mayor”.

El actual drama de la educación nacional es emblemático: demuestra que la transmisión de una cultura no es posible sino en un bloque étnico relativamente homogéneo. La ceguera de la ideología republicana igualitaria es total. El mito del “nuestros antepasados los galos” es ridículo, incluso más funcional en el África colonial sumisa del siglo XIX que en el momento en que los africanos arribaron en masa hacia nosotros. Los hechos están ahí. La educación pública, la transmisión del saber y de la cultura, son los ejes de una civilización. En este dominio las soluciones asimilacionistas (“Todos somos franceses, ¿no es así?”) como las soluciones comunitaristas o etnopluralistas (“a cada uno su enseñanza”) son irrealizables. Ninguna educación podrá abolir las referencias étnicas, y menos si se funda en los mitos de la mundialización, que no es sino la resurrección de las temáticas internacionalistas de otros tiempos.

Los responsables políticos de la educación nacional, ministros o secretarios de Estado, se empeñan, tras veinte años de fracasos, en sus propios consuelos de minimizar el desastre. Su jerga oficial es ridícula, como el cargo elegido para la señora Sègoléne Royal: “ministra delegada en el cargo de la enseñanza escolar”; el simple cargo oficial de “enseñanza escolar” da una imagen del caos lingüístico. Las medidas de la señora Sègoléne pronto se encaminaron en aumentar el cupo oficial obligatorio para alumnos inmigrantes, pero no dudó en matricular a sus hijos en los mejores liceos privados. Su comportamiento devalúa su propio discurso, y ante ello ni siquiera es necesario responderle. Ante los amplios problemas que causa la emigración entre los enseñantes, los poderes públicos pisan el acelerador. Carecen de soluciones. Y es normal que sea así, pues sus dogmas les impiden ver las verdaderas causas del hecho.

En efecto, la cuestión de la capacidad de los interesados tanto escolar como profesionalmente es la que debe prevalecer antes de tomar cualquier decisión, pero los poderes públicos no quieren adentrarse en terreno minado. El psicoanalista americano Samuel Rosenzweig escribió: “un individuo que personalmente es incapaz de integrarse en un sistema cualquiera –escuela, empresa, trabajo a cumplir, seducción a obrar, etc.- se revela contra ese sistema y lo declara enemigo y obstáculo injusto, transformándolo en objeto de destrucción” (Roots of Failure). Rosenweig había estudiado la situación de los jóvenes negros en Los Angeles, remarcando su complejo de inferioridad hacia la “civilización blanca”, que se traducía en hostilidad y resentimiento. Los celos se transformaban en odio. Los americanos, durante los años sesenta, decidieron que la causa del fracaso escolar de los negros estaba en la discriminación y en el ghetto escolar; de este modo impusieron la escuela multirracial. Error total, evidentemente.

El alarmista informe Dubet sobre el Colegio (en realidad sobre los colegios y liceos multirraciales), actualizado en mayo de 1999, confirma como un hecho el rechazo de la gran mayoría de los jóvenes inmigrantes a dejarse instruir por enseñantes de origen europeo, a aceptar una disciplina (aun deficiente) proveniente de una educación nacional considerada como emanación de un Estado extraño y enemigo. Mónica Vueillat, secretaria general de la FSU, declaraba: “Los educadores han inventado ya mucho, han dado ya todo, están al borde de la ruptura”. En realidad, están recogiendo lo que otros han sembrado. La misma señora Vueillat preconiza “introducir la diversidad conservando la igualdad republicana”. Bello dialecto, a la vez que incomprensible, tanto como la cuadratura del círculo. Otros empiezan a hablar de crear programas especiales para los hijos de inmigrantes afro-magrebíes, pero claro, según la lógica de la “discriminación positiva”. O sea: la ideología dominante se muerde la cola; jamás podrán explicar por qué la tasa de analfabetismo es cuatro veces mayor entre los afro-magrebíes que entre los europeos autóctonos, incluso entre clases sociales equivalentes. Tampoco logran explicar la escasísima tasa de universitarios afro-magrebíes.

Un tabú que nadie se atreve a mencionar es la ínfima proporción de inmigrantes entre los politécnicos, los ingenieros de alto rango, los pilotos, los investigadores cualificados. La ideología dominante sostiene que esto es debido a una discriminación voluntaria, por lo tanto sus soluciones tienen como consecuencia que los jóvenes afro-magrebíes reciben muchas más ayudas que los hijos de los obreros franceses y que los hijos de los emigrantes españoles, italianos o portugueses. ¿Discriminación? Sí, ¡hacia los blancos! O bien la “circulación de las élites” de la que hablaba Pareto no funciona entre los afro-magrebíes, o bien funciona sólo para el proletariado europeo.

Roger Fouroux, presidente del Alto Consejo para la Integración, mostrando sus dogmas republicanos igualitarios, deplora que “nuestro sistema escolar está constituido de tal forma que un hijo de inmigrante no tiene posibilidades de acceder a la enseñanza universitaria”. Y para solucionar este problema propone toda una serie de medidas, antirrepublicanas y antiigualitarias, fundadas en el principio de la “discriminación positiva”, es decir, un favoritismo hacia los inmigrantes a la hora de elegir plaza en las universidades. Fouroux jamás ha puesto en duda estos principios simplemente por que es un racista, sin saberlo, pero un verdadero racista. No existe mayor humillación para un hijo de inmigrante que el acceder a cupos artificiales, cuotas, trucos que le permitan instalarse en un sistema al cual en justicia no ha accedido por sus méritos. ¿Y si ocurriera que la mayor parte de los jóvenes inmigrantes no estuvieran interesados por la Universidad? ¿Les tendríamos que hacer estudiar a la fuerza? El señor Fouroux, como todos sus pares, desconoce completamente la realidad social, cultural, étnica, antropológica de los inmigrantes, que sólo ve por la televisión.

El antirracismo tiene la misma obsesión por la raza que el cura puritano por el sexo. Hoy, el sexo se muestra tanto como una industria como la raza es violada y disimulada. Pero en realidad este disimulo esconde una presencia obsesiva del concepto. El antirracismo ha devenido una especie de meta-religión, una forma perversa e inconsciente de racismo, en todo caso el signo de una obsesión racial. ¿Pero qué es en el fondo el racismo? Nadie lo sabe explicar ni definir. Como en todos los vocablos abusivos y con fuertes cargas afectivas, la palabra en sí carece de significación. Se le confunde con la xenofobia, y se habla así del racismo mutuo de los croatas, los serbios y los albaneses, cuando sus disputas son de carácter nacional y religioso, pero no racial.

Aquí las posiciones interesantes son las de Claude Lévi-Strauss en su opúsculo “Raza e Historia” y de Zoulou Kredi Mutwa, autor del famoso ensayo “My People”, que fue la más pertinente crítica tanto del apartheid sudafricano como del modelo de la sociedad multirracial. Pero esta fue igualmente la opinión de Léopold Sedar Senghor, que teorizó sobre las nociones de “civilización negro-africana” y “albo-europea”. Estas opiniones son clasificadas en la actualidad como gravemente incorrectas.

Sus tesis pueden resumirse en estos puntos:

1) La diversidad biológica de las grandes familias de la población humana es un hecho incontestable; esta diversidad es una riqueza, es el núcleo de civilizaciones diferentes.

2) Negar el hecho racial es un error intelectual peligroso, pues niega los mismos fundamentos de la antropología e instala el concepto “raza” en el rango de tabú, en paradigma mágico, cuando en realidad es una realidad banal.

3) El antirracismo obsesivo es al racismo lo que el puritanismo a la obsesión sexual. Una sociedad multirracial es por necesidad una sociedad multirracista. No se puede hacer cohabitar sobre el mismo territorio y sobre la misma área de civilización mas que a poblaciones biológicamente emparentadas, con un “mínimum” de diferencias étnicas.

Globalmente, las tesis de Levy-Strauss, de Kredi Mutwa y de Léopold Senghor concluyen que la humanidad no es una “mobylette”, y que no marcha con mixturas. Así, mientras que la ideología oficial niega el concepto de raza, en verdad lo está reconociendo y fortificando.

La sociedad francesa no reconoce que el hecho racial se le impone, se proclama por todos sitios, empezando por los inmigrantes. En los suburbios y en las “zonas sin derecho”, los franceses autóctonos son tachados despectivamente como “galos”, o, más frecuentemente, como “quesitos” (“petit fromages”). Mientras que las razas son censuradas como inexistentes y no se les reconoce ninguna realidad, la cuestión racial está más presente que nunca.

Es evidente que las “razas puras” no existen y que el concepto no tiene sentido biológico, pues toda población es producto de un “phylum” genético muy diverso. Pero esto no quita existencia al “hecho racial”, ni a las razas. Incluso una población mestiza constituye un hecho racial, y no se puede decir que en Sudamérica o en las Antillas el mestizaje haya creado nuevas razas. Los antirracistas, que niegan la realidad del concepto de raza, son favorables al “mestizaje”, militan por la “mezcla de las razas”, y niegan por tanto su propia realidad. ¿Entienden quizás que con el mestizaje las razas dejarán de existir? De forma dogmática se empeñan en demostrar “científicamente” que las razas no existen, y que por lo tanto la modificación del sustrato biológico en Europa no tendrá consecuencia alguna, sino tan solo influencias benéficas. Esta es la tesis envenenadora del “totum cultural”, en la que ni siquiera sus propagadores creen con seriedad.

De una parte la ideología oficial niega la existencia de las razas humanas, señalan las diferencias insignificantes en los cromosomas personales, pero por el otro la ley prohibe las discriminaciones raciales “en nombre de la pertenencia o no pertenencia a una raza, étnia o religión”. Entonces, ¿las razas existen o no existen?

En la simple lógica aristotélica o leibniziana, es un absurdo reprimir a quienes cometen un delito contra un sujeto jurídico que no existe de hecho.

Por otra parte se proclama la inutilidad de las distinciones raciales, pero se aplican legalmente cuotas de favoritismo racial. Se niegan las “diferencias raciales” pero se pone el punto en las “discriminaciones raciales”. (…)

Como toda realidad antropológica y, más generalmente, natural, el hecho racial no es un “hecho absoluto”, pero es un hecho. Su negación actual por la ideología dominante constituye el signo y la prueba de que la cuestión racial ha devenido fatídica. Toda civilización enferma tiende a censurar la realidad de su mal y a hacer de ella un tabú. No se habla de sogas en la casa del ahorcado. La ideología hegemónica procede así con un trabajo de silencio, con un secreto de familia.

El sociólogo negro sudafricano, de etnia zulú, Kredi Mutwa, escribía en su revelador libro “My People” (Penguin Books, Londres, 1977): “Negar las diferencias fundamentales entre los negros y los blancos, las dos grandes familias raciales de la humanidad, es negar la naturaleza y la vida. Es tan estúpido como afirmar que la feminidad y la masculinidad no existen. Aquí se descubre una falta de sentido común en el espíritu occidental. El hombre negro acusa en sí mismo más que el blanco su personalidad racial, y es por naturaleza más reticente a aceptar la utopía de un hombre universal”.

En el mismo sentido, Léonine N´Diaye, en su obra “Le Soleil” (Dakar, 021121987), escribe: “Al igual que existen diferencias entre los pueblos blancos, entre los hispanos y los nórdicos, por ejemplo, también existe esa diferencia entre las etnias tribales africanas. La humanidad está dividida en grandes familias con su propia personalidad, cultura y hecho biológico”.

Entre los africanos, como entre los asiáticos la naturalidad del hecho racial no ofrece problemas. Se reivindica con toda tranquilidad. La negación psicótica del hecho racial en Europa se apoya en la esperanza de que disimulando el hecho racial puede purgar el pecado original del racismo y crear al mismo tiempo una sociedad idílica, un paraíso extraterrestre. (…)

En el censo de la población francesa de 1999, el Instituto Nacional de Estadística no hizo ninguna referencia al origen étnico ni a la religión. Los franceses no debían conocer las cifras reales, Max Clos, presidente del instituto, explicó en Le Figaro (05/03/99): “Una comisión de sociólogos explicó que la menor referencia sobre el carácter étnico o religioso de una ciudad o un barrio podría provocar reacciones racistas. Las gentes tienden a creer que una mayoría de población magrebí o africana crea inseguridad”. ¡Fantástico!… como si “las gentes” no se percataran ellas mismas de la realidad al andar por las calles. Este es un perfecto ejemplo de engaños al pueblo, de negligencia del poder y de “transparencia democrática”.

¿Por qué el enfermo desconoce su fiebre, por qué se niega a mirar el termómetro? ¿Porqué los poderes niegan que la inmigración es de hecho un cataclismo social, que está en marcha una colonización, por qué se comportan como si la emigración no existiese?

El estado se ha vuelto de nuevo censor, a veces se refiere a las poblaciones afro-magrebíes como “representantes de la población que vive en la periferia”… asombroso eufemismo. El Instituto de Estadística niega el hecho étnico y racial y se niega a hacerse pregunta alguna sobre este hecho. (…)

Los poderes públicos, atontados por la psicosis antirracista y el tabú étnico, disimulan voluntariamente las cifras de la inmigración. Pero al mismo tiempo, remarca sus contradicciones, como corresponde a toda ideología alejada de la realidad, pues implícitamente reconocen el carácter étnico de la colonización, reconocen que los inmigrantes rechazan la asimilación. Los poderes públicos colaboran con los inmigrantes colonizadores para moldear la opinión pública. Pues en una sociedad mediática las gentes creen menos en lo que ven que en lo que les inculcan los mass-media.

En su libro fundamental “Des dieux et des empereurs” (Éditions des Ecrivains), André Lama explica cómo el Imperio Romano fue minado desde el interior por una modificación de su sustrato étnico. Notablemente por la increíble tasa de natalidad de los pueblos invasores, pero también por la caída demográfica entre los romanos. La población romana de origen fue rápidamente africanizada y orientalizada a instancias del mismo Estado, lo que contribuyó al derrumbe de la civilización original, añadido a la presión militar de los germanos y la insumisión estatal de los cristianos. (…)

En los años sesenta, Pierre Chaunu y Georges Suffert, en “La Peste Blanca” (Gallimard), un libro que hoy sería impublicable en tanto que políticamente incorrecto, llaman la atención sobre la caída de la natalidad europea. Es de notar que por aquellos tiempos comenzó la inmigración masiva y salvaje de poblaciones extraeuropeas.

André Lama, escribe en su obra: “A medida que la vieja república fenecía, la Roma romana recibía sin cesar influencias exteriores debilitadoras y elevaba a la dignidad de ciudadanos romanos a toda suerte de elementos disgregadores y enemigos del Estado”. El poder imperial romano devino absoluto porque se fundaba en una sociedad multirracial, sin raíces. Cuando no existe un pueblo, un mínimo de homogeneidad étnica, el verdadero régimen democrático se derrumba. Es lo que ocurre también hoy en día, pues se tiende a compensar la anarquía que crea la coexistencia de etnias inconciliables.

Para André Lama, las migraciones, las diferencias de natalidad que provocaron una modificación étnica, son la causa de los grandes cambios políticos que se observan en la historia. “Por un diferencial demográfico se puede asistir al nacimiento de una nueva nación que viene silenciosamente a reemplazar a la anterior, sin necesidad de guerras extranjeras ni invasiones”. No nos resistimos a establecer una comparación entre el fin del Imperio Romano y nuestra civilización. Roma desapareció porque las nuevas poblaciones, las nuevas costumbres y los nuevos cultos contrastaban con aquellos del pueblo fundador.

Las tesis de Lama me parece interesante en tres niveles:

1) La colonización de la población actual de Europa es el efecto boomerang del colonialismo de conquista y de la dominación europea del siglo XIX. Los pueblos afro-asiáticos anteriormente colonizados se instalan hoy entre los colonizadores. Los imperios francés y británico, imitando al imperio romano, han sufrido la misma suerte: la submersión de la Madre-Patria en el cosmopolitismo y el caos étnico. El modelo imperial no es viable mas que entre poblaciones biológica y culturalmente cercanas. He aquí el porqué, en mis dos anteriores obras, El Arqueofuturismo y Nuevo Discurso a la Nación Europea, propongo el modelo imperial y federal, que yo llamo Eurosiberia, para reagrupar a la Europa Occidental, la Europa Central y Rusia, es decir, los pueblos indoeuropeos. (…)

2) La segunda lección es la siguiente: ¿cuál es la infraestructura de las civilizaciones? ¿Es cultural o es económica? (…) Una civilización es un conjunto de formas, de conocimientos, de técnicas, de hábitos, de modos de vida, de saberes adquiridos, que reposan sobre una cultura. Los marxistas y los liberales disienten: el estado de una civilización tal no reposa sobre la cultura original, sino sobre las relaciones de producción y el estado de las técnicas. Los marxistas y los liberales piensan que una civilización está constituida por las infraestructuras económicas y las relaciones de producción; siendo la cultura una simple superestructura, una expresión derivada.

A la inversa, a principios de los años 70, la Nueva Derecha sostenía que una civilización, una moral, el estado de la técnica, las formas políticas, son el producto de una columna cultural: la civilización es la consecuencia de la cultura, y no a la inversa.

Hoy por hoy, esta posición antimaterialista me parece insuficiente, pues no responde a la pregunta fundamental: ¿qué o quién determina la cultura? Es la composición biológica de los pueblos, sus cualidades y sus defectos innatos, su atavismo antropológico, lo que funda sus culturas, que a su vez producen las civilizaciones. Dicho de otra forma, la infraestructura profunda de las civilizaciones no es económica ni cultural, es biológica (…)

Cuando hablamos de infraestructura biológica y étnica de las civilizaciones, es evidente que no nos referimos al mito de la “pureza racial”. André Lama expone con justicia que “Decir pueblo es decir grupo étnico más o menos homogéneo y más o menos mezclado. Hablar de “pureza racial” es una utopía ridícula. Pero precisemos, todo mito de una pseudo pureza racial es un exceso. Europa es ciertamente fruto de mestizajes, pero de mestizajes de pueblos próximos, con diferencias relativas y en muchos casos aparentes, que se benefician de una cierta proximidad antropológica. Tanto o más reduccionista es la idea de “raza pura” como la de “raza global”. Es la idea de Senghor con sus conceptos de “albo-europeo” y “negro-africano.

Este es un concepto de parentesco etno-biológico en sentido amplio, que se opone tanto al reduccionismo de la “pureza racial” como al cosmopolitismo del mestizaje universal, ambos profundamente contrarios al humanismo. Negar la dimensión étnica y biológica de los hombres es refutar a la misma humanidad, la realidad de la humanidad.

Tenemos tendencia a percibir la especie humana como una especie “a parte”, que escapa a las leyes de la naturaleza, especialmente a los principios de la subdivisión bio-genética, como si el hombre fuese un bloque divino, donde no se dan ni las desigualdades ni las diferencias, como si la humanidad estuviese situada al margen de la participación en el mundo vivo y en la unidad del cosmos, que se manifiesta en la diversidad infinita de las formas.

La antropología contemporánea rechaza igualmente el reconocer los testimonios etnológicos: el hombre sería una especie providencial, única, llegada de ninguna parte… La tierra, la realidad, no está hecha para él: es demasiado “pesada”, demasiado “grosera”.

Las raíces de este antropocentrismo, de esta creencia en la unidad biológica del género humano, de esta negación dramática de la diversidad racial de la humanidad, provienen de las grandes doctrinas y religiones monoteístas. El hombre se diviniza en tanto que Hijo de Dios, y por lo tanto no es divisible. Está separado radicalmente de los reinos animal y vegetal, de la Naturaleza. La humanidad deviene una categoría trascendente. Para ella no cuentan las leyes de la diversidad, de las diferencias, de la tragedia de lo vivo. Estos dogmas, aunque son pulverizados por la medicina y la genética contemporáneas, para la antropología pertenecen más bien al reino de las demás especies.

Mientras tanto, la tribalización y la racialización de la sociedad francesa y europea está en marcha, en nombre del antirracismo. La ideología igualitaria se asemeja a la pescadilla que se muerde la cola: hoy se comienza por implantar medidas de “discriminación positiva” y de cuotas profesionales a favor de los diversos grupos raciales, especialmente africanos y magrebíes, lo cual supone en la práctica negar los principios del individualismo igualitario y la misma esencia del antirracismo, según los cuales las razas no existen; por el otro lado la mentalidad comercial y publicitaria imperante se ha lanzado a un marketing étnico desenfrenado. El antirracismo es el terreno mejor abonado para el racismo. (…)

Es así como hay que entender que el colectivo de presión “SOS-Racisme” demandó en julio de 1999 al consejo de la Televisión Nacional con la acusación de “discriminación racial y atentado a la libertad individual”, con el pretexto de que no había suficientes presentadores y animadores negros tras las pantallas de TV. Suprema paradoja: en nombre de la libertad y la igualdad, se exigía implantar cuotas de afro-magrebíes. ¿Y para cuando entonces las cuotas de chinos, judíos, indios, católicos, etc.? ¿Y por qué han de limitarse a la televisión? ¿Por qué no, según esta lógica, implantar las cuotas en la administración y en las empresas?

No encuentro que existan impedimentos éticos ni morales para una reivindicación tal, si estos colectivos tomasen conciencia de las estupideces de los “antirracistas”, siguiendo la extraña (por corrompida) lógica que proponen, y la llevasen hasta sus extremas conclusiones.

Lo triste, peor aun, lo alarmente, es que estas estupideces son realmente peligrosas en su profunda perversidad, en su desprecio por la lógica inmanentista, en su pasotismo por los sucesos reales, en su no querer pisar la tierra. Los grupos de presión al estilo de “SOS-Racisme” son portadores de un peligro mayor que guerra atómica: el desprecio de la lógica en las decisiones de la Res Publica, la instauración del absurdo en los debates para interés del pueblo.

(…)

El colectivo “SOS-racisme” razona de manera totalmente racista. En sus panfletos podemos leer que “Los habitantes de color en Francia constituyen una comunidad con derecho a poderse identificar y hacerse reconocer a través de los medios audiovisuales”. No hablan de otros colectivos… curiosamente. Aquí vemos lo que era previsible: que las autoridades republicanas no creen totalmente en sus santas nociones de “integración” y “asimilación”, sino que los hechos les obligan a abandonar sus utopías y reconocer la existencia del hecho étnico, de avalar la racialización de la sociedad. Pero esta situación conduce de manera imparable a la ghettización. Una sociedad donde la organización social comienza a fundarse en el segregacionismo, aunque sea “positivo”, en la lógica de las cuotas, de los privilegios, de las preferencias y de la “discriminación positiva”, de la anti-selección en suma, no puede ser viable a largo tiempo. Lo que se nos está proponiendo, sin decirlo o sin saberlo, es un apartheid de hecho. Los lobbies étnicos ya se imponen sobre los principios de la igualdad. La izquierda-caviar, la izquierda del bien vivir, viendo la imposibilidad de la idea del mestizaje, del modelo del “melting-pot”, empieza a razonar sobre una organización política y social fundada sobre las proporciones raciales.

Ni siquiera se han enterado, pero acaban de asesinar a sus propias convicciones: los “inmortales principios” de 1789… Ya no creen lo que dicen, puesto que proclaman lo que dicen no creer. Nuestra izquierda-caviar, la más trostkista y estúpida del mundo, ha sobrepado la raya del cinismo… En una sociedad realmente sana y menos mediatizada, esto no hubiese sucedido nunca.

Esto no escapa al lenguaje cotidiano, a la mentalidad popular. Los pseudo-neologismos en boga utilizan términos como “Beur” y “Rebeu”, traducción de “árabe”, y usan el término “Keubla” (“negro”) para designar a los franceses de derecho, pero con todas sus connotaciones raciales y étnicas, sin dejar de lado las injurias (“hijoputa de tu raza”); en España se ha popularizado la voz “sudaca”, que tiene una extraña connotación de insulto. La sociología francesa, recluida en las bibliotecas y los platós de televisión, no se digna descender en el análisis del lenguaje cotidiano.

En los barrios jamaicanos y antillanos de Londres, el slogan de “Whites out !” (“¡Blancos fuera!”) es omnipresente. En el metro de París, como en los servicios públicos, las injurias racistas, de todos los sentidos, constituyen el 80% de las inscripciones y los grafittis populares, superando incluso (!!!) a las alusiones sexuales. En diciembre de 1999, todas las fachadas de un partido político fueron adornadas con un lema vengador: “Galos de mierda, los árabes daremos por culo a Francia”.

Los ejemplos son numerosos. La “persuasión por la educación” ya no induce sino a la risa. El único enemigo eficaz del racismo –esa pasión que ronda a la humanidad desde tiempos atávicos- no puede ser el antirracismo institucional, sino el rechazo de toda civilización multirracial.

Quod erat demostrandum.

La economía no es el destino

La presente conferencia fue pronunciada por Guillaume Faye durante el XIII congreso federal del GRECE. A pesar de las referencias a las realidades históricas del momento, hemos creído de máximo interés su publicación, las ideas expresadas son de plena vigencia y necesaria lectura.

«Las únicas realidades que cuentan para nuestro futuro son de orden económico», declaraba durante un debate un ministro, que es también, al parecer, el mejor economista de Francia. «Estoy totalmente de acuerdo con usted», le replicaba el adversario político al que se oponía, pero usted es un gestor muy malo y somos más fuertes que usted en economía.

Diálogo revelador.

Como Nietzsche, sepamos descubrir a los falsos sabios bajo la máxima de «especialistas», destrocemos los ídolos, pues la falsa ciencia –la metafísica también– de nuestra época, y la primera de sus ídolos, es la economía.

«Vivimos en sociedades, anota Louis Pauwels, para las cuales la economía es el único destino. Limitamos nuestros intereses a la historia inmediata, y limitamos ésta a los hechos económicos». Nuestra civilización, por supuesto –que no es más una «cultura»– está fundada sobre una concepción del mundo exclusivamente económica. Las ideologías liberales, socialistas o marxistas, se unen en su interpretación «economista» del hombre y de la sociedad. Postulan todas que el ideal humano es la abundancia económica individual; aunque se diferencian por los medios de cómo llegar a ese estado, admiten unánimemente que un pueblo no es más que una «sociedad», reducen su destino a la exclusiva consecución del bienestar económico, explican su historia y elaboran su política sólo a través de la economía.

Es lo que en el GRECE negamos. Rechazamos esta reducción de lo humano a lo económico, esta única dimensión de la Historia. Para nosotros, los pueblos deben primero asegurar su destino: es decir su duración histórica y política y su especificidad. La historia no está determinada, y menos con relaciones y mecanismos económicos. La voluntad humana hace la historia. No la economía.

La economía para nosotros no debería ser ni una contradicción ni una teoría, sino una estrategia, indispensable, pero subordinada a lo político. Administrar los recursos de una comunidad según criterios primero políticos, ese es el sitio de la economía.

Entonces, entre las opciones liberales o socialistas y nosotros, no hay entente posible. Anti-reduccionistas, no creemos que la «felicidad» merezca ser un ideal social exclusivo. Al igual que los etólogos modernos, pensamos que las comunidades humanas sólo sobreviven físicamente si tienen un destino espiritual y cultural.

Podemos incluso demostrar que privilegiando la economía y la búsqueda del bienestar personal, llegamos a sistemas tiranos, a la desculturización de los pueblos, y a corto plazo, a una mala gestión económica. Ya que la economía funciona mejor cuando no ocupa el primer lugar, cuando no usurpa la función política.

Por lo tanto hay que asumir un cambió intelectual en economía, como en otros campos. Otra visión de la economía, según los desafíos contemporáneos, y ya no fundada sobre axiomas de burgueses del siglo XIX, será posiblemente la Economía Orgánica, objeto de nuestras investigaciones actuales.

La revuelta «en el sentido que Julius Evola da a este término» se impone contra esta dictadura de la economía, fruto de una dominación de los ideales burgueses y de una hipertrofia de una función social. Para nosotros europeos del oeste, es una revuelta contra el liberalismo.

«Nuestra época –escribía ya Nietzsche en Aurora– que tanto habla de economía es muy derrochadora; derrocha el espíritu». Fue profeta: hoy, un Presidente de la República se atreve a declarar: «El problema mayor de nuestra época, es el consumo». El mismo, a estos «ciudadanos» reducidos a simples consumidores, afirmar que desea el «nacimiento de una inmensa clase media, unificada por el nivel de vida». También el mismo se ha felicitado de la sumisión de la cultura a la economía mercante: «La difusión masiva –esta palabra que tanto le gusta– del audiovisual lleva a la población a compartir los mismos bienes culturales. Buenos o malos, es otra cuestión (sic) pero en todo caso por primera vez los mismos».

Clara apología, del jefe de fila de los liberales, del rebajamiento de la cultura al tráfico. Así, lo político desciende hasta el nivel de la gestión, fenómeno bien descrito por el politólogo Carl Schmitt. El dominio obsesivo de las preocupaciones económicas no corresponde, sin embargo, al antiguo psiquismo de los pueblos europeos. En efecto, las tres funciones sociales milenarias de los indoeuropeos, funciones de soberanía política y religiosa, de guerra, y en tercer lugar de fecundidad y de producción, supondrían un dominio de los valores de las dos primeras funciones, hechos puestos a la luz por G. Dumézil y E. Benveniste. Pero, no sólo la función de producción se encuentra hoy dominada por una de sus sub-funciones, la economía, sino que ésta, a su vez, está dominada por la sub-función «mercante». Por consiguiente el organismo social está, patológicamente, sumiso a los valores que produce la función mercante.

Según los conceptos del sociólogo F. Tonnies, este mundo al revés pierde su carácter «orgánico» y vivo y se convierte en «sociedad mecánica». Tenemos que reinventar una «comunidad orgánica». Así el liberalismo económico y su colaborador político adquieren su significado histórico: esta ideología ha sido la coartada teórica de una clase económica y social para «librarse» de toda tutela de la función soberana y política, e imponer sus valores –sus intereses materiales– en vez y en lugar del «interés general» de la Comunidad entera.

Solamente la función soberana y sus valores propios pueden asegurar el interés general. La única revolución ha sido la del liberalismo, que ha usurpado la soberanía en interés de la función económica, revindicando primero la «igualdad» con los otros valores, pretexto para marginarlos después.

Según un proceso cercano al marxismo, el liberalismo ha construido un reduccionismo económico. Los hombres sólo son significativos para él como participantes abstractos en el mercado: clientes, consumidores, unidades de mano de obra; las especificidades culturales, étnicas, políticas, constituyen tantos obstáculos, de «anomalías provisionales» hacia la Utopía a realizar: el mercado mundial, sin fronteras, sin razas, sin singularidades; esta utopía es más peligrosa que la del igualitarismo «comunista» ya que es más extremista todavía, y más pragmática. El liberalismo americano y su sueño de fin de la Historia en el mismo way of life comercial planetario, constituye la principal amenaza.

Así señalamos claramente a nuestro enemigo. Tenemos costumbre de designar como «sociedad de mercado» a la realizada según la ideología liberal; podemos señalar que el marxismo y el socialismo nunca han conseguido, ellos, a realizar su proyecto igualitario, la «sociedad comunista», y aparecen así menos revolucionarios que el liberalismo, menos «reales».

Esta «sociedad de mercado» se nos aparece pues como el objeto actual y concreto de crítica y de destrucción. Nuestra sociedad es «de mercado», pero no especialmente mercantil. La república de Venecia, las ciudades hanseáticas vivían de un sistema económico mercantil pero no constituían sociedades «de mercado». Pues el término «mercado» no designa estructuras socioeconómicas sino una mentalidad colectiva, un sistema de valores que caracteriza no sólo la economía pero todas las instituciones.

Los valores del mercado, indispensables a su único nivel, determinan el comportamiento de todas las esferas sociales y de Estado, e incluso la función puramente productiva de la economía.

Se juzga –y al Estado en primer lugar– desde un punto de vista totalmente mercantil. Esto no quiere decir que dominación mercante signifique «dominación por el dinero», no planteamos una condena moral del dinero no del beneficio del empresario. Hay que admitir el comportamiento mercantil o provechoso si acepta subordinarse a otros valores. No hay que ver pues en nuestra posición un «odio de la economía» o un nuevo reduccionismo opuesto a la ganancia y a la función mercantil como tales. No somos moralizadores cristianos. Sociedad de mercando significa pues sociedad donde los valores sólo son mercantiles. Podemos clasificarles en tres figuras «mayores»: la mentalidad determinista, el espíritu de cálculo y la dictadura del bienestar económico individual.

La mentalidad determinista, útil sólo para la única actividad mercantil, tiende a eliminar los riesgos y a minimizar los vaivenes. Pero, adoptada por el conjunto de una sociedad y en particular por los decididotes políticos y económicos, la mentalidad determinista se convierte en coartada intelectual para no actuar ni arriesgar. Sólo el mercante (comerciante) puede por derecho, para maximizar sus ganancias, subordinar sus actos a determinismos: leyes del mercado, coyunturas, curvas de precios, etc… Pero el poder político, no más que la economía nacional no deberían, como un comerciante, someterse o «dejarse llevar» por una racionalidad excesiva que dispensa de todo «juego de riesgo». La sociedad mercante se «administra» a corto plazo, bajo la hegemonía de las «previsiones económicas» pseudos científicas (la industrialización «ineludible» del Tercer Mundo, la mundialización de la competencia internacional, la tasa de crecimiento de las rentas y del PNB, etc.), pero paradójicamente no tiene en cuenta las más elementales de las evoluciones políticas a medio plazo: por ejemplo el oligopolio de los poseedores del petróleo.

Por lo tanto, nada menos «independiente» que las naciones mercantes. Los gestores liberales van en el sentido de lo que creen mecánicamente determinado (por estar racionalmente formulado) haciendo la economía de la imaginación y de la voluntad.

En el siglo de la perspectiva, de la previsión estadística e informática, nos dejamos llevar por el corto plazo y se prevé menos que los soberanos de los siglos pasados. Todo pasa como si las evoluciones sociales demográficas, geopolíticas no existieran y no fuesen a tener efectos mayores. Lo igual en todos los sitos – según la fórmula estúpida de los economistas liberales- solamente son tomadas en cuenta por los que deciden las restricciones o pseudos previsiones económicas a corto plazo. (original francés Toutes choses égales par allieurs –selon la formule stupide des économistes libéraux- seules son prises en compte par les décideurs, les contraintes ou pseudo-prévisions économiques à court terme)

La sociedad mercante es pues ciega. Sometida a las evoluciones y a las voluntades exteriores, porque cree en el determinismo histórico, trata a los pueblos europeos como objetos de la historia.

Segundo rasgo de la mentalidad mercante: el espíritu de cálculo. Adaptado al comerciante, este espíritu no conviene a los comportamientos colectivos. Hegemonía de lo cuantificable sobre lo cualificable, es decir, sobre los valores, dominio de lo mecánico sobre lo orgánico, el espíritu de cálculo aplica a todo la tabla única del valor económico. No pensamos que el «dinero» se haya convertido en la norma general: sino que todo lo que no se puede medir «ya no cuenta».

Se pretende calcularlo todo, incluso lo no-económico: se «programan» los momentos de jubilación, las horas de trabajo, los tiempos de ocio, los salarios, en el mismo nivel –pero mucho antes– los niños que van a tener. Existe incluso un «coste de la vida humana» tomado en cuenta para ciertas inversiones. Pero todo lo que escapa al cálculo de los costes, es decir precisamente lo que más importa, es rechazado, los aspectos incontables económicamente de los hechos socio-culturales (como los costes sociales de la pérdida de raíces resultante de la inmigración) llegan a ser indescifrables e insignificantes para los «tecnomercantes».

Incluso en economía, el exceso de cálculo perjudica: ¿cuántas inversiones útiles a largo plazo, pero que un cálculo de previsión declara no rentables a corto plazo, son abandonadas?

El individuo, seguro, «calcula» su existencia, pero ya no piensa en su herencia, en su descendencia. Los Estados obsesionados por la gestión a corto plazo, sólo toman en consideración los aspectos «calculables» y cifrables de su acción. Estos «hombres de negocios» demagogos sólo actúan ahí donde se pueden «rendir cuentas» y sobre todo en lo inmediato, incluso si es necesario falsificando algunas cifras.

¿Una región muere de anemia cultural? ¿Qué importa si por el turismo de masas, su tasa de crecimiento es positiva? Y, entre adversarios políticos, el argumento político se reduce a batallas de porcentajes.

Esta superficialidad de la «gestión tecnocrática» (ersatz[1] mercante de la función soberana) puede incluso desembocar en el «marketing político», reducción de la política al «negocio» comercial. Hoy, Francia o Alemania, son más o menos asimiladas por sus gobiernos a sociedades anónimas por acciones. La Casa Francia con sus ciudadanos asalariados. Ni que decir que, también, la política exterior e incluso la política de defensa, están determinadas por intereses de salidas comerciales inmediatas. Incluso para la economía no es lo mejor ya que este mercantilismo a corto plazo resulta ser aleatorio y no sustituye una política económica. Cuando los Jefes de Estado en visita se convierten en V.R.P., como verdaderos VRP, se rinden bajo la dependencia de sus clientes. (original francés pone V. R. P. ¿qué es eso)

La sociedad de mercando puede describirse como una «dictadura del bienestar individual» según los términos de Arnold Huelen; dictadura porque el individuo, obligado a entrar en el sistema providencialista del Estado, ve desintegrarse su personalidad en el ambiente consumista. Paradójicamente, el Estado-providencia liberal castiga la iniciativa productiva (cargas sociales excesivas) y desanima indirectamente la iniciativa individual. Asegurados sociales, asalariados, parados remunerados: ya no dominan su destino. Inmenso desprecio de su pueblo por el Estado-providencia, el «monstruo frío» de Nietzsche. Tiranía suave.

¿Cómo extrañarse entonces que se desprecie un soberano transformado en dispensador de entretenimientos? El Politólogo Julián Freund habla justamente del fallecimiento político del Estado.

El liberalismo produce un doble reduccionismo: por una parte el Estado y la sociedad sólo deben responder a las necesidades económicas de los pueblos; y, por otra, estas necesidades son reducidas al «nivel de vida» individual. En el liberalismo mercante se prohíbe, en parte por interés, juzgar si estas necesidades son deseables o no: sólo cuentan los medios técnicos a poner en marcha para conseguirlas.

De ahí el predominio político del nivel de vida y por necesidad igualitaria: sueño burgués – y americano– de pueblos nivelados e igualados por el mismo nivel de vida.

Los pueblos y los hombres siendo todos semejantes para un liberal, la única desigualdad subsistente es la del poder adquisitivo: para obtener la igualdad, es pues suficiente difundir a través del mundo el modo de vida mercante. Así, ahí están reconciliadas milagrosamente (la mano invisible de Adam Smith) el humanismo universalista y los «negocios», la justicia y los intereses, como confesaba puerilmente Jimmy Carter; Bible and Business.

Los particularismos culturales, étnicos, lingüísticos, las «personalidades», son obstáculos para la sociedad mercantil. Lo que explica que la ideología moralizadora de los liberalismos políticos lleva al universalismo, a la mezcla de los pueblos y de las culturas, y a las diversas formas de centralismo.

La sociedad mercantil y el modelo americano amenazan a todas las culturas de la Tierra. En Europa o en Japón la cultura ha sido reducida a un «modo de vida» («way of life») que es justo lo inverso a un estilo de vida.

El hombre es así clasificado, es decir reducido a las cosas económicas que compra, produce o recibe, según el mismo proceso (pero más intensamente aún) que en los sistemas comunistas. Su personalidad se acaba en los bienes económicos que solos estructuran su individualidad. Cambiamos de personaje cuando cambiamos de moda. Ya no estamos caracterizados por nuestros orígenes (reducidas al «folclore») ni por nuestras obras, sino por nuestros consumos, nuestro «standing». En el sistema mercantil, los modelos cívicos dominantes son el consumidor, el asegurado, el asistido; y no el productor, el inversor, el empresario. No hablemos de los tipos no-económicos: el jurista, el médico, el soldado, que se han convertido en tipos sociales secundarios.

La sociedad mercantil difunde un tipo de valores cotidianos perjudiciales respecto al trabajo como tal: vender y consumir el capital parece más importante que construirlo. Y no hay nada más igualitario que la función de consumo. Los productores, los empresarios, se diferencian por sus actos; ponen en juego capacidades desiguales. Pero consumir, es el no-acto al que todo el mundo, sean sus capacidades las que sean, o su origen, puede acceder. Una economía de consumo se mete en una vía inhumana en la medida en que el hombre es etológicamente un ser de acción y de construcción. Así, paradójicamente la alta productividad de las industrias europeas subsiste a pesar de la sociedad liberal mercantil y no a causa de ella. ¿Por cuánto tiempo? Hay que precisar que nuestra crítica de la sociedad mercantil no es un rechazo, muy al contrario, de la industrialización o de la tecnología. La noción de comunidad orgánica, que oponemos a la sociedad mercantil, no tiene nada que ver con la «sociedad de convivencia original francés: conviviale» de los neo-rousseanistas (Illich, etc…)

La técnica es para nosotros una adquisición cultural europea, pero debe ser considerada como una herramienta de poder y de dominio del medio y ya no como una droga al servicio del bienestar. Entonces no compartimos las críticas izquierdistas con resonancia bíblica, sobre la «maldición del dinero» y sobre la «voluntad de poder» de la sociedad contemporánea. La sociedad mercantil no afirma ninguna voluntad, ni en el nivel del destino global, ni siquiera en el de una estrategia económica.

Las consecuencias de esta civilización de la economía son graves para el destino de nuestra especie, y al mismo tiempo, para nuestro futuro político y económico. Honrad Lorenz ve en la «unidad de los factores de selección», todos de naturaleza económica, una amenaza de empobrecimiento humano. «Una contra-selección está en marcha –revela Lorenz en Nouvelle Ecole– que reduce las diversidades de la humanidad y le impone pensar exclusivamente en términos de rentabilidad económica a corto plazo. Las ideologías economistas, que son tecnomórficas, hacen del hombre una máquina manipulable. Los hombres, unidades económicas, son cada vez más iguales, como máquinas precisamente».

Para Lorenz, la subordinación de los valores no económicos es una catástrofe, no sólo cultural sino biológica. El consumir constituye una amenaza psicológica para los pueblos. Lorenz, como médico, habla de patología colectiva. Morimos de arteriosclerosis. La civilización del bienestar económico nos lleva lentamente, según Lorenz, hacia la muerte templada. Escribe: «hipersensibles al no placer, nuestras capacidades de gozar se debilitan».

La neofilia, este gusto siempre insatisfecho de nuevos consumos, tiene, para los antropólogos, efectos biológicos nefastos y desconocidos. Pero, ¿qué es la supervivencia de la especie al lado de la subida del precio de los croissants de mantequilla? En fin, si nadie piensa en estos problemas, nosotros sí.

Muerte templada, pero también declive demográfico. La dictadura de la economía ha hecho de nosotros europeos unos pueblos corto-vivientes según el análisis de Raymond Ruyer. Atacados a nuestras preocupaciones económicas inmediatas, nos hemos convertido en objetos y en victimas de la historia biológica.

Nuestros economistas son sensibles al declive demográfico solamente porque comprometerá la financiación de la jubilación. «Nuestra civilización economista –escribe Raymond Ruyer– es por esencia anti-natalista y suicida porque es, por esencia, anti-vital, anti-instintiva».

Pero el consumo de masas ha convertido a la cultura en «primitiva». Los mercaderes de bienes de consumo poseen un poder cultural, que se ejerce en el sentido de un desarraigo, y de una masificación igualitaria. No son los consumidores quienes eligen su estilo de vida –mito democrático querido por los liberales– sino son firmas mercantes quienes crean comportamientos de masa destruyendo las tradiciones específicas de los pueblos. Mediante el «marketing», mucho más que por la propaganda política, se impone casi científicamente un nuevo comportamiento, jugando sobre el mimetismo de las masas desculturizadas. Una sub-cultura mundial está naciendo, proyección del modelo americano. Se orientaliza o se americaniza a voluntad. Desde el final de la primera guerra mundial, del «new look» a la moda «disco», un proceso coherente de condicionamiento sub-cultural está en marcha. El rasgo común: el mimetismo de los comportamientos lanzados por los mercantes americanos. Así, la economía se ha convertido en uno de los fundamentos cualitativos de la nueva cultura, sobrepasando ampliamente su función de satisfacción de las necesidades materiales.

Incluso en el plano estrictamente económico, que no es, según nuestro punto de vista, capital, el fracaso del sistema mercantil dado hace algunos años es patente. No hablemos ya del paro y de la inflación, sería muy fácil. Jean Fourastié anota: «la indigencia de las ciencias económicas actuales, liberal o marxista» y las acusa de usurpación científica. «Asistimos – dice– sobre todo desde 1973, a la carencia de los economistas y al inmenso naufragio de su ciencia». Añade: «los economistas liberales o socialistas han pensado siempre que sólo lo racional permitía conocer lo real. Sus modelos matemáticos se han construido sobre la ignorancia o el odio de las realidades elementales. Ahora bien, en cualquier ciencia, lo elemental es lo más difícil. Se llega a ser despreciarlo porque no se presta a los ejercicios clásicos sobre los que los economistas universitarios se otorgan sus diplomas. Fourastié concluye: «Nuestro pueblo, nuestros economistas, nuestros dirigentes viven sobre las ideas del siglo XIX. Los impasses de la racionalidad empiezan a ser visibles. El hombre vive al final de las ilusiones de la inteligencia».

Un reciente premio Nobel de economía, Herbert Simon, acaba de demostrar que en sus comportamientos económicos u otros, el hombre, a pesar del ordenador, no podría optimizar sus elecciones y comportarse racionalmente. Así, la «Teoría de los Juegos y del Comportamiento Económico» de Von Neumann y Morgenstern, una de las bases del liberalismo, se revela falsa. La elección razonada y óptima no existe. Herbert Simon ha demostrado que las elecciones económicas eran primer término, al azar, arriesgadas, voluntaristas.

Estas ilusiones de la inteligencia han causado a los liberales graves fracasos; cojamos algunos al azar: El sistema liberal mercante despilfarra la innovación y utiliza mal la acción técnica. Esto es, como lo había visto Wagemann, porque la contabilidad en términos de provecho financiero a corto plazo (y no en términos de «excedente» global) frena cualquier inversión y cualquier innovación no vendible y no rentable a corto plazo.

Otro fracaso, con consecuencias incalculables: la llamada a la inmigración extranjera masiva. Los provechos inmediatos, estrictamente financieros, resultado de una mano de obra explotable y maleable es los que ha contado frente a los «costes sociales» a largo plazo de la inmigración, que nunca han sido considerados por el Estado y por la patronal. La codicia inmediata de los importadores de mano de obra no ha hecho pensar en lo «que no se gana» en términos de «no modernización» provocado por esa elección económica absurda.

El responsable de una gran empresa me decía recientemente con un tono despectivo que su ciudad estaba «rellena de inmigrantes» y que esto le molestaba personalmente. Pero después de algunos minutos de conversación, me confesaba con muy buena conciencia que diez años antes, había «sondeado» en el extranjero para «importar» mano de obra que fuese barata. Tal inconsciencia se asemeja a una nueva esclavitud. Es impresionante constatar que incluso la ideología marxista, a pesar de su desprecio a las diversidades culturales y étnicas, no se ha atrevido, como el liberalismo, a utilizar para su provecho el desenrazamiento masivo de las poblaciones rurales de los países en vías de desarrollo.

Gobiernos irresponsables y una patronal ignorando las realidades económicas, y desprovistos del menor sentido cívico y ético, han garantizado una práctica neo-esclavista cuyas consecuencias políticas, culturales, históricas –e incluso económicas– son incalculables (precisamente) para los países de acogida y sobre todo para los países que proporcionan la mano de obra.

Más preocupados de los «negocios» y del «bienestar», los liberales no se han enfrentado a los desafíos más elementales: crisis de la energía, crisis del patrón dólar, subida de los costes europeos y competencia catastrófica de los países del Este y de Extremo-Oriente.

¿Quién se preocupa de ello? ¿Quién propone una nueva estrategia industrial? ¿Quién piensa en que el final de la prosperidad ya ha empezado? La respuesta a los desafíos gigantes del final del siglo sólo es posible en contra de las prácticas liberales. Solamente una óptica económica fundada en las elecciones de un espacio económico europeo semi-autárquico, de una planificación de una nueva política de sustitución energética a medio plazo, y de una retirada del sistema monetario internacional, se adaptaría a las realidades actuales.

Los dogmas liberales o «libertarios» del libre intercambio, de la división internacional del trabajo, y del equilibrio monetario se revelan no solamente económicamente utópicos (y estamos dispuestos a demostrarlo técnicamente) sino también incompatibles sobre todo con la elección política de un destino autónomo para Europa.

Como para los nuevos filósofos que se contentaban en reactualizar a Rousseau, hay que tomar conciencia de la impostura de la operación publicitaria de los «nuevos economistas».

No se trata ni más ni menos que de una vuelta a las tesis bien conocidas de Adam Smith. Pero los nuevos economistas franceses (Jenny, Rosa, Fourcans, Lepage) no son nada por ellos mismos y sólo vulgarizan las tesis americanas. Miremos del lado de sus maestros.

Partiendo de una crítica pertinente, es verdad, del «Welfare State» (el Estado providencia burocrático aunque neoliberal), la escuela de Chicago, monetarista y conservadora, con Friedmann, Feldstein, Moore, etc., predica un retorno a la ley micro-económica del mercado, rechaza cualquier obligación del Estado hacia grandes empresas, reencontrando así la despreocupación de los liberales del siglo XIX hacia el paro y las cuestiones sociales. Y la escuela de Virginia, con Rothbard, David Friedman, Tullock, etc… quiere ser «anarco-capitalista», partidaria del estallido del Estado y de la reducción total de la vida social y política a la competencia y a la única búsqueda del provecho mercantil.

Se puede criticar estas tesis, conocidas y «recalentadas» desde el punto de vista económico. Pero que sea suficiente decir que, para nosotros europeos, incluso realizable y «próspero», un programa tal significa la muerte definitiva como pueblos históricos. Los «friedmanianos» y los «libertarios» nos proponen la sumisión al sistema del mercado mundial dominado por leyes que favorecen a la sociedad americana pero que son incompatibles con la elección que debemos tomar, de permanecer como naciones políticas y pueblos evolucionando en sus historias específicas.

La economía orgánica no quiere ser una Teoría. Sino una estrategia, que se corresponde únicamente con la elección, en la Europa del siglo XX, de sociedades donde el destino político y la identidad cultural se sitúan antes que la prosperidad de la economía. Subsidiariamente, la función económica es además mejor dominada.

Reflexionamos, en el GRECE, sobre esta nueva visión de la economía, a partir de los trabajos de Tomar Spann y de Ernst Wagemann en Alemania, Johan Akerman en Suecia y François Perroux en Francia. Wagemann compara la economía liberal a un cuerpo sin cerebro, y la economía marxista a un cerebro subido en zancos. La economía orgánica, modelo práctico que no pretendemos exportar, quiere adaptarse a la tradición trifuncional orgánica de los europeos. Según los trabajos de Bertalanffy sobre los sistemas, la función económica se consideraba como un organismo parcial del organismo general de la comunidad. Según los sectores y las coyunturas, la función económica puede estar planificada o actuar según las leyes del mercado. Adaptable y flexible, admite el marcado y el beneficio, pero los subordina a la política nacional. El Estado deja a las empresas, en el marco nacional, actuar según las restricciones del mercado pero puede, si las circunstancias lo exigen, imponer con medios no económicos la política de interés nacional.

Las nociones irreales de «macro y micro economía» dejan paso a la realidad de la «economía nacional», también las nociones de sector público y privado pierden sentido, ya que todo es a la vez «privado» en el nivel de la gestión y «público» en el sentido de la orientación política.

Los bienes colectivos duraderos son preferibles, y no la producción de bienes individuales obsoletos y energéticamente costosos. Los mecanismos y manipulaciones económicos son considerados como poco eficaces para regular la economía con respecto a la búsqueda psicológica del consenso de los productores.

La noción contable de excedente y de coste social sustituye los conceptos criticables de «rentabilidad» y de «provecho». Por su elección de centros económicos autoritariamente descentralizados, y de un espacio europeo de gran escala y semi-autárquico (caso de los EE. UU. de 1900 a 1975) la economía orgánica puede pretender una potencia de inversión y de innovación técnica superior a lo que autoriza el sistema liberal, frenado por las fluctuaciones monetarias y la competencia internacional total (dogma reduccionista del libre intercambio según el cual la competencia exterior sería siempre estimulante).

En última instancia, la economía orgánica prefiere el empresario al financiero, el trabajador al asistido, el político al burócrata, los mercados públicos y las inversiones colectivas, al difícil mercado de los consumidores individuales. Más que las manipulaciones monetarias, la energía del trabajo nacional de un pueblo específico nos parece como lo único capaz de asegurar a largo plazo el dinamismo económico.

La economía orgánica no es en sí misma la finalidad de su propio éxito. Pero quiere ser uno de los medios de asegurar a los pueblos europeos el destino, entre otros posibles (lit: parmi d´autres posibles), de pueblos con larga vida.

Para concluir, habría que citar la conclusión que el economista Sombart ha dado en su tratado El Burgués, pero sólo mencionaremos el pasaje más profético: «En un sistema fundado en la organización burocrática, donde el espíritu de empresa habrá desaparecido, el gigante convertido en ciego estará condenado a arrastrar el carro de la civilización democrática. A lo mejor asistiremos entonces al crepúsculo de los dioses y el Oro será devuelto a las aguas del Rin».

François Perroux ha escrito también que deseaba el fin del culto de Mamón que «brilla hoy con una prodigiosa luz».

Hemos elegido contribuir al fin de este culto (francés: Nous avons choisi de contribuir à la fin de ce culte), asegurar el relevo del último hombre, el de la civilización de la economía, de la que el Zaratustra de Nietzsche decía:

«¿Amor, creación, deseo, estrella?

¿Qué es eso?

Así pregunta el último hombre y guiña el ojo.

La tierra se hará más exigua y sobre ella saltará el último hombre, este que reduce todo.

Hemos inventado la Felicidad, dicen los últimos hombres.

Y guiñan el ojo».

[1] En alemán en el original. Falsificación (N. del T).