Los héroes están cansados

GUILLAUME FAYE: “Les héros son fatigués”, en Eléments núm. 43 (octubre-noviembre 1982), pp. 13-17.

Cada época tiene la mitología que se merece. La nuestra ha hecho de la juventud su ídolo omnipresente, al que rinde un culto permanente y obsesivo. Parece como si la preocupación esencial de nuestros contemporáneos fuese la de ser jóvenes o, en su defecto, actuar como si lo fuesen. Y es abusando de esta palabra como se engendra la sospecha. Por lo tanto, habría que hacerse sobre la juventud la misma pregunta que Jean Baudrillard se ha hecho sobre lo “nuevo”: ¿Cómo es que hay en realidad tan poca renovación, en un mundo donde todo pretende ser nuevo? ¿Cómo se explica que los valores dominantes que impregnan la mentalidad colectiva de los jóvenes -bienestar, humanitarismo, asistencia, etc.- sean tan seniles, cuando de la juventud se tiene un sentido mágico? ¿Cómo darse cuenta de la paradoja de una sociedad, que pone a la juventud en la cúspide, y que tanto en su ideología como en sus valores, rechaza el gusto del riesgo, del desafío y del combate?
Pero antes que nada, ¿qué significa la juventud? Etológicamente corresponde a la fase de formación del hombre adulto, más exactamente, coincide con el paso de la infancia a la madurez. La fisiología humana conoce durante este periodo, que se extiende aproximadamente desde los dieciocho a los veinticinco años su fase de máximo dinamismo. El hombre, ser de juventud persistente, vive durante esta fase de su existencia deseos de curiosidad y de aventura, que incluso pueden llegar hasta el sacrificio de su propia vida. Y todavía cuando accede a la edad adulta es capaz -lo que le distingue del animal- de conservar estas cualidades juveniles, que son la sed de experiencia y el gusto del riesgo. Esto se debe a que es un ser inacabado.
No tiene pues nada de extraordinario en estas condiciones, que numerosas culturas hayan representado “al hombre-ideal” como a un individuo joven. En el Museo del Partenón se puede admirar la edad de los kuroi; y también en los grabados de guerreros chinos de la época Ming. Aún con todo, en las sociedades tradicionales -que preceden a la Revolución Industrial- los hombres accedían más pronto o más tarde a las responsabilidades. No había transición entre la infancia y la edad adulta. En Roma, se pasaba de golpe de la “toga pretexta” a la “toga viril”, con dieciocho años. En la Edad Media, desde el momento en que un aprendiz trabajaba, cualquiera que fuese su edad, quedaba integrado en el mundo de los adultos. Los generales de Napoleón tenían a menudo entre veinte y veinticinco años, exactamente igual que los jerarcas de la batalla de Cunaxa descritos por Jenofonte, que mandaban las tropas de Esparta en el combate. Los valores de la juventud estaban orgánicamente integrados en el conjunto social, al igual que los valores de la madurez y de la vejez, que representaban la reflexión y la experiencia. Los unos contrapesaban a los otros, sin que mediase ningún conflicto.
Evidentemente, la juventud se hallaba presente durante las fiestas tradicionales: pero no según un tipo de edad determinado (en el sentido que tiene hoy, por ejemplo, la “tercera edad”). Se trataba muy a menudo de reunir a los jóvenes en edad de casarse o los que estaban en edad de llevar armas. La juventud significaba todo lo contrario de lo que hoy en día significa: no una segunda infancia prolongada, sino la entrada en el mundo de los hombres, en el mundo verdadero. No existía “la juventud”, pero lo juvenil penetraba en los valores sociales.
Es a partir de la época romántica, y, sobre todo, luego, con la Revolución Industrial, que hace su aparición la juventud, concebida como una clase y como un valor. La extensión media de la duración de la vida obliga a retrasar la edad de la asunción de responsabilidades. Va apareciendo progresivamente una edad intermedia entre la infancia y la vida profesional. En las sociedades tradicionales, con débil escolarización, era la comunidad la que transmitía el saber a los individuos, abarcando todo tipo de edades. Será a partir del siglo XIX, cuando la educación obligatoria y el servicio militar se conjugarán con la familia nuclear para aislar a la juventud de una manera funcional. Y al mismo tiempo se constata que la sociedad inicia un proceso gerontocrático: los empleos se obtienen mediante ascensos y se fijan límites de edad para el ejercicio de responsabilidades.
Desde 1890, las obras que tratan sobre los adolescentes son cada vez más numerosas (cf. Theódore Zeldin, Histoire des passions françaises, Seuil, 1979). La juventud adolescente se
convierte en un valor, con connotaciones aventureras y guerreras. Nace el escultismo, bajo formas claramente paramilitares. El servicio militar obligatorio transforma a los ejércitos europeos en agrupaciones de juventudes nacionales, y no en tropas profesionales de diversas edades. En todas partes se ven eclosionar movimientos juveniles, que llevan uniforme, y que se consideran los portadores de una regeneración social y política. La tendencia se ampliará todavía más, después de la Segunda Guerra Mundial. En los colegios e institutos, la juventud aprenderá a convivir y a distinguirse como categoría aparte.
Entre 1880 y 1910, la literatura comienza a apasionarse por la adolescencia, y los reportajes sobre la juventud se suceden en la prensa: solamente en el año 1912 se cuentan en Francia cinco. Raymond Radiguet y Collette ilustran en sus novelas este culto de la juventud “a la que se puede disculpar de todos los excesos”, y el propio Montherlant señala en 1926 la aparición de un nuevo fenómeno, el “adolescentismo”, nuevo rival del feminismo. Mientras tanto nace el culto del deporte y del olimpismo, apoyado en una exaltación de la juventud, a menudo entendida, lo que es más fascinante, como la portadora de una renovación pagana. Para liberar a la juventud del yugo burgués de la familia, Gide lanza su famoso: “Familias os odio”, y los regímenes totalitarios nacientes en Rusia, en Alemania, en Italia, en Grecia y en Hungría se consideran todos como “dictaduras de la juventud”…
La modernidad de las nuevas técnicas, tanto la de los pioneros de la aviación como la de los héroes de la velocidad automovilística, se interpreta como asunto de la juventud, al igual que -no sin cierta paradoja- el deseo de vuelta a la naturaleza, perfectamente ilustrado por movimientos como el Wandervogel en Alemania. En ambos casos, se da el mismo impulso de pureza salvaje y agresiva, la misma reivindicación de que la juventud revista un carácter guerrero y creador olvidado por el mundo burgués. Pero una inversión del sentido se produce, grosso modo, después de la Segunda Guerra Mundial. Progresivamente, al “adolescentismo” le sucede la era de los teenagers. La juventud “sucumbe” ante el mercantilismo: a nivel ideológico y discursivo es asimilada, pero a nivel de los hechos, los valores juveniles se vienen abajo. Ser joven ya no significará dar su vida por una causa, sino consumir una “subcultura” fabricada para los jóvenes. De manera parecida a sus ejércitos, funcionales y burocráticos -a pesar de su reclutamiento juvenil- las sociedades occidentales se van a dedicar a domesticar a los jóvenes, utilizando el dinamismo formal de la idea de juventud de la preguerra. Dos movimientos paradójicos se observan a partir de los años cincuenta: la juventud pierde sus organizaciones, sus instituciones, juzgadas, a menudo, como demasiado “militares” por la sociedad de consumo; pero la ideología exalta más que nunca a la juventud, en tanto que franja social provista de derechos (se denuncia el “racismo contra los jóvenes”), y de una cultura propia, la de los teenagers, de inspiración americana. La juventud se convierte en un sucedáneo del proletariado y los epígonos de la Escuela de Frankfurt lanzan el tema de la lucha de generaciones. De una parte, la sociedad se individualiza, y la juventud organizada, físicamente desaparece. De otra, la ideología y la cultura construyen lo que no es más que un simulacro de juventud.
La llegada al mercado de numerosas clases de edades en la postguerra ha coincidido, en los países occidentales, con el nacimiento de una cultura para los jóvenes, aparecida en los Estados Unidos. Lanzada en los años cincuenta con producciones cinematográficas en las que James Dean hacía de héroe, y proseguida luego, durante casi treinta años, con estilos indumentarios (jeans), musicales (rock, pop, disco), alimentarios e ideológicos, esta cultura juvenil, de obediencia anglo-americana y de vocación internacional, tuvo como función aislar a las jóvenes generaciones de sus culturas nacionales e integrarlas en la “nueva sociedad de consumo”, dominada por los cánones culturales americanos. Se creaba una nueva clase internacional, que constituía en efecto la primera categoría de consumidores realmente “occidentales”. La idea de juventud, heredada de la preguerra, fue utilizada como vehículo comercial, vaciada más o menos conscientemente de todo significado, y desprovista de toda energía revolucionaria. Las nuevas generaciones nacidas después del traumatismo de la guerra ofrecían la ventaja sobre sus padres de ser más fácilmente insensibles a sus tradiciones particulares. La “cultura juvenil”, presuntamente libertaria y contestataria, fue la primera gran tentativa de masificación y de homogeneización cultural y económica, ejercida sobre una generación “cobaya”. El proceso culminó a finales de los años sesenta -es la época de Woodstock-, en el momento en que los jóvenes de veinte años, edad clave por su maleabilidad, eran los más numerosos. Desde entonces, el fenómeno se atenúa, pero la juventud sigue siendo el laboratorio del occidentalismo, de sus modas y de sus costumbres.
Hay que desconfiar y criticar, por lo tanto, la doctrina de la “guerra de generaciones”, defendida por ejemplo por Marcuse, así como la validez de los movimientos contestatario s que movilizaron a la juventud hasta mitad de los años setenta. Estos, al igual que las culturas underground, aparentemente “en ruptura” con el mundo burgués, no solamente han sido recuperadas por el Sistema, sino mucho peor, le han dado un segundo impulso. Efectivamente, la función de la ideología de la ruptura generacional era integrar a la juventud, mediante la aculturación, en una nueva forma de capitalismo mundial tecnocrático, y ya no patrimonial, apoyándose en un estilo “americanomorfo” y en costumbres permisivas, capaces de desvincular a los jóvenes de sus sensibilidades etnonacionales.
La argumentación antiburguesa y el aspecto revolucionario de la contracultura no deben ilusionamos: transmiten una ideología del embrutecimiento y preconizan modelos que conducen directamente al hiperindividualismo y a la búsqueda del bienestar y la comodidad. Theodor Adorno ha tenido al menos el mérito de señalar cómo las músicas rítmicas constituían un simulacro de rebelión, que tenía por objeto desmovilizar a la juventud, como paso previo, antes de enseñarle a consumir. En estas condiciones, no es sorprendente que la teoría de la guerra de generaciones, los movimientos contestatarios y el estilo insurgente de la contracultura conociesen su declive a comienzos de los años ochenta. Una vez lograda la integración en la americanosfera, ya no es necesario servirse de éstos, a no ser de forma cada vez más aséptica, casi académica y curiosamente conservadora. Una auténtica contracultura de las jóvenes generaciones, en perpetua renovación, y que transmitiese temas realmente movilizadores y sensibilidades aventureras, haría temblar al mundo burgués humanitario. Es mucho mejor el individualismo de la falsa ruptura y del seudomarginalismo, con el que comulgan hoy en día los jóvenes “integrados”, sus padres de cuarenta años y, también, los antiguos teenagers de los años sesenta, que se imaginan que son todavía jóvenes, cuando en verdad no lo han sido nunca.
Varios estudios sociológicos contemporáneos, entre ellos los del Centro de Comunicación Avanzada, constatan el nacimiento de dos nuevos tipos de mentalidad en la gente joven: “el integracionismo”, que es mayoritario y el “desenganche”, todavía minoritario, pero en constante aumento en los menores de veinte años. Los “integrados” vuelven al Sistema, después de haberlo combatido, pues se dan cuenta de una manera más o menos consciente que difundía sus mismos valores. Desengañados de las virtudes del “revolucionarismo”, estos nuevos pequeños-burgueses han conservado de la “izquierda” los ideales humanitarios, ecologistas y pacifistas. El futuro deseado es el de un mundo en el que la “paz” debe ser preservada a cualquier precio. Los valores dominantes no son la revolución social, ni tan siquiera la ambición personal de los “jóvenes ejecutivos dinámicos”, sino la seguridad y la tranquilidad de la vida privada, sin ningún tipo de exigencias, hecha de placeres estetizantes, de mucho tiempo libre y de rentas “suficientes”. Los grandes problemas sociales o nacionales ya no les interesan a los “integrados”, aunque como -buenos consumidores de los medios de comunicación- lloriquean por los acontecimientos de Polonia, y están de acuerdo siempre con Amnistía Internacional. Si en algo militan es en “la mejora de la vida”, a fin de construir una sociedad pacificada y de convivencia. El dinamismo y la potencia colectiva son deshonrosos para estos nuevos adeptos de un “petainismo en frío”. Amantes de los magnetoscopios y de las revistas prácticas, reservan su imaginación aventurera para el cómic o para las palmeras del Club Méditerranée, y viven la liberación sexual “por poderes”. Tienen necesidad de una atmósfera televisiva, musical y humana, tranquilizadora y placentera. La vida para ellos es ante todo la vida privada, el nido o el capullo, lejos del furor “débil” de los militantismos y de las verdaderas competiciones.
Los “descolgados”, que representan ya el 20 % de los de más de quince años y menos de veinticinco, a diferencia de los “integrados”, se han desenganchado completamente. Ni aplauden ni critican, simplemente se “inhiben”. Nada utópicos en absoluto, se encierran en su narcisismo, constituyendo muy a menudo pequeños grupos dispersos, pero dotados de un estilo propio. Su creatividad es a menudo fuerte, pero va dirigida hacia la esfera individual o hacia la reconstrucción de pequeños mundos hechos de simulacros y fantasías. Eternos niños y adultos desilusionados a la vez, estos jóvenes se convierten en esquizofrénicos: trabajan para vivir -a menudo en empleos temporales-, pero su verdadera vida está en otra parte; están ausentes mentalmente de su profesión y de la vida social. Perpetuamente en busca de la evasión, pasean su psiquismo de soñadores en una marginalidad psicológica y en una no-contestación indiferente, lo que no impide en absoluto su inserción social definitiva. Hay que consumir y de esto no se privan.
El Estado-providencia no puede quejarse de estos nuevos jóvenes, cuya secesión interior deja las manos libres a todas las dictaduras administrativas del aparato materno del Estado. La falta de ambición, la dependencia umbilical y el neotribalismo prefiguran una mentalidad perfectamente adaptada a las estructuras económicas de una sociedad mercantil socializada, con fuerte índice de desempleo, con débil aumento de los salarios, y dominada por una asistencia burocrática general. He aquí la “implosión de sentido” de la que habla Baudrillard: a la proliferación fragmentada de los estilos, a las paranoias fetichistas y a los valores intimistas, responde un gran silencio: ninguna doctrina emana de la juventud, ningún proyecto, ningún ideal.
En esta época donde la “gran muda”, ya no es el ejército, sino la juventud, todo el mundo habla, casi por compensación, de la juventud. Vivimos en una neurosis juvenil. La juventud se convierte en una cualidad por sí misma, puramente exteriorizada, en el mismo momento en que deja de ser una disposición del espíritu. Física y aparente, esta falsa juventud pretende eternizarse, lo que corresponde muy bien a una sociedad inmovilizada en el presente. La auténtica cultura juvenil supondría, por el contrario, que la adolescencia constituyera el tránsito hacia el mundo adulto, y, por lo tanto, un estado provisional. El verdadero adulto -el vir de los romanos o el kalos kagathos de los griegos- lograba que en él conviviesen el vigor dionisíaco y el autocontrol apolíneo, pero sobre todo, no pretendía permanecer siempre joven, precisamente para poder actualizar, en tanto que adulto dueño de sí mismo, esa parte de su alma que en cualquier caso permanecería siempre creativa y original. Estamos por lo tanto, ahora, muy lejos de esta concepción orgánica del hombre…
A “la infantilización” del mundo adulto corresponde lo que muy bien habría que denominar, con un neologismo bárbaro, como “adultización” de los niños y de los jóvenes en general. El “niño-rey” de los años cincuenta y sesenta se ha convertido en un joven aburrido, pero sus padres siguen infantilizados y continúan leyendo Mickey. Juegan a ser jóvenes y se imaginan que es suficiente llevar la misma ropa, tener aspecto de jóvenes y utilizar su lenguaje para parecerse a ellos. Estos rasgos pueriles de la cultura de masas quedan compensados por una afectación general de “seriedad”. La liberación de las costumbres, programada triunfalmente como la nueva moral, disimula muy mal la rigidez de comportamiento. Las etiquetas sociales y el funcionalismo inarticulado de la vida cotidiana extinguen todo juego, toda espontaneidad en las relaciones sociales. El canto, la risa, el mimo y la frase ingeniosa no forman parte ya de las relaciones humanas, aparentemente sin “limitaciones”, pero en realidad aprisionadas en circuitos rígidos.
Las fiestas de la juventud son bailes tristes o acoplamientos electrónicos con simuladores de “guerras espaciales”, sucesores de los viejos flippers. La desaparición de todo carácter juvenil en las relaciones sociales corresponde en buena medida al intelectualismo que domina nuestra época. El espíritu de geometría ha triunfado en todas partes sobre el ingenio, y la “esfera literaria” de la que habla Aldous Huxley, ha sido dirigida por la “cultura matemática”. Los jóvenes de hoy en día han sido excesivamente formados matemáticamente, y son completamente neoprimitivos en cuanto a su lenguaje, comportamiento, vestimenta y gustos musicales. Al mismo tiempo, el exceso de espíritu hiperanalítico ha destruido toda frescura comportamental en el conjunto de la sociedad. La juventud moderna corre el peligro de convertirse en la vanguardia de una nueva burguesía salvaje, partidaria del confort y de las comodidades electrónicas, pero de espíritu limitado por el pragmatismo tecnológico, y de una sensibilidad embotada por el contacto con la subcultura americana.
Parece como si, para compensar el envejecimiento demográfico y la instalación de los valores decrépitos del igualitarismo de masas, la ideología social hubiese creado un simulacro de juventud, y para prevenir una auténtica rebelión de la juventud contra este estado de cosas, la hubiese encarcelado en un mundo artificial. Pero el artificio puede volverse contra su propio amo. Que los creadores de la falsa juventud tengan cuidado: mientras haya “inspiradores” todo será posible. Quizás un día pueda la juventud escucharlos. Igual que el “río de la vida”, la juventud vuelve siempre con cada nueva generación. Y los “inspiradores” siembran. No para este mundo. No para esta juventud, sino para la que viene.

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